NOELIANOELIA

NOELIA PALACIO INCERA. HALLAR LA VÍA. PREMIO GERARDO DIEGO 2019. EDITOR: EXCMA. DIPUTACION PROVINCIAL DE SORIA

Lo más frecuente y, hasta cierto punto, comprensible es que un primer libro esté plagado de titubeos, de altibajos, de registros diferentes que delatan de forma irrebatible la búsqueda, el tanteo que el poeta, la poeta en este caso, emprende sin brújula, casi a ciegas. Lo que es menos habitual es encontrarse con un primer libro como Hallar la vía, perfectamente estructurado, con una idea preconcebida de los límites que el lenguaje lleva en su seno y con un sentido de la proporción tan bien equilibrado. Su autora, Noelia Palacio Incera, hace un ejercicio de introspección medido, ajustado a la toma de conciencia del empeño en el que se ha embarcado, lo que demuestra, además de la inteligente contención del sentimiento, un conocimiento del oficio fruto, sin duda, de quien ha escrito muchos versos y ha sabido separar en ellos el grano de la paja, porque hay algo que especialmente llama la atención y es la depuración semántica, la manera en que Noelia Palacio elimina lo superfluo para, con las pinceladas exactas, ir directa a lo que desea recalcar. En todo el proceso de destilación de la experiencia prima, sin embargo, la sutileza, la palabra que expresa mucho más de lo que dice en el habla común. La poeta recurre al poder simbólico del lenguaje, pero también al matiz de lo no dicho, de lo solo intuido, de lo silenciado. Hay mucho silencio cómplice en estos versos, muchos interrogantes, mucho temor a lo desconocido, pero también hay mucha comprensión, mucha empatía con el dolor ajeno: «Ponerse en el lugar del otro, sentir el dolor del otro. Jugar con el tiempo. Declinar el tiempo, contar dos forma de vivir». Dos formas de vivir, sí, la de quien sufre en su propia carne y la de quien es testigo de ese dolor. No resulta fácil —es imposible, diría yo— ponerse en la piel del otro, aunque el grado de identificación sea muy elevado, pero sí debería ser posible aliviar el sufrimiento ajeno mostrando complicidad, entrega y amor al prójimo.

     Como señalaba más arriba, el libro goza de un sólida estructura que progresa de forma envolvente. El primer poema, titulado «Sedación», nos pone sobre aviso, no deja lugar a dudas del camino a recorrer. El destino te alcanza. Ser testigo de la fase terminal de un enfermo requiere aplomo y un punto de observación que provea de una neutralidad absolutamente necesaria. «¿El contorno del paisaje es un límite?», se pregunta Palacio. Sí, siempre y cuando «cuerpo y paisaje» sean las coordenadas. El poder metafórico del lenguaje adquiere en estos poemas de esencia dramática una importancia suprema porque debe impedir caer en el sentimentalismo, debe mantener en tensión al lector y despertar los sentimientos más humanos sin recurrir a lo evidente, a lo consabido. Noelia Palacio no cae jamás en este error. El distanciamiento emocional es el que permite que el exceso de realidad no acabe por maniatar tus actos. La fragmentación del discurso y la elipsis contribuyen a ampliar la perspectiva, el punto de vista, acaso más oblicuo, pero mucho más recomendable y efectivo, y no solo desde el punto de vista de la eficacia poética, sino desde la pura condición afectiva: «Mira: aquí duele el ahora. / El mundo se transforma, se siente de otro modo. // Recuerda: aquí duele el ayer. / Dolor escrito en la memoria.// Espera: aquí duele el mañana». Tres verbos pronominales en un mismo modo verbal, el imperativo, que, sin embargo nos remiten a tiempos diferentes, el presente, el pasado y el futuro. Una excelente asociación, sin duda.

     Hallar la vía es una profunda e ininterrumpida elegía en la que no prevalece, sin embargo, la resignación. Por encima de ese lamento se eleva un canto de esperanza en el que la acomodación a una nueva realidad se constituye como el mejor modo de enfrentarse a ella: «Se escoge a vía / que frena el progreso»,escribe en «Enfermedad refractaria», «Las células heridas / no juegan, / crecen y se expanden en su función, / están en lo que son.// Acéptalo. / El cuerpo habla otro lenguaje». Sin ser demasiado nítidas las fronteras entre unos y otros, si podemos diferenciar dos tipos de poemas, los más narrativos, en los que prevalece la descripción, con elementos anecdóticos incluidos —«Sector “La piedra blanca”» por ejemplo— y los más especulativos, con un fraseo entrecortado cercano en muchas ocasiones al aforismo como en «Sobrevolando Vitebsk» o en «Ilusión». Pero una cosa une ambas propuestas, el deseo de sobreponerse y explorar la realidad poéticamente —filosóficamente, diría yo, pues más que del tempus fugit, este libro habla de cómo asumir el dolor y la presencia de la muerte en cada uno de nuestros actos—, con la asepsia propia de un profesional, de un observador neutral, sí, sin dejarse llevar por esa emoción que provoca la cercanía afectiva, por más que las relaciones humanas sean proclives a nublar la objetividad. De sobra es sabido que no hay temas esencialmente poéticos en sí mismos, pero no se puede negar que una enfermedad como el cáncer ha forjado grandes poemas, por eso tiene especial importancia la forma original y novedosa con la que lo ha hecho en su primer libro Noelia Palacio Incera, a quien auguramos un futuro poético plagado de éxitos.

* Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés, el 19/06/2020