FERNANDO SANFERNANDO SANMARTÍN

FERNANDO SANMARTÍN. TÍTULO: OS CONTARÉ LA VERDAD. XORDICA EDITORIAL

No descubro nada nuevo si afirmo que la práctica de la lectura proporciona enormes beneficios de orden intelectual, pero, a mi modo de ver, no son menos importantes aquellos que residen en la zona más íntima de nuestra mente, me refiero a los que pone en funcionamiento la apasionada expectativa de lo que nos aguarda en las líneas siguientes, en los párrafos que estamos deseando devorar, párrafos que alimentan, pero que no sacian, que nos dejan con las ganas de seguir leyendo ininterrumpidamente. No es fácil que esto ocurra, sin embargo, Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959), lo logra en cada una de sus incursiones literarias —ha publicado libros de poemas, dietarios, libros de viaje, además de narraciones de diferente extensión— de una forma magistral, como el lector podrá comprobar en Os contaré la verdad, su última novela. Este magisterio posee, además, una virtud escasamente divulgada, pero, desde mi punto de vista, esencial: la seducción. Fernando Sanmartín no impone una opción determinada, todo lo contrario. Su forma de narrar nos invita, de una manera casi imperceptible, a incrementar con avidez la necesidad de saber más, ojo, no de conocer el desenlace, como ocurre en las novelas policiacas, sino de embelesarnos con la fluidez del lenguaje, con la corporeidad de las palabras y lo que estas nos descubren, un fragmento de la existencia que influirá en el resto de la vida de los personajes que deambulan por las páginas, una vida que es lo suficientemente estimulante en su aparente cotidianidad como para rehuir cualquier veleidad irracional —aspecto este que abunda en las novelas de Patrick Modiano, novelista con el que, por otra parte, la narrativa de Fernando Sanmartín guarda notables paralelismos— una vida frágil, en la que un desorden inesperado puede alterar de forma permanente la, hasta entonces, apacible y reconfortante sucesión de los acontecimientos. En el caso de esta novela, ese desorden nace del encuentro entre Thérèse y Jean en un gimnasio, encuentro que, con el paso del tiempo, consolida una relación amorosa. Nada de particular tendría dicha relación si no fuera porque Thérèse («tiene treinta años, un gato, dos bicicletas, tres barajas de tarot que ha comprado en tres ciudades diferentes, una linterna por si se va la luz y un rotulador verde para colorear sus errores») en ese momento disfruta de otra satisfactoria relación con François, algo que el narrador nos escamotea hábilmente en los primeros compases de la novela, porque la escritura posee, entre otros atributos, el de establecer distancias ficcionales que en la realidad no existen. Dependerá de la pericia del autor, de la forma de modular las inquietudes, los anhelos, las contradicciones de los personajes que, como ocurre es este caso, tales circunstancias resulten creíbles.

   La vocación de flâneur, de paseante curioso por el callejero urbano, que cultiva nuestro autor —muy presente en toda su obra—, se vislumbra en esta novela a cada paso. Son muchas las páginas en las cuales aparecen referencias a restaurantes, cafés, museos, tiendas, bulevares, barrios o calles de Paris y cada uno de estos lugares suscita un recuerdo, pero evocado, y esto conviene subrayarlo por lo inusual, no desde la nostalgia, sino desde el júbilo, y solo quien sabe vivir la felicidad de forma intensa y directa es capaz de trasmitirla con esa minuciosidad. Esos espacios que la memoria acota se combinan en la narración con nombres cuya influencia intelectual ha moldeado su propio ser: Giuseppe Tornatore, Miguel Torga, Cézanne o Benny Goodman, por poner ejemplos de un cineasta, de un escritor, de un pintor y de un músico. Todos ellos prestan al lector una imagen de la protagonista como una mujer independiente y culta que combina la mundanidad aparejada a esos aspectos del arte más relacionados con la mercadotecnia y el glamour que con el interés exclusivamente conceptual de la obra y del creador. Saber combinar ambas actitudes, por antitéticas que parezcan al profano, permite a Sanmartín adentrase en el alma de la protagonista y desvelarnos la más profunda razón de su indecisión, una indecisión que llegamos a compartir sin ambages. Otra de las particularidades de la escritura de Sanmartín es su atención a los detalles, sin duda porque estos «definen lo que somos». Desde un paquete de cigarrillos a un apodo cariñoso, cualquier cosa, por nimia que parezca, cae bajo el ojo escrutador de nuestro autor. A medida que el lector va recomponiendo con ellos el rompecabezas emocional que se le presenta, imaginamos un desenlace que se nos escabulle, como el agua, de las manos. Thérèse experimenta la soledad como un «reencuentro con la conciencia» y esa conciencia es la que provoca que aflore cierto sentimiento de culpa y el deseo de no esconder la cabeza para prolongar el engaño y dejar que sean las propias circunstancias las que se ocupen de aclarar la situación. Fernando Sanmartín ha sabido dibujar con un lenguaje sabiamente elaborado los rasgos interiores de una mujer, su incertidumbre, la desubicación íntima que produce amar a dos personas a la vez y no poder decidirse por una u otra, pero también el ejercicio de honestidad que nos incita a resumir su futuro con una bienaventuranza.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 29/05/2020