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VICENTE ALEIXANDRE. VISITAR TODOS LOS CIELOS. CARTAS A GREGORIO PRIETO (1924-1981). FUNDACIÓN BANCO DE SANTANDER.

Fue otro miembro de la generación del 27, Pedro Salinas, quien defendió apasionadamente el hábito de escribir cartas, como lo demuestra el extenso ensayo titulado «Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar», dentro del volumen que recoge parte de su prosa crítica titulado El defensor. La carta aporta, desde su punto de vista, «un entenderse sin oírse, un quererse sin tactos, un mirarse sin presencia, en los trasuntos de la persona que llamamos, recuerdo, imagen, alma», la carta es, según esto, el mejor sustituto —eso sí, sustituto, al fin al cabo— de la relación física, una benévola alternativa que trata de paliar la distancia y el contacto corporal. Unas líneas después, en dicho ensayo, añade que «el primer beneficio, la primera claridad de una carta, es para el que la escribe, y él es el primer enterado de lo que quiere decir por ser él, el primero a quien se lo dice»; el segundo, siguiendo esta secuencia lógica, sería entonces el destinatario, pero ¿qué ocurre cuando una carta íntima sale a la luz pública y el destinatario se transforma en un receptor anónimo en el que la complicidad carece de asideros? «El hecho —escribe Salinas— de que alguien publique unas cartas particulares no las hace cartas públicas, no cambia su naturaleza, ya que la base distintiva, la intención del autor, no queda afectada lo más mínimo por la publicación. Melodramáticamente cabría llamarlas cartas traicionadas». Con ser esto cierto, no podemos, sin embargo, estar del todo de acuerdo con tan optimista interpretación. Es de sobra conocido que, en no pocos casos, la intención primigenia del autor se ha trasformado descontextualizando, por ejemplo, sus palabras o reduciendo su alcance en función de intereses particulares, por eso no nos queda más remedio que preguntarnos hasta qué punto es legítimo utilizar los conocimientos biográficos que las cartas nos aportan para analizar la vida y la obra del escritor. Las posibles respuestas no resuelven la cuestión en tanto en cuanto, cada caso debería analizarse individualmente, pero, si uno se viera obligado a tomar partido, se decantaría por admitir que las cartas y otros documentos afines aportan dato insustituibles para conocer no solo la vida del autor sino, en la mayoría de los casos, datos relevantes sobre su obra.

     La cartas de Vicente Aleixandre dirigió a su amigo el pintor Gregorio Prieto que ahora ven la luz nos ofrecen más información sobre sí mismo y sobre los pensamientos que ocupaban su mente que sobre el proceso de elaboración de sus poemas, aunque algunas de estas epístolas iban acompañados de sus versos, muchos de ellos escritos paralelamente a la redacción de las cartas. Víctor Fernández, el estudioso que las ha recopilado, escribe: «A falta de unas memorias, este epistolario nos ilumina sobre ambas biografías, la de Gregorio Prieto (1897-1992) y la de Vicente Aleixandre (1898-1984), a lo largo de un recorrido que arranca en el Madrid de los años veinte, cuando eran dos jóvenes creadores aún desconocidos». Efectivamente, tal y como decíamos, los epistolarios son una buena fuente de conocimiento que complementa a otras porque, cuando predomina el tono confesional, aportan una visión íntima que ningún otro documento puede brindar. En este sentido, las cartas de Aleixandre abundan en confidencias de tipo amoroso —«Hablar de amor también es bueno y a mí me gusta oír a los que aman, ver cruzarse las pasiones como ondas alrededor de uno, vivirlo así también, porque nada basta, porque siempre se quiere más y hasta el aire se lo está uno bebiendo como un beso»— y sexual que encuentra en Prieto una complicidad que va más allá de la pura amistad, hasta llegar a la complicidad más acusada: «Tengo ganas de conocer jóvenes de esos que tú dices, alegres, valientes, ágiles de espíritu, que con quien pueden, como contigo y conmigo, se quitan su antifaz», escribe en octubre de 1929. No escasean tampoco los comentarios de carácter estético, como esta declaración de principios: «Pero en fin, la poesía escrita es lo de menos. Ante todo, la vida. Mi vocación es la vida, hacia ella y por ella. Y la poesía escrita no es más que ese mundo ideal, intangible y ansiado en el que me desenvuelvo porque, por desdicha, nunca la vida da lo bastante, aun dando mucho, para la sed del poeta, la del hombre». Llama la atención, además, el interés de Aleixandre, que fue un gran conversador, por concertar citas con su amigo, en su mayor parte en su domicilio (se vio obligado aguardar reposo debido a sus dolencias desde joven). La insistencia tiene que ver con el ansia del poeta por saltarse una reclusión que limitaba sus posibilidades de conocer gentes y paisajes. Un gran viajero como Gregorio Prieto, excelente pintor y dueño de una mirada personal y escrutadora, era una fuente insustituible de noticias que Aleixandre exprimía con fervor. La amistad entre ambos se completa con otros poetas y artistas que a los que frecuenta Aleixandre, desde Lorca a Altolaguirre, Alberti o el mismo Juan Ramón Jiménez. De ellos habla siempre con afecto y con admiración, aunque, a veces, se le escape algún comentario quisquilloso. Nos hubiera gustado que esta edición de Visitar todos los cielos se hubiera completado con las cartas que Gregorio Prieto envió a Aleixandre, pero, la parecer, se desconoce su paradero. Una verdadera lástima que no empaña, sin embargo, el gozo que hemos sentido al leer la prosa siempre amable pero apasionado de nuestro premio Nobel.