Trinidad-GanTRINIDAD

TRINIDAD GAN. LA NAVE ROJA. COLECCIÓN JUANCABALLOS POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO

Antes de entrar en el contenido del libro propiamente dicho, me gustaría hacer hincapié en el cuidado diseño de esta colección. Juan Vida, su responsable y autor además del dibujo de cubierta, tiene un merecido prestigio en estas lides, y en JuanCaballos demuestra el porqué. No son precisos alardes tipográficos ni ostentaciones compositivas para elaborar un producto que entre por los ojos, que combina con proporciones equilibradas la sencillez y el buen gusto. Dicho esto, hablamos ahora del décimo tercer título de la colección, La nave roja, cuya autora, Trinidad Gan (Granada, 1960) es una de las voces más personales y con mayores registros de la poesía de su generación, la generación de los ochenta, cuyos antecedentes, con La nueva sentimentalidad y el maestro Juan Carlos Rodríguez como referentes, se gestaron en su ciudad natal. No ha renunciado Gan a los principios estéticos fundamentales que marcaron aquella época, aunque, en honor a la verdad, nunca lo siguió a rajatabla, quizá porque comenzó a publicar pasada la treintena y, por tanto, con una madurez creativa y un acervo cultural que la prevenían contra los perniciosos efectos del epigonismo. Quien se asome a cualquiera de sus libros precedentes no dejará de reconocer la coherencia interna que los relaciona, aunque pervivan ciertos rasgos comunes a una determinada estética. Nunca ha antepuesto nuestra autora los principios generacionales a su deseo, a su necesidad de expresar la emoción, la naturaleza íntima de su experiencia vital. Es esta experiencia, que adquiere diferentes modulaciones según avanza el tiempo, la que exige una forma de decir y de decirse atenta más a sus pronunciamientos interiores que a cualquier requerimiento de carácter externo.

     La nave roja pone fin a una trilogía compuesta por Fin de fuga (2008) y Caja de fotos (2009), trilogía que gira en torno de uno de los temas más universales, el del amor, un sentimiento tan poetizado que se hace muy difícil plasmarlo de forma original, algo que, lo adelantamos ya, ha conseguido hacer Trinidad Gan. El amor, con todas las variantes a él asociadas: la plenitud, el desamor, la pérdida, la ausencia o el desengaño son los pasajeros de esta «nave roja», de esta «nave que arde y se deshace. / Y deja frente a mí solo estelas vacías. / Solo este desamor. / Solo la vida a solas». El concepto de amor («Ya este amor nuestro es una nave roja, lejana, a la deriva») lleva implícito el de la fugacidad. Nada es eterno, y aún menos lo es el amor. Este pasa por diversos estadios y, en el caso de que logre perdurar en el tiempo, lo hace bajo otro registro, distinto, en cualquier caso, al del amor pasión que leemos en este libro. «Busco dar nombre a la pasión», escribe Gan, pero no es fácil dar cobertura con las palabras a una emoción tan intensa que puede conducir hasta la enajenación incluso, una intensidad, que como decía más arriba, posee un alcance temporal limitado. Después solo queda «un rastro de ceniza» de notorio eco quevediano.

     Los poemas de este libro, agrupados en dos secciones —«Del amor, del deseo (mosaico)» y «Los sueños de la ahogada»— y flanqueados por un poema prólogo y otro que hace la función de epílogo, poseen un escenario no menos simbólico, ya desde su título, el mar («Y el mar —niebla en tus ojos— / aborda el malecón, / deshace cicatrices y distancias»), el mar como fuerza de la naturaleza (no es difícil asociar a una tempestad marina, por ejemplo, el vigor de la pasión amorosa) y una banda sonora con compositores no desvelados (aunque los momentos más álgidos nos hagan pensar en Beethoven inexorablemente): «Pero ocurre la música, su red de telaraña, su textura innegable / de color y de pliegue». Hay, además, mucho contacto físico en estos poemas, nada de amores platónicos. Aquí los cuerpos se palpan («mientras tus dedos son música en nuestros cuerpos», «sus manos ya en mi cuerpo, cercano terremoto, / convocan la nostalgia de otros brazos», por ejemplo), se acarician, se besan. La sensualidad es, por momentos, desbordante y el lenguaje contribuye a exacerbar la imaginación. El cuerpo se despierta en la página, porque Trinidad Gan trata —con sorprendente fortuna, conviene decir— de «Convertir sus caricias en palabras / y derramar, confesa, impenitente, / este placer y su temblor / justo en el centro del poema».

     El deseo es rojo, como la nave, como la pasión que lo alimenta, como el fuego y, como este, se apaga con los años. Quizá por eso, la mejor forma de mantener viva su llama sea convertirlo en «palabras, materia de poema». Solo así podemos ver cómo arden en la memoria, porque únicamente la buena poesía es capaz de convertir la voluptuosidad en poema. El paso del tiempo dignifica los recuerdos y la escritura los impermeabiliza para que no se erosionen. Doy fe de que los poemas de Trinidad Gan lo logran hasta el punto de hacernos partícipes de la emoción que los sustenta.

  • Reseña publicada en Sotileza, 22/05/2020