TOMÁS

TOMÁS SANCHEZ SANTIAGO. ESTE OTRO ORDEN. POESÍA REUNIDA (1979-2016). INTRODUCCIÓN DE ÁLVARO ACEBES ARIAS. DILEMA EDITORIAL.

El mero de hecho de plantearse reunir la obra escrita a lo largo de los años, supone para el autor enfrentarse a dos emociones contrapuestas. Por una parte, comporta un reto ilusionante —¿quién no ha deseado alguna vez agrupar la labor de una vida dedicada a la poesía, colocar las balizas que encauzan, como es el caso, una trayectoria caracterizada por la solidez del planteamiento estético y por el estricto respeto al lenguaje?—; por otra, releer poemas antiguos no deja de provocar cierto vértigo, porque el autor puede, al asomarse a los abismos del pasado, marearse, tener la sensación de que pierde pie. Yo no sé cuál de estas sensaciones ha tenido Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957), ni siquiera si alguna de ellas ha merodeado por su mente, lo que si debo decir es que, como lector, me parece una decisión acertadísima y no exenta de eso que se da en llamar justicia poética. Y digo esto porque, gracias a esta compilación, nuevos lectores podrán acercarse a una poesía de tan alto voltaje emocional como la de Sánchez Santiago desde su primer libro, hasta ahora dispersa en ediciones de no excesiva difusión, casi imposibles de localizar en la actualidad.

     Un volumen que recoge toda la obra publicada —más algunos poemas de carácter circunstancial no recogidos en libro— permite contemplar, como a vista de pájaro, la amplitud del paisaje escrito, pero también su orografía, los accidentes geográficos que imprimen un carácter particular, los limites naturales, la arquitectura que le confieren una nueva fisonomía. Evidentemente, la obra es la misma —o casi, porque el poeta siempre hace algún cambio cuando se relee—, pero no se percibe la musculatura del proyecto con la misma intensidad al verlo compactado que leyendo libro a libro de forma exenta, Además, en este caso, la poesía reunida cuenta con estupendo prólogo que detalla el itinerario poético —como sabemos, Tomás Sánchez Santiago es también un excelente prosista, tanto el género novelístico como en el diarísitico— el autor, a cargo de Álvaro Acebes Arias, que lo ha titulado con perspicacia «Riesgo y conciencia». Son dos palabras que, a mi modo de ver, definen perfectamente el alcance de esta obra, para nuestra fortuna, aún en marcha. Riesgo, sí, porque, si analizamos la fecha de publicación de los respectivos libros de Sánchez Santiago, comprobaremos que salió a la palestra en 1979, cuando comenzaba a tomar cuerpo la dicotomía entre poesía de la experiencia y la poesía del silencio (utilizo esta terminología, en exceso insuficiente para caracterizar una época, pero procedimentalmente útil), y el segundo, La secreta labor de cinco inviernos, es de 1985, en plena consolidación de la polémica entre ambas tendencias estéticas, una polémica muy encendida entonces y que hoy, felizmente apaciguada, solo es motivo de tesis universitarias y de manuales divulgativos. En cualquier caso, lo que quiero decir es que, en aquella época, sustraerse a militar en alguno de los bandos contendientes era quedar en tierra de nadie, algo que suponía, y todavía supone para quien no posee espíritu gregario, quedarse al margen, ser ninguneado, en el mejor de los casos, o ser atacado desde ambas trincheras en el peor. Tomás Sánchez Santiago asumió el riesgo de no adscribirse a grupo alguno y mantener, como demuestra esta revisión de su obra poética, una independencia estética admirable, porque sus preferencias se decantaban por una mixtura que transgredía los encasillamientos programáticos. Es oportuno recordar ahora que, junto a José Manuel Diego, publicó el estudio Dos poetas de la generación de los 50: Carlos Barral y José Ángel Valente en 1990, aunque dicho estudio estaba finalizado algunos años antes, como el autor recuerda en sus notas memoralísticas, recogidas en un volumen publicado el pasado año por la editorial Trea bajo el título de El murmullo del mundo, lo que demuestra, por una parte, el reconocimiento de la influencia que sobre su poesía ha ejercido la generación del 50 —con Claudio Rodríguez a la cabeza— y, por otra, la elección, dentro de la variedad propia de toda generación, de dos autores que apuestan por la poesía como un ejercicio de conocimiento, aunque las formas de ponerlo en práctica de uno y otro no sean coincidentes.

     Además de riesgo, la otra palabra, es conciencia, conciencia de que el lenguaje, como vehículo encargado de transportar hasta la página la intensidad de la emoción con las menos fugas posibles (en alguna ocasión Sánchez Santiago ha hablado del hiato que se produce «entre lo que se nombra y lo que existe realmente»), ha de ser tratado con sumo esmero, ha ser pulido, cincelado, respetado. Sobraría decir, si no fuera por la ligereza con la que algunos lo pervierten y contaminan, que la premisa principal para cumplir esos propósitos es conocer los innumerables recursos que tal herramienta nos ofrece. Tomás Sánchez Santiago es consciente de ello y, por esa razón, se empeña en afinar su sonido, en acrecentar las posibilidades semánticas, en limar lo utilitario, el óxido de las diferentes capas que lo cubren con tropos y otros procedimientos estilísticos. Acebes Arias escribe al respecto que «Este decir propio, depurado e intenso, es ante todo un ejercicio de indagación y de búsqueda, marcado por una asombrosa continuidad en la que las palabras y temas mantienen su sentido y coherencia primigenias», algo que no se puede llevar a cabo sin ese respeto y ese conocimiento al que aludíamos. Y es que esta indagación no se circunscribe, contra lo que puedan pensar algunos lectores, únicamente a asuntos de carácter metafísico, por más que toda poesía digna de serlo, de una u otra forma, lleve implícito ese tipo de búsqueda, ni a la metapoética, muy frecuente desde sus primeros libros. Hay un intento por desvelar el engranaje de la cotidianidad que parte de una relación familiar con las cosas de su entorno y los seres más cercanos («¿Debo hablar / de asuntos de los hombres?», se pregunta), un deseo de liberar los distintos significados que contiene una misma palabra, librarla de esa costra de costumbre que la cubre y deja solo visible lo más común y reduccionista. «La poesía de Tomás —regresamos a Acebes Arias— atiende al sentir de las palabras cotidianas, a las más usuales, a las que se hallan más cerca de las cosas designadas. Este decir, que busca penetrar en lo esencial, se solapa también con el afán de violentar el lenguaje mediante asociaciones insólitas, originales»: Podemos ver algunos ejemplos al respecto «la íntima quemadura de la exactitud / en las palabras»: «esos meses brillantes / como el pelaje de terneras lentas»;«con murallas de escote carcomido»; «la leche reventando como una barba blanca en la cazuela» o «la espesura textil de las habitaciones».

     Hablábamos más arriba de que la poesía de Tomás Sánchez Santiago no se ha plegado a una estética determinada porque ha sabido conjugar opciones aparentemente enfrentadas y ha discurrido por un camino no excesivamente trillado, el de la experimentación propia, desde unas coordenadas personales («Cuando escribes te manchas de ti mismo», escribe) que huyen del hermetismo esencialista y en el conviven un discurso de antecedentes simbolistas con ciertos recursos que reactualizó la vanguardia —la ruptura sintáctica o la fluidez rítmica de nuevo cuño, por ejemplo— lo que tal vez ha contribuido a esa especie de desubicación generacional que padece. Por fortuna para él, esto carece de importancia, porque la fortaleza de sus convicciones poéticas y la personalidad de su poesía han acabado imponiéndose, como cualquier lector avisado podrá comprobar leyendo Este otro orden, título de su poesía reunida entresacado de uno de sus poemas, una poesía en la que, como escribe el prologuista, «la preocupación por la palabra» está al servicio de «[la] integridad ética y [la] conciencia estética». En estos tiempos que corren, una combinación menos habitual de lo que nos gustaría.

*https://elcuadernodigital.com/2020/05/19/este-otro-orden/