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CARME2Carmen Cubierta-OLAS

CARMEN CANET. OLAS. COL. AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ

Carmen Canet ha desplegado en los últimos años una actividad creativa espectacular en el campo del aforismo, en el que ha publicado, excluyendo Olas, cuatro títulos: Malabarismos (2016), Luciérnagas (2018), La brisa y la lava (2019) y Cóncavo y convexo (2019), este último escrito en colaboración con el poeta Javier Bozalongo, títulos que han convertido a su autora en una de las más celebradas representantes de un género que cuenta en la actualidad con un gran número de seguidores (como ya hemos dicho en otras ocasiones, son varias las editoriales que han apostado por este género, creando colecciones ex profeso para mejorar su difusión), algunos de ellos de indudable originalidad.

   El término aforismo, que según la RAE es una sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte, ha sufrido algunas mutaciones con el paso del tiempo. Ateniéndonos a esos principios de brevedad, de concisión mencionados podemos considerar a Baltasar Gracián como uno de los representantes más significativos, pero las transformaciones sufridas han ampliado su espectro semántico y dentro de dicho término caben ahora las sentencias, las máximas e, incluso, las greguerías, porque estas son, según Gómez de la Serna, su creador, «el atrevimiento a definir lo indefinible, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar lo que puede o no puede estar en todos».

     Olas, «vaivenes del mar y de la vida», este nuevo libro de Carmen Canet cumple a rajatabla esa especie de normas no escritas que hacen que una determinada frase, un determinado pensamiento se convierta en aforismo. Tal vez la búsqueda de lo excepcional, la huida de la normalidad en suma («Ser normal es una anormalidad», escribe), sea otra de sus características esenciales, a tenor de lo que leemos en este libro divido en cuatro secciones: «Ondulaciones», en la que predominan las reflexiones sobre la vida en general («La vida es esa cómplice que no deja de mandarnos avisos, cartas, postales e incluso telegramas»), el paso del tiempo y los diferentes efectos que tiene sobre cada uno de nosotros («A las personas que viven el presente, no les interesa el futuro. Pero sí guardan memoria») o la relación con lo otro, con los otros («Hay personas que tienen demasiados pliegues y aristas»). «Orillas», la segunda sección, no “orilla” los temas anteriores, pero hay otros que adquieren mayor relevancia, como el amor («El amor, como el mar, tiene una veces mare alta y otras, marea baja») o la amistad («Los buenos amigos hacen crecer, los malos “descrecer”») y, pivotando sobre ellos, otros como la soledad o el desencanto. «Espumas» da título a una tercera sección caracterizada por el análisis metalingüístico, por otra parte, siempre presente en la escritura de Carmen Canet, que no cesa de interrogarse sobre la esencia del aforismo. Aforismo, escribe haciendo uso de metáforas naturalistas —y recordemos que el citado Gómez de la Serna decía que la metáfora era «la expresión de la relatividad»—, es «acequia de agua fresca» o «lluvia fina y sutil que cala». Finaliza el volumen con la sección titulada «Alta mar», en la que los viejos temas se reinterpretan y se combinan con nuevas y brillantes reflexiones sobre la escritura —con las que, por otra parte, no es necesario estar de acuerdo— («La economía verbal y la capacidad de sugerencia viene bien a todos, pero sobre todo a la poesía y al aforismo»), la lectura («Leer es la mejor manera de pasar las páginas del tiempo»), los escritores («Con faro, con olas, con habitación propia; donde las emociones toman nombre: Virginia Woolf») o los libros («A los libros también les gusta que los despierten, se acerquen y huelan, que unas manos los abran, que una mirada los descubra, degusten y escuchen lo que esconden. No han nacido para estar cerrados ni solos»).

     Carmen Canet trata, como, por otra parte, hacen habitualmente los aforistas de establecer categorías semánticas, de dejar sentada su posición ante el mundo, su insatisfacción ante el estado de las cosas, eso sí, sin dogmatismos, sin patrimonializar la verdad, sin que la presencia del yo resulte abrumadora, a lo que contribuye el uso de la ironía y ciertas dosis de ingenio muy bien medidas («Hay personas que tiene cara de raíz cuadrada»). La imaginación, supeditada siempre a cierta familiaridad con el lenguaje que rehúye el virtuosismo verbal y conceptual, juega también un papel decisivo en este género literario, una imaginación que permite iluminar esos rincones oscuros en los que se apelmaza la experiencia. De ahí provienen el asombro y la sorpresa que nos invitan a degustar los fragmentos que integran este libro. Canet está siempre alerta, observando agazapada, esperando el chispazo, la ráfaga que, más que deslumbrar, revele el lugar en donde lo invisible, lo inesperado se materializa en palabras y estas —como escribe Ángeles Mora— llenen «sus hojas vírgenes».

* Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés, 15/05/2020