MIGUEL VEIRAT

MIGUEL VEYRAT. FUROR & FULGOR. SILTOLÁ POESÍA. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Miguel Veyrat (Valencia, 1938) —estricto contemporáneo de otro excelente poeta, Joan Margarit, aunque sus estéticas estén en polos diametralmente opuestos— es autor de una ingente obra, fundamentalmente adscrita al género poético. Más de veinte títulos —sin contar antologías y ampliaciones— jalonan su trayectoria, desde aquel primer libro juvenil, Coplas del vagabundo (1959) —tras el cual hubo un largo periodo de silencio, roto con Antítesis primera, publicado en la colección Adonáis en 1975— pasando por Edipo en Chelsea (1989), Elogio del incendiario (1993), Bajel bajo la luna (2005), Poniente (2012) Diluvio (2018) hasta llegar a este Furor & Fulgor. Veyrat, resulta obvio en cada uno de sus libros, entiende la escritura como una búsqueda de la totalidad a través de lo fragmentario, como si de recompone un rompecabezas se tratara, por eso en sus libros de poemas cobran importancia vital no solo los propios poemas, sino las innumerable citas que los preceden, así como la ristra de notas (si llegar a la prodigalidad de José María Álvarez) que, como en el presente caso, suele acompañarlos, un ejercicio este último que, he de confesarlo, me desconcierta más que me aclara. Es, por tanto, cada libro un compendio de erudición e intuición que busca reflejar con palabras la propia limitación de la palabra a la hora de expresar ideas, pensamiento y vivencias. Veyrat siendo consciente como es de esos límites no ceja, también paradójicamente, en el empeño de dejar testimonio de la realidad, tanto externa como íntima. De ahí que se establezca una fulgurante concatenación entre significado y esencia de cada palabra, así, cuando el poeta escribe «muerte», la mente del lector sufre una transformación que le hace temblar, como si sintiera junto a sí la presencia maligna —«Hablas para muertos que no saben / Que están muertos»— y este efecto no es fácil de conseguir, puesto que no encontramos frente aun poesía oscura y exigente que tiene escasas conexiones gramaticales, de esas que benefician la discursividad lógica. Gadamer, describía «el sufrimiento en la búsqueda de la expresión» al hablar de Hölderlin y salvando distancias, algo así podemos hacer al hablar de la poesía de Miguel Veirat, una poesía críptica, de una intensa condensación semántica, hasta tal punto que muchos de su versos parecen aforismos, por su contundencia expresiva. No es el único que lo practica. En la actual poesía española hay una legión de adeptos al hermetismo y a esa especie de mística laica (Celan, que quien se acaban de cumplir los cincuenta años de su fallecimiento)) que busca a través de la palabra —no olvidemos que la poesía es, según Antonio Machado, palabra en el tiempo («Tiempo y tomar al tiempo por materia prima», escribe Veyrat)—, situarse en una atalaya que permita al poeta observar el mundo y analizar sus contradicciones. Un empeño elogiable, hercúleo, casi inhumano que podemos sintetizar en el poema «Posiciones de frontera»: «Poesía como evidencia de vida / Acta sonora de que el espíritu / Adentro de las más duras seseras / Altera la plácida siesta de sus / Estatuas aleja el vuelo de su azor // Vence la divina impertinencia / Con voz clara y palabra imprecisa».