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MARK STRAND. PUERTO OSCURO. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE ADALBER SALAS HERNÁNEZ. EDITORIAL KRILLER71

Mark Strand (Summersideside, Canadá, 1943-Nueva York, 2014) es uno de los poetas en lengua inglesa que, junto a Charles Simic y John Ashbery, goza de mayor predicamento en nuestro país. Curiosamente, las similitudes entre los tres, especialmente en lo que respecta a Ashbery, no son muy perceptibles, lo que redunda de manera beneficiosa en la variada influencia que ejercen sobre sus fieles pupilos. Gran parte de la obra de Strand ha sido traducida y divulgada por distintas editoriales a nuestro idioma, Visor principalmente, pero también Pre-Textos, Turner, El Tucán de Virginia, Lumen, El Taller del Libro o el Ayuntamiento de Lucena a través de la hermosa colección «Cuatro estaciones» que puso en marcha el malogrado poeta Lara Cantizani. Menciono este hecho para valorar el alcance de un libro como “Puerto oscuro”, un publicado en su versión original en 1993, en plena madurez creativa de su autor—su primer libro, “Durmiendo con un ojo abierto” data de 1964, cuando el autor contaba treinta años—. El libro está integrado por 45 poemas (todos ellos escritos en tercetos) a los que hay que añadir el poema titulado «Proemio» que, como su nombre indica, actúa como prólogo y nos orienta sobre la dirección y el motivo del viaje que el poeta está dispuesto a emprender («y echo a andar / esa mañana, dejándole el pueblo a los otros»), un viaje de reconocimiento vital, viaje hacia el pasado, hacia el origen, en busca de «una señal de que ha llegado el momento / de abrazar tus orígenes como si se trata de ti mismo»; pero también hacia el futuro, hacia el destino final, en que se pueda «perpetuar el equilibrio entre pasado / y futuro». Mark Strand busca en su poesía algún tipo de compensación, algo que le libere de esa perniciosa y castrante sensación de pérdida —«la pérdida continua / será toda tuya y aumentará» y de desubicación espaciotemporal. En este puerto oscuro, solo iluminado por una luz plateada, pálida, lunar que trasmite la más honda orfandad que puede sentir el ser humano hay, sin embargo, lugar para la celebración —«y sentarme en un restaurante con un plato // de sopa frente a mí para celebrar cuán buena ha sido / la vida y cómo ha culminado en este instante»— , no exenta de ese rasgo tan característico de su poesía, la ironía, porque la muerte acecha: «Oh, mi compañera, mi muerte hermosa, / mi paraíso negro, mi estupefaciente rancio…». No necesita Strand construir un escenario plagado de abstracciones para indagar en conceptos metafísicos, todo lo contrario, se siente a sus anchas en espacios conocidos, en los actos que realiza de forma cotidiana, aunque no se conforma con observar y reproducir lo visible. La perspicacia de su mirada, mirada de pintor en muchos casos (recordemos su predilección por el collage), le obliga a buscar el envés de lo real, por eso siempre encuentra algo inquietante en la cotidianidad. Es probable que estos encuentros imprevistos sean lo que más nos seduce de su poesía, porque nos conducen a un lugar dentro de nosotros mismos que desconocíamos, como ocurre en estos versos: «Y luego, cuando cayó la lluvia e inundó las calles / y escuchamos el goteo en el porche y el viento / haciendo crujir las hojas como papel, ¿cómo explicar // nuestra felicidad de entonces, el modo particular en que / nuestras voces borraban todo signo de tristeza pasada, / su violencia, sus terribles presagios sin fin?». estamos a una poesía de corte narrativo, pero condimentada magistralmente con un lirismo de carácter onírico que proviene, nos atrevemos a pensar, del inconsciente, pero de un inconsciente, como si dijéramos, solapado con lo consciente, de un modo natural y controlado, sin aquella fluidez tan próxima al surrealismo más ortodoxo de sus primeros libros. Ahora las deudas son otras —Robert Frost, Wallace Stevens, Elizabetth Bishop, entre otros—, como desvela en estos versos: «De este amo cómo la belleza reverbera… […] // de otro, amo las figuras que se empujan entre sí, […] // de otro, la emoción y el vigor de la observación, / la velocidad del descubrimiento, la inteligencia excitada / ejercitándose, alzando al poema hasta la profecía», que son, además un excelente ejercicio de perspicacia crítica. En Mark Strand la relación entre arte y vida siempre ha jugado un papel fundamental (los cometarios a la obra de Hopper son insuperables) en sus especulaciones acerca del yo. En cualquiera de sus poemas —la labor del traductor, Adalber Salas Hernández tiene mucho que ver con ello—, una vez repuestos del impacto emocional que supone la primera lectura, encontramos ese deseo de encontrar la luz sanadora, esa que permanece en el interior más profundo de las cosas. Sus versos desvelan, como las capas de la cebolla, paso a paso distintas realidades, todas válidas, factibles, pero fragmentos, al fin y al cabo, de «una intención mayor» que jamás se verá del todo satisfecha, la de redimir la experiencia vital más dramática, la del paso del tiempo, la del envejecimiento, con palabras.

* RESEÑA PUBLICADA EN EL SUPLEMENTO SOTILEZA DE EL DIARIO MONTAÑÉS, 24/04/2020