CARLOS. Cubierta-AURIGA-DE-ESTRELLAS

CARLOS FERNÁNDEZ MARTÍN. AURIGA DE ESTRELLAS. COL. TIERRA. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Con este título de carácter cosmológico —Auriga de estrellas— toma la alternativa poética Carlos Fernández Martín, un joven nacido en Huelva en 1995 que cursa estudios de Filosofía, hecho que quizá tiene que ver con el tono reflexivo, meditativo de muchos de los poemas que integran este volumen, diseccionado pormenorizadamente por el poeta y narrador Juan Cobos Wilkins en un excelente prólogo, quien recalca el carácter biográfico que subyace en los poemas, algo perfectamente comprensible —y me atrevería a decir, necesario— en un primer libro. Tres poemas integran la sección titulada «Luz de sueño» y en ellos se resume la travesía existencial que finaliza con la disolución, con la muerte: «Tal es la curva / hacia la nada fértil que es mi vida / y también tu muerte», no sin antes, haber dejado clara su confianza en el poder sobrenatural del amor: «El amor es contemplar lo invisible», propia de quien vive en ese estado de expectación apasionada que es el enamoramiento, y de exponer con firmeza su filosofía de vida: «Como forma de vida: / elegir la belleza» (y a uno le viene a la memoria este aforismo de Ramón Eder: «La belleza solo sirve para darnos ganas de vivir»).

    En otras tres partes se divide posteriormente el libro: en la primera, el enamoramiento sigue siendo el timón que gobierna esa travesía biográfica. El deseo magnifica los atributos de la persona amada —existen en nuestra literatura innumerables ejemplos, pero por mencionar algunos cercanos, recordemos a Pedro Salinas y Antonio Machado— y la mirada reverbera como el sol sobre el mar en calma («Sobre mares hipnóticos /mi amor por ti», en la piel extrañada: «Desde mi balcón puedo contemplar el cielo de su cuerpo / vestido de aurora entre las estrellas…». La segunda sección, como comenta Cobos Wilkins, «arranca […] con una nueva declaración de principios, que es deseo: volar», volar para regresar a la infancia, asunto principal de varios de los poemas —«Tarde con mi padre», «Sol de infancia» o «Faro»— que comparten espacio con el mar y el dolor de la pérdida, expresado de manera contundente en el poema «Dolor y rabia», en el que, después de reconocer el fracaso («Siento rabia de amarte», dice) y poseído por un arrebato que algo debe, probablemente, al Animal de fondo juaramoniano, Fernández Martín, llega a escribir: «Yo soy mi propio dios». En la última sección, el amor vuelve a florecer —«Amor, / día fuera del tiempo. Secreta luz / que incendia la sombra, sombra ya sin cauce / que agita el mar, mar mío, / mío adentro»—y a equipararse con el vuelo. «Su advenimiento, escribe Cobos Wilkins, es una irradiación nueva y secreta, claridad que hace desvanecerse esa omnipresente sombra, amar que busca conjugarse en el deseo formulado anteriormente: el vuelo». Auriga de estrellas es un libro aún en agraz, pero su autor muestra unos mimbres que nos hacen vaticinar que pronto remontará el vuelo.