ASIER VÁZQUEZ

ASIER VÁZQUEZ. LA LUNA ES UN TROZO DE MÍ. PREMIO IBEROAMERICANO LOUIS BRAILLE. VASO ROTO EDICIONES.

En contra de lo que suele ser habitual, Asier Vázquez (Bilbao, 1981) —autor de dos libros más de poesía, La ciudad prohibida o las flores de orégano (2006) y Bésame entre la niebla (2012)— no presenta la infancia como un territorio mitificado por el recuerdo, como ese paraíso —no hay más paraísos que los perdidos, decía Proust—que se anhela más a medida que nos alejamos de él en el tiempo. En los veros finales del primer poema, lo deja claro: «Ya lo sé. / Éramos unos niños, / y el mundo era eso: / la banalidad del mal, / la conquista de lo inútil, / el aullido eléctrico de las ciudades». Esta impresión de desubicación, de rechazo, de toma de conciencia de la cruda realidad se va acentuando a medida que el libro avanza: «Ahora sé, / que cuando cruzábamos la ciudad asediados por el frío, / flacos y furtivos, / en realidad nos estábamos adentrando casi para siempre / en los confines / de la tristeza despoblada». Como digo, esta opción no es muy frecuente, y se agradece que alguien se atreva a cuestionar uno de los tópicos más arraigados de la literatura universal. Solo el amor parece resurgir de las cenizas en esta especie de escenario apocalíptico, solo el amor parece otorgar dignidad a una vida plagada de incertidumbre y de peligros innominados: «Me deslumbran / tu férrea delicadeza a existir, / tu indecisión de pluma abisal, / las mareas que te gobiernan en tierra firme, / el oro de tu pregunta y el de tu certeza, / y que haya a veces / cenizas de sangre / que enturbian tu pelo, / mi amor». El desarrollo del poema posee un ritmo narrativo casi cinematográfico, en el que estamos seguros de que influye la vinculación profesional del autora al séptimo arte, vinculación que se hace más notoria en esas imágenes de procedencia onírica, que exigen un lenguaje específico, connotativamente bélico. Como escribe el poeta Carlos Iglesias en la contracubierta, «Los poemas de Asir Vázquez adquieren un halo vibrante y épico que se adecúa al simbolismo y a las imágenes visionarias que, como una sacudida o una lejana profecía dylaniana, atraviesan en secreto toda escritura». En La luna es un trozo de mí, la perspectiva desde la que se observa la realidad es muy poco convencional y, a ratos, un tanto incómoda, pero, precisamente en esa renuncia deliberada a lo rutinario es donde reside la fuerza de estos poemas, poemas a la busca de un lector indisciplinado. Ojalá lo encuentren.