VAELNTÍN CARCELÉNVAL

VALENTÍN CARCELÉN. EL MOMENTO. COL. CHAMÁN ANTE EL FUEGO. CHAMÁN EDICIONES

«Las palabras, perfectas catedrales / de viento y sueño, duran más que el frío / mármol, tallado para ser eterno, / más que el incendio que alimenta al sol, / y, aún así, se desgastan o se olvidan; / más funda en ellas su supervivencia / la especie —tristes voces de la noche». Si comienzo este comentario con estos versos del poema «Las cosas» es porque condensan de forma impecable la fuerza casi telúrica, sobrenatural que Valentín Carcelén (Albacete, 1964) —autor de títulos como La pradera asfodea (1993), Cámara oscura (2000), Diario ausente (2004) e Hilo de hormiga (2010)— atribuye, al lenguaje y, por ende, a la palabra, a la escritura («Verba volant, scrīpta mānent») poética, especialmente. Corroboran esta idea las dos citas que encabezan El momento, en las que se hace hincapié a los «los malos tiempos para la lírica» —aunque afortunadamente libros como este desmientan ese pesimismo— y el inevitable proceso de adaptación que debe sufrir el lenguaje para adaptarse a los usos de la sociedad que codifica.

     Nada mejor, además, para comenzar un libro que marcar los objetivos, hacer una declaración de intenciones. El poema «Persona y personaje» delimita las fronteras entre uno y otro, entre ficción y realidad, entre verosimilitud y verdad, como podemos comprobar en los versos finales del poema: «El personaje existe; / la persona / no sabe ni morirse bien. / El personaje resucita; / la persona supone que vivir / es un milagro, y con eso basta», y el poema final, titulado también «El momento», constata esa separación entre la vida que se construye en el poema y la vida que vive quien los escribe: «¿Qué necesitas más para saber / que no es esta tu vida?» se pregunta. Entre un poema y otro, el lector asuste a una larga meditación sobre el tiempo («Y sólo siento el peso de mi edad», escribe en el poema «Oración», y «No es el tiempo el que pasa. Un hormiguero / está surgiendo bajo mis pisadas. / No es el tiempo. Soy yo. Es la luz del día», en «Prefiero abril»), de cómo la experiencia vital, con sus zonas de luz y sombra, construye una personalidad fortalecida por los contratiempos que reconoce el dolor de vivir, que no renuncia a dejarse arrastrar por la furia del arrepentimiento y de la nostalgia: «qué ha sido de la vida / que no he vivido?, ¿qué / añoro sin haber tenido nunca?, / ¿qué quiero recordar que nunca antes he visto?». Hay mucha reflexión metapoética en este libro, acaso porque la experiencia del poeta corre pareja a la reflexión sobre el acto de escribir y a la relación de fidelidad entre lo escrito y lo experimentado, como ocurre en estos versos: «Tiritaba y entré en la casa pensando / si realmente en eso habría material, / figuras y señales suficientes / para trazar el curso de un poema / entre líneas húmedas / de los tejados bajos y brillantes». Por otra parte, superada la desconfianza en que los límites del lenguaje reduzcan la intensidad de la experiencia cuando se traslada a la página, ¿no es la escritura, el poema, una forma legítima de perpetuar la emoción, de «sobrevivir / a tanta soledad, tanto silencio / alrededor de mi reloj?», tal y como se preguntan Valentín Carcelén.

     La prosodia de Carcelén no se subordina a la retórica ostentosa, todo lo contrario, esta muy cerca de lo conversacional. El lenguaje es, a la vez, descriptivo y sencillo, va directo a lo que necesita explicar, recrear: una emoción, un recuerdo, un paisaje, como en este caso: «Me despertó el silencio de la nieve. / Me levanté y subí la persiana, y abrí / la ventana de par en par». No hace falta vestir con ropajes contra el frío lo que se expresa con familiar desnudez. Eso se suele aprender con el paso del tiempo y con la persistente intención de encontrarse a uno mismo en la escritura, como ocurre en el poema «Los otros», un hermoso homenaje a la poesía, a los poetas, porque «Leo en ellos mi propia poesía, / mi propia muerte, mi tristeza, / mi silencio, y mis veinte / líneas de mentiras», escribe Carcelén, que abunda en ese proceso metalingüístico en los últimos poemas, «Técnica» y «Caligrafía», que reproducimos completo porque resume a la perfección, si no todas, las más contundentes líneas maestras de El momento: «Este poema / o, mejor, el dolor / de este poema / y las palabras / que bien o mal lo expresan, / son la misma / página en blanco, / una caligrafía / sola, en la que los trazos / se arrastran y se alargan / hasta poco a poco / disolverse en las sombras, / desleírse en el tiempo / y, al fin, / completamente / y para siempre, /desaparecer». Una cruda lección de fragilidad que conviene no olvidar cuando uno se enfrenta a la seductora desnudez de la página.

* RESEÑA PUBLICADA EN EL SUPLEMENTO SOTILEZA DE EL DIARIO MONTAÑÉS, 13/03/2020