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ADA SORIANO. NO DEJEMOS DE HABLAR. COL. LA ESPADA EN EL ÁGATA, NÚM. 24. EDITORIAL POLIBEA.

No es un género fácil el de la entrevista. Además de conocer en profundidad al entrevistado y de poseer un más que discreto conocimiento de la actividad que desarrolla el entrevistado, se requiere una habilidad especial para mantener a flote la conversación y para driblar los inconvenientes que puedan surgir, fundamentalmente si la entrevista es hablada. Otra cosa distinta es cuando esta se realiza a partir de un cuestionario, como parece ser el caso. El entrevistado debe responder, digamos, a vuelta de correo, pero dispone de un tiempo, más o menos amplio, para reflexionar sobre las respuestas más adecuadas. En resumen, lo que se pierde en espontaneidad, se gana, por lo general, en hondura. Obviamente, en esta última propuesta, la interacción se ve prácticamente anulada por la distancia, tanto temporal como espacial, y no queda otra que confiar en la buena voluntad y la empatía del entrevistado, pero ambas actitudes, tanto la buena voluntad como la empatía, como comprobarán quienes se acerquen a este libro, están muy presentes en No dejemos de hablar.

     Ada Soriano ha recogido diecinueve entrevistas previamente seleccionadas entre las que publicó desde noviembre de 2016 hasta febrero de 2019 en el periódico digital Mundiario y en el blog Frutos del tiempo, una selección guiada únicamente por «afectos y afinidades». Tanto unos como otras se manifiestan en los breves comentarios informativos que sirven de prólogo a la entrevista concreta. Es más, añadiría a estas dos premisas, otras que tienen que ver con la amistad y con la complicidad en proyectos de índole poética, porque, no lo habíamos dicho todavía, el nexo que las conecta es la poesía, ya que todos los seleccionados son poetas, salvo la ensayista y traductora Marisol Sánchez Gómez, autora de Box8: contra el silencio, obstinadamente que, además, coordinó la antología Del alma a la boca: 13 poetas madrileñas, en 2018. El resto, empezando por Cleofé Campuzano (Murcia, 1986), autora de El ocho de las abejas (2018), comentado en estas mismas páginas, una poeta que piensa en la poesía como un modo de acercarse a la complejidad de lo real y continuando con Carlos Javier Cebrián (Salies de Béarn, 1965), un activo editor y gestor cultural, además de poeta y narrador que, sin embargo, mantiene un poco desatendida su verdadera vocación, la música. Nacido en Murcia en 1976, Alberto Chessa es, además de poeta de larga trayectoria, un traductor estimable. Chessa gusta de una poesía en la que prevalezca el afán de indagación en el ser humano y en el orden lingüístico, por encima de la condescendencia comunicativa con el lector, quizá porque sabe «que tan importante como lo que se expresa es lo que se calla». Antonio Enrique (Granada, 1953), sin duda el poeta de más amplia trayectoria —ha publicado veintidós libros de poesía—de cuantos reúne este libro, es además narrador, crítico y ensayista. Ha ejercido también de antólogo, labor de la que, con excelente criterio, afirma: «Si como poeta yo tengo mis propios puntos de vista como todo el mundo, como antólogo y como crítico estoy obligado a la más exquisita imparcialidad». A José Luis Ferris (Alicante, 1960) debemos algunas de las mejores biografías que se han publicado en los últimos años, como la de Miguel Hernández (reeditada y actualizada en varias ocasiones), la de Carmen Conde, la de María Teresa León o la de Maruja Mallo. Ha publicado además varios libros de poemas. «La biografía —ha dejado escrito— te permite […] investigar hasta el fondo para colocar al personaje en el lugar que, honestamente, crees que le corresponde, sin ningún tipo de condicionamientos, prejuicios o leyendas». Para Ilia Galán (Miranda de Ebro, 1966), ensayista y poeta de una obra que colinda con la filosofía y la mística y que ha suscitado numerosos reconocimientos, la forma en el poema es subsidiaria del fondo, pero esto no significa que la descuide, antes al contrario, dice que «Aunque doy más importancia al fondo, al espíritu que se esconde detrás de los muros de letras, sin esos edificios de palabras no habría poemas». Del año 1976, y nacido en Orihuela, es Manuel García Pérez, un autor versátil que frecuenta la literatura infantil y la juvenil, además de la novela y la poesía, para quien, sin embargo, «Ver la vida a través de la poesía es ver la vida a través de una enfermedad», un mantenerse a la espera. Rafael González Serrano (Madrid, 1955), poeta, traductor y responsable de la editorial Celesta (en la que han publicado varios de los entrevistados) opina «que se escribe […] para entender la realidad y conocernos a nosotros mismos». Creo que todos pueden suscribir estas palabras. María Ángeles Manzano Romera (Sagunto, 1979), poeta a ratos, según confiesa, cree que «Lo único que puede hacer el poeta es iluminar nuevamente lo ya pronunciado hasta la saciedad, desautomatizar el lenguaje ampliando todas sus posibilidades de sugerencia y significación». Marina Oraza, perfomancer y poeta autora de varios libros , el último de los cuales es el titulado Esto es real (2016); María Antonia Ortega, una poeta exquisita y exigente, que habla de la poesía como «La Música de la Memoria»; Esther Peñas (Madrid, 1975), poeta para quien lo sagrado «es la respuesta, el asombro»; José María Piñeiro (Orihuela, 1963), fotógrafo, pintor y poeta, para quien el verdadero compromiso del poeta se establece con el lenguaje; José Manuel Ramón (Orihuela, 1966) poeta cuyo último libro, La tierra y el cielo, se comentó en estas páginas; María Engracia Sigüenza Pacheco (Orihuela, 1963), una poeta que gusta de imágenes telúricas y cósmicas; Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), cuyo último libro, Los ángeles fríos, ha supuesto un punto de inflexión en su trayectoria, busca en la poesía un equilibrio interno, para que no se convierta en un mero desahogo. Almudena Urbina (Madrid, 1963) busca que sus poemas, «a través de las imágenes, […] creen una viva emoción en el lector». El libro finaliza con José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965), autor de una copiosa obra poética, cuyo último libro, Espacio transitorio, prologado por Jordi Doce y comentado también en estas páginas, coincide con Troncoso en evitar que el poema, el libro «fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones» y piensa que «el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente». Ada Soriano, en No dejemos de hablar, gracias sus perspicacia,, nos da la oportunidad de confrontar los diferentes modos de plantearse el hecho poético de cada uno de los poetas, las similitudes y las diferencias estéticas, así como la posibilidad de comprobar hasta qué punto las teorías expuestas por cada autor se concilian con sus poemas. En cualquier caso, las respuestas son un buen complemento a la lectura de los poemas respectivos.  *