MUDANZA

MUDANZA Y VUELO. A DOS VOCES. ALFREDO J. RAMOS Y ANTONIO DEL CAMINO. HILARIO BARRERO EDITOR. CUADERNOS DE HUMO, 26

El hilo invisible que une dos territorios tan alejados en el espacio como Talavera de la Reina y Brooklyn conecta además dos formas de entender el hecho poético que guardan un sinfín de complicidades, como podemos comprobar en este Cuaderno de Humo número 26, en el que se reúnen versos, sonetos, de dos autores talaveranos, Alfredo J. Ramos (1954) y Antonio del Camino (1955), ambos con una amplísima y reconocida trayectoria literaria, no solo poética. Hacer recuento de sus publicaciones y de su méritos rebosa las pretensiones de este comentario, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar algunos de los títulos que han publicado respectivamente. Esquinas del destierro (1976), accésit del Premio Adonáis, Territorio de gestos fugitivos (1980) o El sol de medianoche (1986) —el primero de sus libro que yo tuve la oportunidad de leer— , Premio de Poesía de la Junta de Castilla-La Mancha son algunos de los libros que ha publicado Alfredo J. Ramos. Una obra más amplia tiene Antonio del Camino. Algunos de sus libros son Segunda soledad (Premio Rafael Morales, 1979), Del verbo y la penumbra (accésit del Premio Adonáis, 1984 y primer libro suyo que reposa en los estantes de mi biblioteca) o Para saber de mí (2017). Ahora firman conjuntamente este Mudanza y vuelo que, como explica Ángel Ballesteros Gallardo en el prólogo, es «un remanso de emociones, desconcierto o sorpresa para el lector, dos miradas, un mismo tema y un mismo eco». El libro está estructurado en dieciséis secciones y, en cada una de ellas, se establece una especie de diálogo en forma de soneto que nos recuerda algunas de las controversias y disputas entre vates que de esta peculiar forma se dirimían en el Siglo de Oro. La alternancia no guarda un orden riguroso. Unas veces es Antonio del Camino el que lanza la puya, reservándose Alfredo J. Ramos la respuesta, y en otras ocurre lo contrario. Se establece así un juego solo sujeto a las estrictas normas del soneto (la mayoría escritos en endecasílabos, aunque los hay también en alejandrinos). Temas como el poder del amor, que logra dar a la vida otro sentido: «La vida desde entonces fue más vida», escribe Del Camino; la brevedad de la vida: «Móvil fugaz, la vida. La mirada / que descubre el lugar más apacible, / un minuto después ve la terrible / necedad de su asombro, sin coartada»; las personas del verbo (en lo que suponemos un homenaje a Gil de Biedma): «Yo, que vagaba en el ayer perdido, / esta mañana, al son de la memoria, / he tropezado con quien quizá he sido / en otro tiempo de mi propia historia», escribe Del camino, al que dan réplica estos veros de Ramos: «Somos del otro lado mero plural fantasma, / verbo que se conjuga en la imaginación, / sueño, tal vez frontera hacia la que camina / el espectro borroso de nuestra soledad»; la palabra o el verso; indicios y propósitos o el propio soneto, del que, no sin cierta ironía, Ramos opina que es «refugio de cobardes», pues las palabras esconden su «armazón segura» y Del Camino recrea la herencia que lo ampara, desde Boscán y Garcilaso, quienes lo introdujeron en la lírica castellana, pasando por Quevedo, Lope, Góngora, Machado, Blas de otero y tantos otros, virtuosos de la estrofa, que ha resistido hasta ahora, como ella misma afirma —la ironía y el buen humor continúa— «(A pesar de cruzarse en mi destino / autores como Alfredo y del Camino)».