MHER Y SALINAS

MIGUEL HERNÁNDEZ Y FRANCISCO SALINAS. DOS POETAS DEL PUEBLO. EDICIÓN DE AITOR L. LARRABIDE Y MIGUEL RODRÍGUEZ SANZ. BIBLIOTECA HERNANDIANA. COL. VARIA. FUNDACIÓN CULTURAL MIGUEL HERNÁNDEZ

Este volumen recoge las ponencias que se dictaron con motivo del curso de verano «Miguel Hernández y Francisco Salinas: dos poetas del pueblo», organizado por la Universidad Miguel Hernández. Ofrece, por tanto, una mirada múltiple sobre la obra y la vida de ambos poetas, así como de la posible relación amical que se estableció entre ellos. José Luis Zerón Huguet, en el ensayo titulado «Francisco Salinas y la revista Empireuma» describe el recorrido poético de Salinas, aderezado con pinceladas de carácter biográfico, como cuando habla del «poeta-barbero que sobrevivía en condiciones casi de indigencia en un entresuelo destartalado de un viejo edificio de San Antón al que acababa de mudarse». Zerón recoge textos de autores que hablan del conocimiento mutuo entre Hernández y Salinas, pero recalca que no hay documento alguno en la obra de Miguel Hernández que avale tal relación. Es lógico presumir que ese contacto existiera, pues las concomitancias son muchas: «ambos estuvieron en la cárcel; ambos fueron milicianos de Cultura durante la República; y ambo serán poetas autodidactas», escribe Zerón. La revista Empireuma inició una tardía recuperación de Francisco Salinas, un hombre humilde sin afán de protagonismo, que se vio obligado a guardar en la trastienda de su memoria sus convicciones republicanas y a colaborar en la exaltación literaria del Régimen. De ese recorrido vital e ideológico se ocupa Miguel Rodríguez Sanz en el ensayo «Contexto histórico-social del poeta Francisco Salinas (1909-1987)». Nació Salinas en noviembre de 1909 y falleció a los 77 años en el Hospital Provincial de Alicante. Vivió «Una vida ejemplar, que con gran dignidad supo llevar la tragedia familiar y la más absoluta pobreza». Comenzó, nos dice Rodríguez Sanz, a escribir muy tarde, a los 23 años y sus primeras colaboraciones literarias se recogieron el periódico El Apóstol, dependiente de la Casa del Pueblo de Callosa del Segura. En la barbería que regentaba, Salinas organizó unas tertulias que, según testimonios de otros contertulios, frecuentó Miguel Hernández. Su trayectoria literaria recibe un aldabonazo cuando su poema «¿Por qué mataron al ruiseñor?», dedicado A García Lorca, recibe el Premio Madrid, en 1936 (esta vinculación tan directa con el gobierno legítimo le ocasionará graves problemas una vez que ganaron la guerra los sublevados). Colaboró Salinas además con un buen número de revistas, como Verbo (Alicante), Espadaña (León), Amanecer (Zaragoza) o Mensaje (Madrid). Su primer libro, sin embargo, data de 1959, El rosal de los poemas: «Mi libro es como un rosal. / Cada poemas una flor. / Cada flor un madrigal. / Cada madrigal, amor». En 1963 publica Treinta sonetos al aire. De 1973 es Poemas de siempre, en 1982 Mientras el alba llega y Antología poética. En 1987, con motivo del fallecimiento del autor, la revista Empireuma le tributa un homenaje con un número especial titulado «Salinas y el mar (Breve antología)». Otra antología, en edición de Luis Belda será publicada dos años después de la muerte del poeta, en 1989.

     Aitor L. Larrabide, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández, se ocupa de estudiar la poesía comprometida de Miguel Hernández en un documentado artículo titulado «La poesía comprometida de Miguel Hernández» y lo hace al hilo de las circunstancias políticas y sociales que desembocarían en la Guerra Civil. Como escribe Larrabide, «Con el estallido de la Guerra Civil, el poeta adoptará un tono combativo y rebelde, en consonancia con los trágicos momentos que vive la sociedad española». La fidelidad de Hernández a los principios republicanos fue determinante y adquirió altas cotas de compromiso, participando en las Misiones Pedagógicas y tomando conciencia de la función social de la poesía, gracias a la influencia de poetas como Pablo Neruda y Raúl González Tuñón, influencia que desemboca en una renuncia paulatina a los premisas de carácter tradicionalistas que habían guidado sus primeras composiciones. «Para Hernández —escribe Larrabide—, Tuñón representaba el paradigma de poeta-profeta de la revolución, identificado con la simbología comunista (la hoz y el martillo)». El rayo que no cesa (1936) y Viento del pueblo (1937) y, por supuesto, El hombre acecha (1939) son prueba fehaciente de ese cambio radical.

     De la «Vigencia y presencia del poeta Francisco Salinas» se ocupa Manuela García Gómez, que traza un exhaustivo recorrido por las actividades de los últimos años en las que Francisco Salinas ha sido protagonista: lecturas, representaciones teatrales, recitales poéticos, etc.

     El volumen finaliza con el estudio de Joaquín Juan Penalva titulado «La actualidad del mensaje poético Hernandiano», un estudio que profundiza en la adscripción generacional de Hernández, asunto controvertido y que admite diferentes interpretaciones dependiendo de la perspectiva desde la que se enfoque, aunque lo verdaderamente importante es que, si hoy, «más allá de las instituciones políticas, académicas y culturales, la obra de Miguel Hernández sigue viva es porque, como escribe Penalva, nos habla de los grandes temas, de las grandes verdades que en el mundo han sido». Sigue viva porque el dolor y el sentimiento de injusticia que provocó muchos de sus versos sigue, lamentablemente, más vigente que nunca, pero también porque Miguel Hernández supo combinar como pocos el desgarro emocional, la denuncia pública con el alto rigor estético, lo que convierte a sus poemas, además, en hermosos ingenios artísticos.