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JUAN VICENTE PIQUERAS. QUÉ HAGO YO AQUÍ. POEMAS, 1999-2017 EDITORIAL RENACIMIENTO.

La colección de antologías de la editorial Renacimiento, fácilmente reconocible por su diseño de rayas coloreadas horizontalmente, se ha convertido en un referente en el ámbito poético español. La nómina de poetas que la integran —poetas en su gran mayoría actuales, pero también clásicos como Gerardo Diego, Villaespesa o Francisco de Aldana, por citar a algunos—, se va ampliando paulatinamente con autores de prestigio muy consolidado, como es el caso de Juan Vicente Piqueras (Los Duques de Requena, 1960), un poeta con una obra excelente y premiada en reiteradas ocasiones con importantes galardones como el José Hierro, el Antonio Machado, el Ciudad de Valencia o el Loewe. La presente antología recoge una selección que abarca un periodo de dieciocho años. Quedan, por tanto, excluidos sus primeros libros —Tentativas de un hombre derrotado (1985), Castillos de Aquitania (1987) y La palabra cuando (2002)— , suponemos que por un estricto criterio personal. Es una decisión quizá un tanto arbitraria, pero nadie mejor que el propio autor para saber en dónde debe poner el punto de partida y, si se me apura, la meta. Por lo demás, esta antología permite hacerse una idea cabal de por qué senderos discurren los intereses estéticos de Piqueras, un autor marcado por una especie de nomadismo existencial que le ha llevado a residir fuera de España —Francia, Italia, Grecia, Argelia, Portugal y ahora Jordania—, lo que, de inmediato, obliga a sacar dos conclusiones. Una primera perjudicial, esa ausencia ininterrumpida de su país ha dificultado su inclusión en los recuentos generacionales más significativos y ha privado a su obra, pese a estar publicada en editoriales de renombre, de la difusión que, sin duda, hubieran merecido. «Su condición de “extra-viado” —escribe Carmen Camacho— impide ubicar al autor en el mapa poético de nuestro país; de hecho es difícil, si no imposible, hallarlo en antologías de su tiempo». La segunda tiene, sin embargo, un carácter positivo. El conocimiento de otros países, de sus costumbres, de su idiosincrasia y de su cultura ha enriquecido notoriamente su caudal poético, entre otras cosas, gracias a la diversidad de autores que ha traducido, entre los que podemos citar al griego Kostas Vrachnós, a los italianos Tonino Guerra y Cesare Zavatini, a la rumana Ana Blandiana o al bosniaco Itez Sarajlic.

     Una gran parte de su poesía es fruto de ese nomadismo del que hablamos, un nomadismo que conlleva cierta desubicación, no solo espacial sino íntima, identitaria podríamos decir («Somos los que nos fuimos. / Somos los que no estamos»). De ahí que Piqueras haya encabezado esta antología con el título de uno de sus poemas, «Qué hago yo aquí», del que extraemos estos significativos versos: «Yo vengo de otro mundo y no comprendo / cómo he llegado aquí, qué pretendéis / de mí, si no es amor no esperéis nada. […] Yo no soy de este mundo ni de otro. / mi voz es una lágrima feliz. / Mañana moriré dando las gracias / por no haber comprendido este milagro». Creo que el perfil poético de Piqueras, su manera de poetizar la realidad con un ritmo desenfrenado y un vocabulario que se retroalimenta con adverbios de lugar —título de un libro de 2004— está en consonancia con esa aventura cotidiana que es el vivir pendiente de un nuevo destino, de un nuevo reto, algo que, para los sedentarios, sería una tortura: «Solo soy feliz yéndome», escribe el poeta, quien, por otra parte, asume la necesidad de tener a la vista un horizonte que le sirva de ancla para la mirada: «Mis ojos sin destino ni lágrimas ni ley / piden al horizonte / patria para una pausa, piedad firme». Piqueras gusta de las aliteraciones (incluso se repite el título de algún poema en diferentes libros) y de la enumeración progresiva («Abraza empuja mata besa muere / se cansa de sí mismo se enamora / se da a la vida sabe que se acaba / que se cae lo que es de entre sus dedos») en un intento de no dejar sin rastrear ninguna parte de la experiencia, y esta enumeración imprime al poema un carácter torrencial en el que prevalece la imagen por encima del pensamiento, una imagen más emotiva que conceptual («Todo es negro. En el cielo / una luna menguante. Parece una sonrisa. / la mirada distingue el horizonte , / lo reconoce como un perro al amo…»)

     Subyace, en definitiva, un deseo de trasladar al poema ese ritmo vertiginoso de una existencia en permanente estado de expectativa, lo que provoca algunos excesos retóricos: «Escribo de puntillas, a escondidas, / a trancas y barrancas, / a tientas, no a sabiendas, al vuelo, a duras penas, / contra viento y marea, a pies juntillas. // Escribo a ratos perdidos los ratos que he perdido». No desdeña tampoco Piqueras los juegos de palabras, como en el poema «Peros y peras», en el que se aprecia la influencia del famoso soneto «Vida» de Hierro, un poeta por el que Piqueras siente una confesada admiración. No quiero acabar este comentario sin hacer alusión a Padre (2016), para este lector, el libro más intenso y emotivo, el que mejor refleja la gran envergadura poética de Juan Vicente Piqueras.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 21/02/2020