YOLANDA IZARD

 

YOLANDA IZARD ANAYA. LUMBRE Y CENIZA. PREMIO INTERNACIONAL MIGUEL HERNÁNDEZ-COMUNIDAD VALENCIANA 2019.

Tras un largo poema prólogo en el que Yolanda Izard establece sus prioridades estéticas y delimita su concepto de la poesía como algo que puede surgir en cualquier lugar, algo que puede proceder de un sentimiento intenso o de uno que puede pasar casi desapercibido. Aun así, la poesía logra indagar en lo cotidiano o internarse en el ámbito misterioso de las sombras, aunque para llevarlo a cabo debe ser libre y huir de servidumbres ideológicas que levanten cortapisas y delimiten su radio de acción, porque la poesía se debe solamente a sí misma. «No promete nada, pero lo da todo, la poesía. / No articula en vano, y en vano es el solaz de las serpientes». Yolanda Izard acaba definiendo al poeta como un ser que vive en la extrañeza, lo que no resulta óbice para, una vez señaladas estas premisas, se centra en el asunto troncal del libro, su padre.

     Tres son las secciones en las que está divido Lumbre y ceniza: «Mi padre», es la primera y está integrada por poemas que combinan la recreación de un pasaje cotidiano con secuencias alucinatorias: «Mi padre muerto me ha tocado con su mano invisible / y yo he sido durante un instante la portadora de su luz. / Mira lo que me han hecho» o «Puso su mano sobre mi hombro. / Abajo, más allá de la nieve, / sombras inquietantes envolvían mi casa». Los poemas narran diferentes recuerdos desde una perspectiva elegiaca, ya que los sucesivos «me acuerdo», reivindican la persistencia del pasado pero son también piedra de toque de lo que se ha olvidado y, precisamente por eso, duele como un hematoma: «Pero no logro recordar cuándo murió, / ni por qué pasó aquello cuando se nos fue mi padre». El tiempo pone las cosas en su sitio, mitiga el dolor de la pérdida, induce a ser más comprensivo y a perdonar la s flaquezas ajenas, acaso porque uno es más consciente de las propias: «Siento hacia ti la ternura de madre / que lo perdona todo porque lo sabe todo». La poesía de Izard, a pesar de adoptar una forma versicular de carácter narrativo, es profundamente lírica (véase el poema titulado «Agua», por ejemplo).

     Ese exorcismo es necesario para ver la vida desde otra perspectiva y la poesía ayuda a la autora en ese empeño: «Si el verbo hurga en la herida que será, / si es capaz de dar júbilo al viento / y decir boca y ser enigma / y ascender, hasta el deslumbramiento, // entonces la poesía sí vive en mí». En esta segunda sección, «Deslumbramientos», asistimos al despertar de la sensualidad identitaria («Me gustaba mi cuerpo, y mi voz, / y los pájaros de mis adentros»), de los miedos («Te quedarás a solas en la casa en ruinas / viendo cómo las culebras se deslizan / por las dunas de tus ojos, por el ramaje / de tu cerebro en flor»), de la imaginación y el ensueño visto como una especie de sonambulismo: («En ese hogar yo h vivido, casi estoy segura, / pero me he levantado hoy bajo el peso / de una sombra alucinada / y he pisado / sus cascote, sus herrumbres, / con la certeza / de la fragilidad de los sueños».

     El libro finaliza con la sección «Cenizas», una especie de recopilación vital, de ajuste de cuentas: «Doy fe de que no sé cómo he llegado hasta aquí, no sé de veras / cómo todo el miedo, la desolación, la extrañeza y la belleza hiriente / no me han hecho sucumbir del todo aún». Es muy probable que a esa resistencia existencial haya contribuido la poesía, el ejercicio poético, por que este actúa, en no pocas ocasiones, como cauterio, como tabla de salvación. Lumbre y ceniza es un libro poco indulgente con el pasado. No hay en él mitificación del fracaso o del dolor, sino lucha descarnada contra los propios demonios. Yolanda Izard Anaya construye en sus poemas, con una dicción reflexiva y envolvente, en un personaje que no se da por vencido, que se mantiene en vilo, a la espera, construyendo un nido (¿el poema?) para no rendirse.