JESÚS MUNÁRRIZ y-de-pronto-rimbaud

 

JESÚS MUNÁRRIZ. Y DE PRONTO RIMBAUD. COL. CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO

Jesús Munárriz es uno de los representantes más fieles que lo que podríamos llamar poesía comprometida, entendiendo este concepto según lo explica Bagué Quílez en el estudio Poesía en pie de paz. Modos de compromiso en el tercer milenio, como «la aceptación de una responsabilidad solidaria, la consolidación de una conciencia ideológica y el repudio ante la estructura de la sociedad son los componente básicos del compromiso, si bien estos aspectos habrían de integrarse dentro del hecho poético y no someterse a fines extraliterarios». Estos «fines extraliterarios», de carácter político en muchos casos, son los que convierten al poema en un panfleto o en un arenga dogmática, error en el cayeron muchos de los poetas que practicaron este tipo de poesía, entonces llamada poesía social, durante las primeras décadas de la posguerra (recordemos el poema «La poesía es un arma cargada de futuro» perteneciente al libro Cantos íberos, de Gabriel Celaya, publicado en 1955), de ahí proviene el desprestigio que ha cosechado este tipo de poesía en las décadas posteriores. Sin embargo, otros poetas contemporáneos de los poetas sociales como Blas de Otero o José Hierro consiguieron trascender su desencanto y la crítica social implícita en muchos de sus versos desde el convencimiento de que el poema era una entidad autónoma, solo sujeta a presupuestos de orden literario, nunca ideológico. Lo mismo hicieron poetas de la llamada generación de 50 como Ángel González, el primer Caballero Bonald, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo o Jaime Gil de Biedma. Incluso un poeta como Manuel Vázquez Montalbán, adscrito a los novísimos y contemporáneo de Munárriz, practicó una poesía comprometida y de denuncia.

     Como decíamos antes, en los últimos años, parece haber un repunte de este tipo de poesía, una vez superadas las influencias de carácter nihilista provenientes del llamado posmodernismo y de que se ha tomado conciencia de la más que necesaria intervención del individuo en la vida cotidiana, no ya como poeta, sino como sujeto consciente y responsable. Escritores y poetas de las últimas hornadas se han enfrentado cara a los espeluznantes acontecimientos sociales, ambientales, económico y políticos que estamos sufriendo, son conscientes además del ocaso de las ideologías (estas ya no sirven para explicar las contradicciones de la sociedad) y de la precariedad del futuro y eso, en mayor o menor medida, se transparenta en sus obras, eso sí, desde presupuestos no siempre coincidentes. No es preciso hacer una lista de poetas que frecuentan —no todos con igual fortuna— esta opción (nombres como Enrique Falcón, Jorge Riechman, Juan Carlos Mestre, Ángel Petisme o Antonio Méndez Rubio y algunos otros más resultan imprescindibles) pero sí conviene recordar que Jesús Munárriz ha estado, por decirlo con palabras coloquiales, al pie del cañón, en la trinchera, desde siempre. Y digo esto para aquellos que, sin conocer en profundidad su obra, malpiensen que se ha adherido a una corriente de moda.

     Y de pronto Rimbaud está divido en seis secciones integradas por once poemas cada una, lo que dice mucho en pro de la organicidad estructural de este libro en el que la figura de Rimbaud funciona como paradigma del inconformismo, de la sublevación contra lo establecido, de quien lucha por vivir sin ataduras, aunque el fracaso asome en el horizonte con su luz magnética: «Si por azar fueras genial como él lo fue, / tú también, colegiala, pensé, que no te venza / el mundo como a él / y que encuentres tu mano, tu tarea».

   En la primera sección, «Del arte de decir», abundan los homenajes a la poesía y a los poetas. Por estos versos desfilan poetas como Altolaguirre, Juan Gelman, Alejandro Aura, Valle Inclán, Miguel Hernández y su esposa Josefina, Paul Celan, Cernuda o Andrés Fernández —autor, al parecer, de un solo poema memorable («Con un poema como el suyo basta / para que recordemos a un poeta, / pero ¿quién no querría leer otros / que tal vez nos dejó y andan perdidos?»)— entre otros. De hecho, el primer poema, «A una poeta nueva», es una reinterpretación en verso de Carta a un joven poeta de Rilke (poeta al que Munárriz ha traducido con especial sensibilidad) que finaliza con estos versos exhortativos: «Y que la creación alumbre tus palabras / y por ellas y en ellas y con ellas / algún día lejano derrotes a la muerte, a la que solo / la poesía vence». Los lectores de Munárriz sabemos que practica una poesía de dicción limpia, sin adornos retóricos, directa y convincente. Sus poemas hablan de cosas concretas, no de abstracciones, y no le gusta andarse con rodeos, aunque, para desmitificar sus propósitos, para su limar su implícita trascendencia, no dude en recurrir a la ironía («La penuria mejora / los buenos sentimientos / y los buenos modales», escribe en un poema de la segunda sección, «Crisis y redes») y al denuncia (el poema «Desde la sombra», por ejemplo) y a la desacralización del oficio de poeta, si es necesario.

     En «Sería bueno», la tercera sección, aboga Munárriz, en versos que no excluyen el afán didáctico, por tomar conciencia de la realidad que nos ahoga y por plantar cara al desconcierto: «Por primera vez se sentían / responsables, libres, capaces / de desbordar o de encauzar / a su albedrío, / efervescentes, disponibles. / el mundo estaba por hacer. / La realidad los esperaba». La actualidad se impone y nuestro poeta la observa como espíritu colectivo, de tal forma que los asuntos cotidianos de carácter íntimo quedan, en sus versos, rezagados, supeditados a una mirada pública que busca la aquiescencia y la solidaridad general de un lector cómplice.

   El «Examen de ingenios» de la cuarta sección no hace referencia, como podríamos pensar al leer el primer poema, «A José de Espronceda» —un sentido homenaje al poeta liberal que sufrió cárcel por sus ideas y murió, como buen romántico, joven, de desamor: «Del verso hiciste máscara y espejo, / invención y verdad, / mensaje y arte. / Tu poesía es como tu vida, / rebelde, valerosa, justiciera, / arriesgada y realista, / y amorosa. / Muchos la hicieron suya, y aún resuena / en la memoria colectiva. / Es que eras de los nuestros»— que todos los protagonistas son personajes históricos, muy al contrario, las mayoría de los poemas están dedicados a personajes anónimos: el desterrado, el vencido, el indolente o el excluido por su raza o por su opción sexual. De todos ellos extrae el ejercicio de la libertad individual, una virtud en estos tiempos de adocenamiento gregario, de insolidaridad contagiosa y de rearme de los principios ideológicos más reaccionarios.

   «Cuánto he silbado yo» y «Algo de corazón», quinta y sexta secciones del libro, contienen, a mi juicio, algunos de los mejores poemas del libro, como los titulados «Instantáneas» (esas imágenes que se graban en la mente y dan lugar a un poema), «Errores» («Todo habría podido ser distinto…») o «Viviendo», un elogio del carpe diem: «Así que concentraos, / vivid a tope el tiempo que os toque, / no lo perdáis, ganadlo / trabajando, creando, disfrutando, / ayudando, riendo, amando, celebrando, // viviendo, sí, viviendo». Un excelente consejo de un poeta que sigue al pie del cañón, con la misma intención subversiva de siempre, fiel a un concepto de poesía comprometida con la realidad y con el ser humano, una poesía que no desdeña ni el ritmo ni la forma, pero que no necesita de expresiones grandilocuentes para alcanzar su objetivo, la defensa de un modo de vida más justo, más solidario.

Y de pronto Rimbaud