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PABLO GARCÍA CASADO. LA CÁMARA TE QUIERE. EDITORIAL VISOR

Una cita del recientemente fallecido George Steiner encabeza La cámara te quiere, el último libro de Pablo García Casado: «Lo que no se nombra no existe», acaso porque como dice Octavio Paz, «nombrar es crear» y hablar, pienso yo, escribir, es compartir, sacar a la luz, desvelar por ejemplo, como ocurre en este libro, las historias corrientes, las mezquinas condiciones de vida de muchos de nuestros conciudadanos, de muchos de nosotros, pero cómo hacerlo en estas circunstancias de desorientación, de pérdida de los anclajes morales que provenían de la religión o de la ideología. La respuesta está en estas palabras de Luis Bagué Quílez, a través de «nuevas codificaciones metafóricas que resalten la precariedad de las esperanzas y la fragilidad de las ilusiones».

     Se ha escrito hasta el hartazgo sobre la función de la poesía, sobre si esta debe inmiscuirse en los sucesos cotidianos, si debe o no estar sujeta a los vaivenes de la realidad, sobre si el leguaje poético puede contribuir a un cambio en los parámetros sociales. Como es lógico, las opiniones sobre el asunto son de índole diversa Existen, incluso, entre quienes apuestan por esa dependencia la realidad, diferentes maneras de abordarla. Pablo García Casado lo tiene meridianamente claro desde su primer libro —Las afueras (1997)— hasta La cámara te quiere (2020). Para él, el prosaísmo elocutivo no está reñido con el lirismo subyacente. Este lirismo permite que el fundamento documental de sus poemas no se lea de modo literal, sino alegórico. El carácter simbólico aporta un efecto moral —eso sí, sin afán de hacer proselitismo, aunque no se oculta una sutil denuncia de los hechos descritos— a lo que, a vuela pluma, parece una mera descripción aséptica de una realidad, en el mejor de los casos, poco complaciente. El poema tiene tantas interpretaciones como lectores, y en esa pluralidad pone el acento García Casado. Él no enjuicia, solo presenta la realidad tal como es, descarnada y cruel para los más débiles, pero sin especular ni adornar retóricamente la experiencia: «Se llama Julio, lleva en esto más de dos años. Tiene dos hijos, Martín y Julio, como el padre, ahora los tiene su exmujer en Castellón. Se le da muy bien la cocina, quiere montar un restaurante. Hablamos mucho. De recetas, de la vida, siempre está de broma. Me dice al oído, “¿has pagado el gas?, deberías depilarte, no nos queda papel higiénico”. Dice que parecemos un matrimonio». Se distancia emocionalmente de lo que cuenta, como haría un buen periodista, pero solo aparentemente, porque, a diferencia de ese lenguaje circunstancial, en los poemas de García Casado —desde el principio escritos en prosa, un género híbrido propio de la postmodernidad que mezcla ficción y no ficción— hay un arduo trabajo de depuración tan invisible, tan encomiable, que nos hace pensar que el discurso ha brotado espontáneamente, pero sucede lo contrario, todo está supeditado a un fin, el de remover nuestras conciencias, el de machar nuestra indiferencia con un «mensaje» más propio de un informe pericial. Su lenguaje está al servicio de la historia que cuenta y debe mucho a su función meramente informativa, la de los medios de comunicación, aunque él consigue poner el punto de atención en esos detalles, a veces casi invisibles, que van cosiendo el hilo del relato. Hay, además, un diálogo implícito en el que los personajes protagonistas toman parte en el desarrollo del relato. Se convierten así en sujetos de su propio destino y este deja de estar exclusivamente a merced del criterio del poeta.

     La cámara te quiere está divido en cinco secciones, y en cada una de ellas se avanza en el proceso de descenso al infierno, al mundo de la pornografía, un mundo en el que predominan las imágenes lujuriosas y soeces, pero del que sabemos, en realidad, muy poco, tal vez de manera intencionada. Pablo García Casado desmitifica la presunta vida de placer que llevan los protagonistas y se adentra en los aspectos más sórdidos de ese oficio (un reciente documental sobre el actor porno Nacho Vidal lo puso en evidencia). Las condiciones laborales son —al menos para los actores secundarios, para los actores de películas de bajo presupuesto, caseras, podríamos decir— infames, pero la amenaza de la miseria es aún más fuerte. El «dinero fácil» —«Javi dice que se gana mucho dinero. Y que podemos trabajar desde casa» (estamos ya en la segunda sección, «Webcam»,— conduce a personas marginadas por una sociedad postindustrial sin misericordia, a una espiral de perversión de la que resulta casi imposible salir. El deterioro, más mental que físico, se va haciendo irreversible, pero no solo el de los actores, sino el de los espectadores, el de los asiduos, el de los testigos de la humillación. En la última sección, titulada «También tú», García Casado describe a personas “normales”, que pueden ser muy bien, personas de tu círculo de amistades, que, sin embargo, frecuentan el cine y las páginas web de porno. Con ese muestreo se podría iniciar un buen estudio sociológico, pero eso excede con mucho la aspiración del poeta.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés. 14/02/2020