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JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. LLAMARSE NADIE. PALABRAS PRELIMINARES DE ÓSCAR CURIESES. COL. EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA

Reúne esta antología textos escritos entre los años 2002 y 2019. Si tenemos en cuenta que José Luis Gómez Toré nació en Madrid en 1978 y que sus primeros libros, Se oyen pájaros y He heredado la noche (Premio Adonais del año 2002), datan de 2003 (ha dejado fuera Contra los espejos, su «prehistoria poética»)   podemos dar por sentado que en este libro, Llamarse nadie, están representadas todas las etapas creativas del autor, desde sus comienzos hasta la actualidad, aunque, como escribe el propio Gómez Toré, «Toda antología no es, a la postre, sino un pacto entre la memoria y el olvido», un pacto que supone enfrentarse con la imagen de uno mismo que surge de los primeros poemas, una imagen —no hablo, claro, del aspecto físico, sino de una imagen interior— que va variando con el paso del tiempo y que, quizá, se intenta reajustar corrigiendo algunas expresiones, algunos versos, mínimas, en este caso.

     El libro se ha estructurado en secciones que tienen al sintagma «blanco» como eje vertebrador. Gómez Toré explica en el prólogo a qué se debe tal decisión: «De una manera instintiva, y ciertamente confusa, cada vez más tengo la sensación de que la escritura del poema es una especie de acercamiento, una suerte de cerco a un territorio blanco, un espacio que es y no es el de la vida». No hay, pues, ordenación cronológica alguna, ni disposición en función de los títulos de sus obras. Lo que se consigue con esta nueva distribución, que «tampoco es estrictamente temática, pero sí se ha buscado atender a motivos, imágenes, obsesiones que se van repitiendo en cada libro», es, por una parte, leer este libro como si se tratara de una obra por completo nueva y, por otra, permite, a quien tenga conciencia de que se trata de una antología, indagar sobre la progresión poética del autor, estableciendo comparaciones entre poemas de diferentes épocas (el abanico, como decimos, es cronológicamente lo suficientemente amplio como para que sean visibles diferencias entre poemas escritos con quince años de diferencia). Óscar Curieses lo explica así: «Todos estos poemas al cambiar de lugar alcanzan un significado diferente, salen de un libro y crean otro distinto».

     «Blanco de Cinc», «Blanco: celosía», «Blanco: lunar», «Blanco: intervalo», «Blanco: sol de invierno»,«Blanco: claroscuro», «Blanco: ceguera», «Blanco: futuro» son las respectivas partes en las que está dividido el libro. Ese territorio blanco, «un lugar más doloroso / aún más extraño que la vida. // Si ello fuera posible» asume su inconsistencia, aunque, gracias a la luz, lo blanco se permuta, se convierte en «la blancura perfecta del silencio». La asociación ente blanco, nada y silencio ha dado origen a innumerables reflexiones metafísicas dentro del poema y la contundencia con la que esa indagación construye el fragmento de realidad que habita el poeta es lo que determina el grado de asimilación, de comprensión de las cosas que le rodean, como ocurre con la arcilla, con los árboles o los pájaros: «Me acerco a la ventana. / Un aleteo oscuro. / Una página en blanco». La óptica a través de la que se contempla la realidad tiene más de zoom que de gran angular. Condensa, a través de una economía lingüística sobresaliente, la anécdota en versos que asombran al lector por su inmediatez, por su simplicidad, simplicidad solo aparente, claro, que nos recuerda en algunos tramos a William Carlos William, como en el poema «Un kilo de manzanas Golden». No obstante, conviven en la poesía de Gómez Toré al menos dos maneras de formalizar su pensamiento poético, En una de ellas, la concentración expresiva conduce a lo irrefutable, a lo que no se puede rebatir porque en cierra en sí misma muchas posibilidades de sentido. La otra, más discursiva, surge del mismo venero existencial, pero el lenguaje renuncia, si es lícito expresarlo así, a la condición abstracta que le identifica y se aviene a un significado, digamos, más previsible. El poema se extiende en versos de larga tirada, llega incluso a la prosa. Quizá los temas de reflexión determinan el modo de escritura. El paso del yo al nosotros probablemente impone unas procedimientos diferentes: «El yo —escribe el prologuista— unas veces mira asombrado el mundo desde fuera como un observador consciente, y otras, toma parte activa en ese mundo». Esta dicotomía se advierte en la convivencia del deseo de llamarse nadie con el hombre que se indigna ante la miseria humana. Al fin y al cabo, «se inventa cada día la palabra nosotros, como se inventa yo (esa palabra absurda, esa hermosa insistencia, sonido que hace el mar en la violenta sístole en que perece una gaviota suavísima de humo».

*Reseña publicada en el número 145 de la revista Clarín