JAVIER PJAVIER PRIETO

 

JAVIER PRIETO DE PAULA. EL FIN DEL MUNDO. EDITORIAL ESPUELA DE PLATA.

Cuando uno se enfrenta a la lectura de un primer libro ―sea este de narrativa, como es el caso― o de poesía, de creación, en suma, debe, desde mi punto de vista, mostrar ciertas dosis de indulgencia y de comprensión, lo que no significa, en ningún caso, bajar la guardia y poner el listón de la dignidad literaria más bajo de lo que se pide a un autor con más experiencia. ¿En qué consiste entonces esa indulgencia, esa comprensión? Pues en ser capaz de vislumbrar lo que se percibe solo en agraz, en subrayar los aciertos por encima de los errores, en ensalzar las virtudes y justipreciar los defectos. Resumiendo, esa indulgencia y esa comprensión, deben poner la vista más en el futuro que en ese presente del cual da testimonio el texto. Hablamos, por supuesto, de libros que posean esas cualidades que les han permitido pasar la criba de una editorial exigente, no de cualquier libro publicado (no son pocos los que deberían haber quedado inéditos, por el bien del medio ambiente y de la salud de los lectores). He de confesar que esta especie de prevención que he mencionado ha sido del todo superflua en el caso de Javier Prieto de Paula (Salamanca, 1980), autor que toma la alternativa literaria con El fin del mundo, porque él ha sabido esperar un tiempo más que respetable para dar a conocer al público lector estos nueve relatos y doy fe que la espera ―y lo que esta conlleva: escritura lenta, ejercicio de poda y corrección, de selección y revocación― ha dado unos excelentes frutos. Ignoro si los respectivos relatos están ordenados siguiendo algún criterio cronológico, siendo el primero de el más antiguo, y así sucesivamente, algo que no me extrañaría porque, a medida que este lector avanzaba en la lectura, sentía como el ritmo de la escritura cobraba una mayor frescura y se desembarazaba de algunos elementos retóricos que entorpecían el discurso al principio. Quizá esa presunción sea equivocada y esta evolución se deba únicamente a que el autor ha sabido templar su estilo con la mesura propia de algunos de los protagonistas de sus relatos hasta envolver al lector con un manto de complicidad y, como sabemos, dicha complicidad no se consigue de inmediato, es fruto de la seducción y de la paciencia.

El fin del mundo del que hablan estos relatos se manifiesta en lugares y situaciones comunes, sí, pero de otro tiempo, un tiempo que parece estar caduco, a punto de desaparecer, solo vivo ya en la memoria y la conducta de ciertos sobrevivientes, los cuales guardan, acaso sin saberlo, la sabiduría y el decoro de otra época. Javier Prieto de Paula registra, con una escritura morosa, envolvente, meticulosa en sus descripciones, la intrahistoria de unos personajes ―generalmente perdedores, anacrónicos― que ponen por encima de otras consideraciones más tangibles, cuestiones como la paz de la conciencia (es el caso del señor Polinio, maestro, un hombre íntegro que, al intentar salvar la biblioteca de las hordas incendiarias, comete un homicidio involuntario que le perseguirá toda su vida). Otros aspectos de la vida rural de una época que, aunque indeterminada en el relato, resulta fácil ubicar, son diseccionados en estos relatos, escritos —resulta fácil detectarlo— con verdadera delectación. No creo aventurarme demasiado si digo que Javier Prieto de Paula ha sido consciente, mientras escribía, de estar salvaguardando para posteridad una forma de entender el mundo ya casi periclitada, de ahí el interés, no solo literario, de este libro. Los largos años de la dictadura ―más largos y difíciles, si cabe, en ese mundo rural citado que en el ámbito urbano― son el escenario de la mayoría de estos cuentos, de extensión dispar (algunos son casi novelas cortas). La picaresca como modo de supervivencia (véase el titulado «Verano del setenta y uno»), la asunción del fracaso, que se pega a la piel como una lapa y la embadurna con su olor: «Aunque no sé explicarlo bien, también se goza cuando ya se ha dado todo por perdido y no hay forma humana de caer más bajo», dice un estudiante de leyes y aspirante a filósofo estoico que deja arrastrar por los acontecimientos en el relato «Una noche en el Cósmico», los enredos y tejemanejes políticos de una incipiente democracia contados por un político sin escrúpulos y con absoluto desprecio por la cultura, algo, por otra parte, mucho mas habitual de lo deseable: «Félix daba clases de literatura. Lograda la alcaldía y sobreestimando sus facultades, quiso luchar contra la naturaleza de las cosas: que si un campo de fútbol para el Imperial F.C. con más asientos que habitantes, que si inversiones […], que si becas…». En el fondo subyace una inteligente crítica a la desaparición de costumbres ancestrales y al advenimiento de la cultura de pelotazo y la falta de pudor, pero no es menos relevante el sentimiento de pérdida irremediable y la atmósfera melancólica que perfuma —aún en los momentos más placenteros— cada página de este excelente libro.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 07/02/2020