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KEVIN YOUNG. LIBRO DE HORAS. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCCIÓN DE PEDRO LARREA. VALPARAÍSO EDICIONES.

Antes de profundizar en otras consideraciones estéticas, conviene decir que el título con el se agrupan los poemas que integran este volumen, Libro de horas —título, por cierto, utilizado también por otros poetas, como Rilke— es manifiestamente incompleto, puesto que el libro lo componen varias partes: «Libro del Día de Cuentas» (preferimos a «Día de Cuentas» la expresión «Juicio Final»), «El Libro del Olvido», «Confirmación», una especie de interludio que hace de bisagra entre las secciones. «El Libro de los Cuerpos» y, finalmente, «Libro de Horas» —sin olvidar el poema «Exequias», que hace las veces de prólogo. Quizá la decisión de titular el volumen completo de esta manera tenga que ver con el sentido original con el que se concibieron los libros de horas en el medievo (escamoteando en el caso que nos ocupa el sentido religioso o trascendente), libros escrito para un solo lector, una especie de devocionario de uso personal.

     Kevin Young (Nebraska, 1970) comenzó a escribir muy pronto, a los trece años, después de asistir a un curso veraniego de escritura en la Universidad de Washburn. En sus años de estudiante tuvo la fortuna de recibir clases de poetas de la talla de Seamus Heaney o Denise Levertov. Poéticamente sin embargo, sus influencias más reconocibles proviene de poetas como John Berrymore —uno de los iconos del confesionalismo—, Langston Hughes y Emily Dickinson, cuya huella es muy notoria en la estructura versal —que también debe a Levertov— de Libro de horas, no en la temática. Pedro Larrea, autor de la traducción, amplía en el prólogo de su autoría estos datos: «[Young] ha trazado su ascendencia técnica a partir de su emblemática línea corta, de su verso breve y pausa frecuente de guion largo aprendidos en Emily Dickinson, así como las afinidades de aliento con Langston Hughes, hasta llegar a su más inmediato maestro, John Berrymore, cuya economía y diafanidad asimila, con destreza poco común, el autor». Su primer libro, Most Way Home, publicado cuando era aún estudiante universitario, fue recibido con grandes elogios por la crítica y obtuvo el premio John C. Zacharis al primer libro publicado. Los tres libros siguientes fueron concebidos por el autor como una trilogía —trilogía americana—. Libro de horas, su octavo título, recibió dos de los numerosos premios que ha obtenido el autor, el premio Leonore Marshal y el Donald Justice, vio la luz en 2014.

   En el libro se combinan dos hechos relevantes en la vida de Young, la repentina muerte de su padre, en 2004 y el nacimiento, diez años después, de su primer hijo. «Me pareció simbólico e importante que el libro se publique a los diez años de la muerte de mi padre», confiesa el autor. El libro esta estructurado como un devocionario en el que los poemas sustituyen a la oración diaria. Young afirma que se propuso capturar el «significado literal de horas y días y momentos en el proceso del dolor y la alegría». Son poemas directos, contundentes por su economía verbal, nada elusivos, pues aborda en ellos el proceso de evolución del dolor, no aplacado, sino esquivado gracias a la alegría que supondrá posteriormente el nacimiento de un hijo. El libro está organizado de manera que las se resalten las conexiones entre ambos hechos, la muerte y el nacimiento. En la primera parte, tras la pérdida, pese al terrible dolor que le ocasiona («Qué terrible / tener que levantar // el bolígrafo, indefenso / ante él, tu muerte / todavía no // un hábito e intentar decir / algo que no fuera / nunca, o a partir del más allá, // elogiando entre azulejos—/ no tu morir— sino haber / estado vivo»), Young se ve obligado a asumir sus responsabilidades como hijo. Debe administrar las tareas por hacer, reordenar la cotidianidad para retomar su vida. Así, debe hacerse cargo de los efectos personales del fallecido en el depósito de cadáveres («He volado hasta aquí para recuperar / tus efectos / de un frío cajero, / este banquero de cuerpos»), se propone encontrar a alguien que se ocupe de los perros («He empezado a pensar en ellos / como si fueran los otros hijos de mi padre, / como familiares», escribe), a autorizar la donación de sus órganos («la piel / / los pulmones // el corazón sí / la epidermis / el hueso no»)) o a repartir la ropa del difunto («Bolsas para cadáveres / llenas de trajes viejos, camisas // todavía planchadas, calzoncillos / largos, ropa nueva, / restos sin lavar // de tu armario, demasiados abrigos que quedarse…»).

     La segunda sección, «(El Libro del Olvido)» comienza con el duelo, desarrollando el proceso de asimilación de la pérdida. Ahora debe conformarse con que su padre esté muy vivo en los sueños («me conformo en cambio / con su regreso cuando cierro los ojos, su costura otra vez abierta»). La rememoración de situaciones del pasado, un día de pesca o el día del padre, por ejemplo, sirven al autor para mantener vivo el recuerdo del padre ausente, para sentir su presencia protectora, como en la infancia.

     «Confirmación», la sección que funciona como bisagra, comienza con un poema desolador, «Aborto natural», pero, afortunadamente, pronto esa desolación dará paso a un esperanzada expectativa, la confirmación del embarazo a través de una revisión médica: «Y allí / está: leve, un eco, más veloz y lejano / que el de mamá, todo percusión / y acople borroso». El resto de poemas de esta sección va dando cuenta del proceso de crecimiento del bebé dentro de la madre: («Estos días / dentro de mamá más que patear / luchas…»), en poemas como «Ya se empieza a notar», «Ecografía» o «Primera patada». Young establece una diálogo imaginario con su hijo aún no nacido —«¿Recordarás un día / todos los lugares adonde tu padre / te trajo, como yo recuerdo / al mío?»— y va narrando anécdotas del embarazo con minuciosidad, hasta el momento en la que la futura madre rompe aguas, entonces, le dice Young a su hijo, «Debes cruzar / altas olas // de dolor, el canal // de tu nacimiento, el resuello // de mamá y a mí apenas— y por / fin está saquí // con el nombre de tu abuelo, / llorando». De una forma natural, el nacimiento del hijo y sus primeros meses de vida, el descubrimiento de la paternidad, atenúan el dolor de la pérdida.

     La sección titulada «El libro del Cuerpo» es menos compacta que las anteriores. La pérdida se aborda desde, más que desde la propia individualidad (presenta también de forma rotunda, como en el poema titulado «Día del árbol»), a través de imaginarios colectivos, sean estos de orden cultural y religioso (los poemas que tienen como inspiración el cuadro «La Anunciación», de Fra Angelico) o meramente físico («Lower Haight. San Francisco» o «Gravedad», al que pertenecen estos versos: «He intentado contar esto antes / — cómo la luz se hacía camino a puñaladas / a través de las nubes, rayos apuntados a todas partes— / no, era la tierra ese día / la que sacaba la luz del cielo…»).

   El libro finaliza con la sección «Libro de horas», integrado por un largo poema dividido en fragmentos reflexivos de intención metafísica. En ellos lo anecdótico queda supeditado a la relación con el mundo natural (rocas, playas, gaviotas, buitres, valles, perros, etc.), con las inclemencias del tiempo, con los astros, la sucesión de las estaciones o la música de las esferas. Todo ello conforma la esencia del ser, y ser «significa creer, / aunque solo sea lo que no / sabemos todavía— / este silencio, viniendo / cada vez más raro, pero aún / ahí, bajo // el zumbido, justo ahí, / abierto después de // lo blanco de las cartas de invierno». Son poemas más crípticos en los que las yuxtaposiciones, muy presentes en todo el libro, son más violentas y dislocan con mayor acierto loa narración; son poemas de más calado ontológico y menos apegados a las fisuras sentimentales, que ponen un punto final de gran altura a este dietario del dolor, a esta larga elegía que, a través de la inexorabilidad de la muerte, confirma las ganas de vivir. Pocos libros como este precisan de una lectura ordenada, porque las “confesiones” y los complementos que provienen de la imaginación forman una secuencia que alterna dolor y alegría y si el lector no asume como propio esta alternancia, perderá gran parte de la complicidad que el autor demanda.