LUIS VELAZQUEZ. CUB.luis v

LUIS VELÁZQUEZ. UN INCENDIO A TUS ESPALDAS. EDITORIAL TREA

El peso filosófico y semiótico que soportan los poemas de Luis Velázquez (Madrid, 1957) los convierte en artefactos demoledores, nocivos para las conciencias acomodadas porque exigen un grado de implicación considerable por parte del lector —algo no excesivamente frecuente en la poesía española actual, que tiende a ser benévola y complaciente— que no siempre esta dispuesto a internarse en experimentos lingüísticos, a preguntarse sobre los límites de lo indecible, sobre si resulta oportuno o no transgredirlos para especular, fundamentado en un soporte lingüístico («lo que no se dice no tiene contexto / así pues / ¿qué relación guarda con lo dicho?») que contrasta, desde su materialidad, con lo inmaterial, con la nada que representa el no decir; para especular, digo, con la posibilidad de hallar un punto fusión de los contrarios. «Lo inescrito lo / inescribible crece / en lo escrito / inaccesible / dentro / el residuo es la fuerza del / No / como ángeles levitarán los cuerpos / fuera de sus almas / más grandes que ellas / en el alma del mundo». El gusto de Luis Velázquez por la paradoja es innegable y viene de antiguo. En su nutrida trayectoria poética —puede parecer que siete libros no son muchos para un poeta de más de sesenta años, pero hemos de tener en cuanta que el primero de ellos data de 2002, por lo tanto, estos siete títulos han visto la luz en unos diecisiete años, lo que supone una cifra más que respetable—, en la que encontramos títulos como En el extrarradio (2002), Una nueva familiaridad (2006), Meditación de un entorno ordinario (2009), Una deriva indeseable (2013), Una extraña naturalidad (2015) o Material de conciencia (2017) —publicado en esta misma editorial— no es difícil toparse con ese recurso, tal vez porque, como escribe en uno de sus versos: «Nuestra desdicha es el lenguaje, que nos enfrenta al mundo», un lenguaje, sin embargo, que nos ayuda a comprender ese mundo y a hacerlo nuestro (nombrar, se ha dicho muchas veces, es poseer). De esta aparente contradicción entre lo dicho y lo silenciado, entre el uso del lenguaje como arma o como escudo surgen muchos de los poemas de Un incendio a tus espaldas, y la escritura —o la negación de la escritura a través de la escritura (otra paradoja)— es la herramienta para trazar el cortafuegos salvador, para impedir que desvirtúe todos los significados (quizá yo este siendo excesivamente optimista al expresarlo con esta contundencia): «Como si al escribir se fuera inscribiendo en mí lo innombrable no dicho, ganado fuerza, y mis poemas, lo dicho, fueran la camisa que deja el ser que se transforma, el residuo de la transformación. ¿Cómo pueden relacionare lo dicho y lo no dicho? Como si en mí fuera entrando el mundo y mis estados de ánimo fueran cada vez más suyos, más grandes que yo. Volveré al mundo y entregaré el lenguaje». Entra en juego en estos versos un aspecto novedoso, y determinante para enfrentarse con el mundo, para concebir la existencia como un vergel o como un erial: el estado de ánimo. «¿Qué hago con mi estado de ánimo / que desborda el tedio y la belleza?», se pregunta Luis Velázquez, que en los versos siguientes llega a una conclusión, aunque no definitiva: «Puedo pensar que el mundo es la forma de mi mente / y que en ella se abre esta mañana húmeda / y se abren las mimosa a su gris inmemorable, / que es un estado de ánimo antiguo / que desborda mi mente». Estas reflexiones nos inducen a pensar en una visión egocéntrica del ser humano, quizá de forma equivocada, pero no podemos soslayar esa impresión, fundada en versos como los precedentes. Por otra parte, aunque en algún momento apela a la «endiablada literalidad del poema», no son muchos los casos en los que el lector puede someterse a dicha literalidad, sino todo lo contrario, los poemas de Velázquez suenan en otra frecuencia, nos traen voces de otra realidad distinta a la palpable, por más que se nos proponga el acceso a ella no desde una perspectiva visionaria, sino desde una mirada que se detiene en lo cotidiano y fija en el universo del lenguaje su comprensión. Él mismo lo puntualiza con estas palabras que, además, delimitan la pertinencia de cuanto he escrito hasta ahora: «El crítico en cuanto tal sólo puede y debe referirse al lenguaje y sus dobleces, a su referente siempre incierto como un reflejo suyo. Aunque acepte la intencionalidad tanto del autor como la suya propia…» , y es que, como dice al final del poema —y esto lo sabe bien quien ejerce de ambas cosas— «Poetas y críticos trabajan con la misma herramienta, el lenguaje; mientras los primeros luchan por “romperlo”, los segundo se esfuerzan por “repararlo y consolidarlo”. Sólo los malos críticos y poetas se acomodan al lenguaje». Hablamos al principio de la necesidad de que el lector no se acomodara los significados previstos. Velázquez va más lejos reclamando también a sí mismo como poeta, una tensión que se estrelle «en la larga rompiente del decir», pero, podemos preguntarnos, ¿debe ser la poesía algo misterioso y enigmático que colisione con los limites del lenguaje? Probablemente habrá tantas respuestas como poetas.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 17/01/2020