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LEÓN MOLINA. TIRAR LA PIEDRA Y ESCONDER LA MANO. COL. AFORISMOS. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Nacido en Cuba en 1959, León Molina es uno de nuestros aforistas más inspirados y perspicaces. Ambas características se refuerzan en cada una de sus entregas (en la editorial La Isla de Siltola ha publicado varias antologías, una de aforismos de su autoría, Mapa de ningún sitio, y otras generalistas, Verdad y mentira. Antología de aforistas españoles del siglo XXI y La poesía es un faisán. Antología de aforismos sobre la poesía y los poetas) y en Tirar la piedra y esconder la mano —«La actitud de tirar la piedra y esconder la mano encuentra su versión noble en el aforismo», escribe Molina— pese a las connotaciones implícitas en el título, Molina no esconde sus intenciones, además, como escribe Jordi Doce, «lo importante es la piedra, no la mano que la tira».

Treinta y cinco son las secciones en las que esta dividido el volumen, secciones que —volvemos a las palabras de Jordi Doce— «corresponden a los intereses y preocupaciones de su autor, estos aforismos son un índice de vislumbres, certezas y adivinaciones largamente sedimentadas». León Molina es alguien que no se conforma solo con ser un mero espectador de la vida que pasa de manera casi imperceptible. Gracias a su afán por desentrañar el misterio que toda existencia lleva en su seno y a esa disciplina necesaria para dejar constancia escrita de los pensamientos y reflexiones que surgen al interrogarse sobre la realidad en su complejo entramado de asociaciones, el lector accede a estas páginas con la expectativa de incrementar su conocimiento de dicha realidad, porque las percepciones ajenas, cuando son fruto de esa extraña combinación que producen el ingenio, la pasión y el juicio atemperado(«Sin amor la inteligencia se retuerce como un pez en un río seco»), más que un deseo de imitación, incentivan el deseo de experimentar, de tomar conciencia desde el propio yo, única forma digna de construir una identidad individual («Te necesito, no. Me necesito a mí»).

Teniendo en cuanta la variedad de intereses aludida, no es fácil dejar constancia de todas ellas, sin embargo, hay algunas que, por recurrencia y por el peso que tienen dentro del volumen, merecen un lugar destacado. Ocurre así con las secciones dedicadas a la poesía, a los poetas, al aforismo y a la escritura en general temas a los que León Molina ha dedicado tiempo de estudio y de meditación. De ellas entresacamos algunos aforismos, y hay muchos, que nos cautivan especialmente: «En el sexo mínimas variaciones pueden tener resultados grandiosos. En la poesía, lo mismo», «La conversación sobre poesía entre un filólogo y un poeta no es fácil. Uno habla desde lo que sabe, el otro desde lo que se pregunta». Evidentemente, para saborear estás píldoras no es preciso estar de acuerdo con Molina (de hecho, fuera de este último juicio, quedan los poetas que, además, son filólogos, una combinación, por otra parte, muy extendida. Cuando se da este caso, Suponemos la conversación aludida se transformará en monólogo); «Algunos poetas persiguen entrar en algún grupo o generación porque si se quedan solos consigo mismos no tendrían dónde meterse» o «Escribir poesía es un desahogo para mucha gente, menos para los poetas»; «Si entre el poema y el lector no hay fraternidad no hay nada» o «Para escribir es imprescindible la mirada, aunque para mirar no hacen falta los ojos»; «El aforismo no aspira a la verdad sino al sentido. Es irresponsable y bello». El paso del tiempo, la soledad, el silencio, Dios, la política, el arte, las cosas de la vida, la intimidad, la moral, las costumbres o la libertad, por ejemplo, sobre todos estos asuntos y otras muchos— en realidad, León Molina escribe sobre todo lo que le preocupa, sobre todo lo que le interesa o le emociona, porque de una manera tangencial unas veces y otras más directa, según los casos, sus palabras escrutan aquellas cuestiones que tienen importancia real en nuestras vidas— reflexiona León Molina en estos aforismos fruto del azar y de la especulación consciente, del encuentro fortuito entre lo real y su reverso, fruto sobre todo de un pensamiento en constante alerta. Paul Valéry venía a decir que la disciplina está en la base de toda «cosa mentale», y mucha disciplina ha de tener Molina para dejar constancia escrita puntualmente de sus meditaciones. Imaginamos su deambular cotidiano pertrechado del recado de escribir para que no escape al vuelo ese pájaro fugaz de la idea, aunque no podemos evitar pensar en aquellas que, al volar tan alto, escapan a todo intento de captura, aunque su rastro invisible deja de alguna manera su huella en la página.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza, de El Diario Montañés, 27/12/2019