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FERNANDO ARAMBURU. VETAS PROFUNDAS. TUSQUETS EDITORES.

La nota preliminar que ha escrito Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) para presentar este libro es lo suficientemente aclaratoria como para tomar de ellas frases literales que nos ayudarán a comprender la génesis —cuarenta textos publicados previamente en el suplemento Territorios de la cultura del El Correo— y la intención de este compendio: «En este libro no se reflexiona sobre poesía, poetas y poemas, sino a partir de ellos». Datos reveladores que aportan un dato novedoso sobre el enfoque y el contenido de cada uno de estos textos, escritos a partir de.

Conviene señalar antes de nada el carácter, sino arbitrario, sí desprovisto de un orden cronológico, de una determinada orientación estética o de cualquiera otra consigna ajena al propio interés y deleite del autor, de ahí el amplio abanico que forman los autores —y los poemas— elegidos. La nómina es amplia y heterogénea, pues abarca, sin ánimo exhaustivo, desde Borges a San Juan de la Cruz, pasando por Rosalía de Castro, Fabio Morabito o Isabel Bono. Orígenes distintos, épocas diferentes, estéticas, en muchos casos, opuestas, algo que todo buen lector de poesía, y Fernando Aramburu —que comenzó escribiendo poesía (El librillo, poemas para niños es de 1981 y la recopilación Bruma y conciencia.1977-1990 es de 1993 )— lo es, debería ser pauta común para no enclaustrarse en los postulados y los paradigmas excluyentes de una sola estética. No hay razón alguna para adscribirse a una corriente, o a un autor, porque eso supone renunciar a la convivencia con otros autores, con otras corrientes poéticas en las cuales, sin duda, ese buen lector encontrará no pocos motivos de satisfacción y empatía.

En Vetas profundas no encontramos la reseña al uso, es decir, el comentario más o menos profundo de un libro reciente. El objetivo de los textos que ha escrito Aramburu es otro. A partir de un poema del autor elegido surgen, al menos tres vectores: El primero de ellos se orienta hacia el dato de carácter biográfico, en muchos casos anecdótico, aparentemente irrelevante, pero una serie de sutiles hilaciones lo relacionan con el poema, gracias, fundamentalmente, a la pericia narrativa y asociativa de Aramburu: «La comprensión de la pieza —se refiere al poema «Voy a dormir», de Alfonsina Storni, el último escrito por la autora— quedaría seriamente limitada si el lector no estuviese al tanto de las circunstancias en que fue compuesto», escribe como preámbulo.

Un segundo vector va dirigido hacia el propio comentario del poema (como nos aclaró en las palabras preliminares, no se trata de doctos comentarios sustentados en la filología, están escritos a partir de las sensaciones que la lectura genera y son reflexiones de carácter íntimo, no profesoral). Esto escribe Aramburu sobre el poema de Cernuda «Sombra de mí»: «El vínculo que establece el poeta entre la escritura y los sucesos de su vida, incluyendo, claro está, entre estos últimos los incidentes de su conciencia, se lleva a cabo a partir de un compromiso de integridad moral», o esto otro sobre el poema «El amor» de Idea Vilariño: «La adjetivación del poema es mínima. La dicción está limpia de los artificios habituales del género. La expresión nos llega sin adornos superfluos y sin la vanidad de un estilo que antepusiera la brillantez a la claridad».

Por último, el tercer vector —y hablo solo de los más significativos, porque cada uno de ellos tiene crecientes ramificaciones— enlaza magistralmente el poema ajeno con los análisis sobre el propio hacer poético de Aramburu, dando lugar a reflexiones de este calado: «Pienso que el valor poético de un texto se decide tanto en la fase de su composición como en la hora de su desciframiento. Si bien se mira, la poesía no se consuma en el poema, sino en el ser humano que acierta a encontrarla donde se supone que le poeta la depositó». Estos someros ejemplos no alcanzan a trasmitir una imagen fiel de lo que el lector puede hallar en Vetas profundas. Me estoy refiriendo no al acervo de erudición que aportan, que con ser abundante, no es, ni mucho menos, lo más concluyente. Lo que de verdad sorprende de este libro es el inmenso placer que se siente leyendo estos comentarios, un placer que se contagia, no me cabe ninguna duda de ello, del placer y la pasión con la que están escritos, algo, lamentablemente, muy poco frecuente en tiempos como estos, en los que priman otras consideraciones, como el panegírico amical, la plantilla conceptual o la digresión trivial. Ojala cundiera el ejemplo.