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JULIO RODRÍGUEZ. UNA EXTRAÑA CIENCIA. XXIII PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA «ANTONIO MACHADO EN BAEZA». EDITORIAL HIPERIÓN

Podemos especular, antes de comenzar la lectura de este libro, sobre cuál es la extraña ciencia a la que alude su título, pero pronto entenderemos que, más que una ciencia, de lo que se habla aquí es de pasión, del poderoso influjo del amor, capaz de trasformar y dar sentido a la vida más anodina, el amor tantas veces cantado, pero que, en la voz de Julio Rodríguez (Oviedo, 1971), adquiere una nueva tonalidad, aunque no se aparte un ápice de ese panegírico que durante siglos y siglos confiere a dicho sentimiento, como decimos, poderes sobrenaturales (L’amor che move il sole e l’altre stelle  escribió Dante en el último verso del Paraíso). Antes y después de Dante no han cesado los poetas de atribuirle estos y otros enormes poderes, tanto celestiales como humanos, por lo cual podría pensarse que ya está todo dicho al respecto, sin embargo, si albergábamos alguna duda esta se despeja de inmediato, nada más comenzar la lectura de este magnífico libro, porque el púgil casi noqueado por los golpes de la vida, en una brillante asociación e Julio Rodríguez, aún se mantiene en pie y el amor es el mágico elixir que le sostiene.

     Una extraña ciencia está dividido en tres secciones: «12 Rounds», la primera de ellas, es un canto al amor conyugal (algo no demasiado frecuente en nuestra tradición, que siempre ha preferido cantar el amor platónico, el amor prohibido o el amor conflictivo), un amor bendecido por los hijos, que se va afianzando a medida que pasan los años: «Después de tanto tiempo, aquí estamos los tres / sin darnos ni un respiro: tú, yo, y el vértigo». Un vértigo que se mitiga en la página, gracias a la reparadora escritura del poema, aunque el autor quiere dejar muy claro que la poesía no eleva al hombre común por encima de sus semejantes —la poesía, para Julio Rodríguez, no puede encerrarse en una torre de marfil, no vaya a ser que te aisle y te prive de saber lo que ocurre a tu alrededor. Está claro que en la dialéctica vida/poesía, Julio Rodríguez apuesta por la primera—, porque es, casi, una tarea doméstica más, el resumen escrito de las acciones en las que el personaje participa a lo largo del día, y entre esas acciones incluimos también las que proporciona la imaginación, por supuesto, porque ese andar por casa, no está reñido con la ciertas alucinaciones (José Hierro dejó claro en Libro de las alucinaciones que estas —«imaginar y recordar»—formaban también parte de la biografía).

     «Luz propia» es una velada defensa de su forma de entender la poesía, enlaza, por lo tanto, con varios de los poemas de la sección precedente. No se muestra renuente a los cambios que aportan las más jóvenes promociones, pero, sin atisbos de condescendencia o de antipatía, fiel a su poética, se retira a un segundo plano: «Os entiendo, ¿cómo no iba a entenderos? / Aunque no me levante, estoy de vuestro lado. / Pero no me esperéis. Seguid, seguid camino, / aprovechad ahora que el sol os da en la cara. // Y no miréis atrás: no hay nadie». La mencionada dicotomía ente arte y vida se renueva en versos de esta sección, aunque la conclusión sigue siendo la misma. Sería capaz de arrojar toda su obra al fuego con tal de vivir un solo día más. Nada más definitorio, más contundente: «Yo mismo encenderé la hoguera», escribe.

La tercera y última sección, de titulo similar al volumen completo, «Una extraña ciencia», es la que posee un hilazón específicamente amoroso, como se puede constatar en esta tirada de versos del primer poema: «Busca en el tacto ardiente de estas manos / que cincelan tu cuerpo de memoria, / en estos pies que avanzan con tus pasos, / en estos ojos que se quedan ciegos / cuando tú no me miras, o en la herida / que se abre en mí si alguna vez te hiero. / Busca en este poema, o en mi pecho. / Busca dentro de mi. ¿Lo ves? Es esto». Como se ve, estamos ante una poesía corporal, en ningún caso platónica aunque en los versos se idealice («en amor locura es lo sensato», decía Machado), pues el sujeto de la pasión tiene una constatable presencia física, un lugar en el espacio real que comparte con el poeta. Todas las definiciones del amor poseen su parte de verdad, pero, como escribe Javier Rodríguez, «para hablar con propiedad sobre el amor hay que subirse a él como se sube uno a los hombros de un padre, y lo que sucede es que tal vez (tal vez) no es del amor (no exactamente) de lo que están hablando», aunque pese a esta recomendación, él miso no se resista a contribuir a ese vademécum de definiciones: «… el amor es este pisar firme / por los pasillos de una casa alquilada / sin importar la solidez del suelo, / estos pasos serenos / que no nos llevan a ninguna parte». Javier Rodríguez busca en la poesía una manera de elevar los aspectos mas mundanos de la vida corriente al nivel de los grandes acontecimientos, porque en la calma de la cotidianidad, gracias al amor, también habita el espíritu de un anónimo héroe moderno. Al fin y al cabo, se reconoce como «aquel que ves pasar, / aquel que pasa y, pronto, / habrá pasado, sí, pero contigo».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 13/12/2019