Concha desvio-buenos-aires-600x600.jpg

CONCHA GARCÍA. DESVÍO A BUENOS AIRES. CHAMÁN EDICIONES

No es esta la primera incursión en el género diarístico de Concha García (Córdoba, 1956), aunque sea mucho más conocida por su fructífera actividad como poeta, género en el que ha publicado más de diez títulos, agrupados bajo el epígrafe Ya nada es rito y otros poemas (2007), cuya segunda edición es de 2018. Este diario de una poeta en la Patagonía argentina se puede leer como una continuación de La lejanía. Cuaderno de Montevideo (2013) y de Los antiguos domicilios (2015) y la propia autora explica los motivos del viaje: «En mi mapa la Patagonia era la metáfora de la lejanía y por lo tanto el deseo de conocerla era tan intenso como el desconocimiento que tenía de ella. Tanto las dimensiones como las distancias, así como la pureza de sus paisajes, tentaban mi imaginación y he ido varias veces desde que en 2004 di un taller de Poesía en Lago Puelo». Bien, queda clara la atracción por lo desconocido de la viajera y la pasión poética —aderezada con los lazos de la amistad— que la lleva, como veremos, a recorrer cientos de quilómetros para hablar de poesía, para afianzar eso lazos de amistad a los que hacíamos mención. La inmensidad del paisaje, siempre sorprendente y desafiante, aunque ya se haya visto, no solo se percibe en las grandes llanuras solitarias, sino en una gran urbe como es Buenos Aires, lugar desde el que comienza Concha García el peregrinaje. Son sus calles y sus barrios lo que primero frecuenta la viajera, un tanto desubicada inicialmente: «Ser de un lugar confiere seguridad», afirma, porque la ciudad «no se acaba nunca y aunque te propongas caminarla, difícilmente podrás terminar el trayecto propuesto». Concha García es una perfecta flâneur. Vagabundea, va de un lugar a otro, guiada en muchas ocasiones por intuiciones, en otras, por un deseo de conocer/reconocer lugares que alimentarán su memoria. Su prosa se acompasa a su forma de caminar, de pasear y de ver. Describe no solo lo que ve, sino lo que le imagina, lo que asombra, diferente, lo que suscita reflexión, aquello que merece ser escrito en la lengua que comparte con los bonaerenses, porque «la lengua otorga identidad, también el cuerpo, y la comida, además del paisaje. La identidad es el cajón de un confín donde se guarda lo más frágil».

Un ómnibus la llevará hasta La Patagonia, pero antes de describir los paisajes de esa región mítica, Cocha García se recrea describiendo las peculiaridades de las zonas intermedias. Lugares como Santa Rosa, en La Pampa, «una ciudad de casas bajas donde la especulación ha afeado el paisaje levantado algunos rascacielos innecesarios» en la que encuentra el calor de la amistad, el refugio de la poesía; como Colonia Memonita, «a unos doscientos kilómetros hacia el sur de Santa Rosa», Toay, donde se encuentra «la casa natal de Olga Orozco», la legendaria Bariloche, con el lago Nahuel Huapi imponiendo su presencia. En toda la ciudad «huele a agua, huele a movimiento de agua», aunque esa sensación pueda deberse a que «la mente genera todo el tiempo idealizaciones que no se corresponden con lo real».

«De Bariloche a Fisk Menuco-Roca» continúa el viaje en ómnibus de Concha García: «Dormito y miro por la ventanilla. Hemos pasado por poblaciones muy desoladas por el viento y la pobreza». El paisaje impone sus propias normas, el paisaje y el clima, inhóspito, insufrible. Concha García habla con los lugareños, se interesa por sus proyectos, por las difíciles condiciones de vida que deben soportar, se admira de que, a pesar de todo, se preocupen por conservar la salud de la cultura y de la poesía —la poesía, Scribe Concha, «nombra lo que es más difícil de percibir, se cuela entre los intersticios donde las palabras dejan un rastro de emociones»—, organizando encuentros literarios, ferias del libro, talleres de lectura, etc.

«La línea sur de La Patagonia» la recorre Concha en compañía de otros poetas de la región. Cada uno de ellos dejará escritas sus experiencias del viaje. Vildo Pioppi, Ana María Grandoso y la propia Concha. El viaje, sin embargo, no se acaba ahí, mucho más al sur, a mitad de camino entre Viedma y Ushuaia, está Comodoro Rivadavia: «La ciudad es un páramo embellecido por el viento y el océano Atlántico que arrebata la mirada cuando lo contemplas, color azul oscuro, la antítesis del Mediterráneo». Concha García llega a Ushaia, ese fin del mundo que representa, sin embargo, para quien sabe ver un nuevo comienzo, un comienzo que nace de la escritura, del recuerdo, de la conciencia de ser, ante la inmensidad de la naturaleza, un pequeño eslabón que cobra importancia cuando no se deja arrastrar por los tópicos y saca sus propias conclusiones. «Algo comienza —escribe Concha— y los pasos que daré no están en itinerario alguno». El lector comienza otro viaje, el de encontrase a sí mismo en palabras ajenas.