jose i.jpgjin.png

JOSÉ INIESTA. LLEGAR A CASA. COL. CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO

Felizmente, en los últimos años, José Iniesta (Valencia, 1962), mantiene una presencia constante en el escenario poético. Desde Arder en el cántico (2008) hasta Llegar a casa, se han sucedido títulos con una frecuencia casi regular. Así, Bajo el sol de mis días data de 2010, Y tu vida de golpe de 2013, Las razones del viento de 2016 y El eje de la luz de 2017. Las hermosas ediciones de la editorial Renacimiento han sido, en la mayoría de los casos, las receptoras de, en no menor medida, los excelentes poemas de Iniesta, un poeta fiel a un estilo y una forma de entender el hecho poético como contemplación, paso necesariamente previo a la revelación. Iniesta practica una poesía minuciosamente sujeta a un ritmo pausado, contenido, formalmente sin fisuras, que traslada con exactitud las deliberaciones vitales de un ser que lucha por conciliar su pensar con el ritmo natural del mundo, y en ese afán conciliador tiene una importancia suprema la experiencia amorosa, una experiencia que, en algunos instantes, nos recuerda a la exaltación amorosa que provocó los poemas de la llamada trilogía amorosa de Pedro Salinas, aunque José Iniesta, acaso con el temple que la edad proporciona, no se dejé llevar por la furia de esos arrebatos que inciden en una fusión casi mística con la persona amada. Aquí todo está más pensado porque es fruto de la experiencia vivida, compartida, no de un deseo imperfectamente satisfecho: «Alcance y unión», se titula el primer poema del libro, al que te pertenecen estos versos: «Ahora que en mi habitas sí que existo. / Ahora que me besas en al noche / de nuevo sé quién soy». Esta aspiración a cumplirse como persona fusionándose con el otro nos retrotrae a la época más vigorosa del Romanticismo, pero José Iniesta modula perfectamente su voz, así que no espere el lector hallar en estos poemas fuegos fatuos en la expresión. Como escribe en otro poema, hay gestos —maneras, podríamos decir— que irradian «claridad y quietud».

     Lo anecdótico, ese partir el pan que tantas reminiscencias eucarísticas parece tener, o el molesto vuelo de una mosca, por ejemplo, son referentes simbólicos que ayudan a Iniesta a manifestar esa especie de fe suprema en la vida que le procura una felicidad basada no en grandes expectativas, sino en la belleza del puro existir: «Y aves con qué fervor a nada y todo / pasamos por el mundo sin saber, / ese sentir que a veces florecemos / junto a la sed, con la mirada sola: / las casas con sus rejas y las nubes, / el humo bostezando en los tejados, / la higuera que se asoma tras un muro».

     Pero si tuviéramos que significar los tema primordiales sobre los que pivota esta escritura, sin dudarlo nos inclinaríamos por dos, en primer lugar, el amor como fuente de vida, como justificación y culmen de la existencia y, en segundo término, la dicotomía vida/poema que lleva implícita una pregunta cuyas posibles respuestas dan lugar a inevitables contradicciones, en función del porcentaje de pesimismo que intervenga. Ambos temas están frecuentemente unidos en los versos. Así, en «La cárcel del poema» leemos: «¿Por qué buscar los versos que me roban la vida, / y acaso me la dan y más fulgura? / ¿por qué intentar cantar el sol de junio / si fuera luce el sol y es maravilla / la brisa sola…». Poco después, sin embargo, pensando en su madre, escribe: «el sueño de abrazarte en un poema». Como decíamos, estas contradicciones se repiten, los versos alternan entre la duda y la certeza: «… y solo sé que escribo en este otoño / los versos del desgaste de la vida, / la lluvia venturosa el amarte, // la desnuda elegía que agradece / el suceso increíble / de existir a tu lado». Para alguien que vive «en la gratitud», para alguien que aspira a “ser” al lado de la persona amada «la escritura desnuda en el papel», para alguien que no anhela más que compartir el futuro con su amor, pues su presencia «es vida y justifica / la gratitud y el vuelo de [su] sangre» ver nubarrones en el horizonte puede convertirse en una tragedia, constatar que hay mucha oscuridad en las noches de la existencia un mal sueño, una pesadilla que ni siquiera la escritura puede registrar: «Anochece y morimos / un poco cada día». Pese a todo lo dicho, la templanza con al que Iniesta asume lo inevitable es paradigmática, y sus versos, morigerados y emocionantes a la vez, nunca se dejan llevar por el sentimentalismo, por el lamento gratuito. La poesía de Iniesta es capaz de presentar un mundo casi ideal, sin dolor y sin conflictos íntimos, pero bajo esa superficie atemperada, como ocurre con las mejores obras de los antiguos pintores cortesanos, por ejemplo, hay otro mundo más convulso, donde convergen incertidumbres y fracasos, renuncias y olvidos. Con ecos tan heterogéneos como León Felipe, Guillén, Fray Luis, Juan Ramón, Juan de la Cruz o, el ya mencionado, Pedro Salinas, José Iniesta levanta un planta más en el armónico edificio de una existencia que tiene en el amor sus más sólidos cimientos. ¿Qué más podemos pedir a quién, con un convencimiento magistral escribe: «Aquí estamos los dos, / donde estuvimos. / Y aves con cuánto amor voy a la muerte»?

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 6/12/2019