LMIÑANA_ESTEESMICUERPO_PORTADA-e1564421629733.jpg

LUISA MIÑANA. ESTE ES MI CUERPO. COLECCIÓN ALCALIMA. EDITORIAL LASTURA

Encabeza este libro un título rotundo, Este es mi cuerpo (muy similar al del poeta salmantino Juan Antonio González Iglesias, Esto es mi cuerpo (1997), aunque la diferencia en el uso de los demostrativos es toda una declaración de intenciones), un título que remite, indefectiblemente, al cuerpo que ofrece Cristo a sus fieles («Toman este pan y coman, este es mi cuerpo». Mateo 26:26 o »Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí». Lucas 22:19). Luisa Minaña, barcelonesa afincada en Zaragoza, es muy consciente de estos antecedentes, pero en este viaje circular que realiza en este su último libro, el cuerpo sufre transformaciones tanto físicas —los sucesivos poemas titulados «Ciborg» dan buena cuenta de esa transformación, como mental —significativamente expuesta en los poemas titulados «Demencia», presentes también en las cuatro partes en las que se divide el libro—.

A través del cuerpo, de los sentidos, percibimos el mundo que nos rodea, acaso por ese motivo la primera sección de libro se titula «Partes del cuerpo». Esta disección, casi forense, de las diferentes partes del cuerpo da lugar a poemas como «Ojos», cuyos primeros versos dicen: «Hasta los ojos ciegos hablan. / Yo miro muchas veces con los ojos cerrados / y avanzo entre las cosas siempre a tientas» o «Manos»: «Todos los cuerpos tiene manos y se buscan, / danzan y son azules como las puertas del océano». Descripciones llenas de plasticidad, de asociaciones que funcionan por acumulación de funciones intentan mostrar el órgano no solo desde una perspectiva física, como haría un retratista fiel, sino realzando aquellas características que posibilitan una visión de la realidad menos armónica, como haría un pintor impresionista. Otros poemas como «Vulva», «Glándulas mamarias» o «Sexo» sirven para reivindicar la mirada fémina, no con tanta crudeza como Sharon Olds, pero sí con vehemencia y con atrevimiento verbal: «Me reconcilié / con las glándulas mamarias, pues igual podían ha ver / sido, en vez de tetas, nubes o ríos, / y porque servían como trampas perfectas / donde encerrar a los hombres y escucharlos / desde lejos…».

La cosmética, el maquillaje, el rimell disimulan los defectos, neutralizan las carencias, realzan las partes hermosas del cuerpo, visten, en definitiva, la piel expuesta, pero no evitan enfermedades como la anemia («Resulta que se debe, según dice el diagnóstico, / a las cifras raquíticas en mi sangre de hierro») o las migrañas («Cerrar los ojos y estarse quieta suele ayudar, / ya sabes, a que el dolor retroceda en su avance / por tu delgada y, al parecer, desprotegida / sin remedio corteza cerebral») y taras que se heredan y que se van acentuado con el paso del tiempo, como la mala digestión o el útero enfermo («Provengo de un ancestral harén de mujeres capadas / de boca y genitales»).

La ortopedia, palia, en cierta medida, el deterioro, como ocurre con las gafas para unos ojos «que se cansan, que enrojecen y expanden / en lágrimas», pero, cabría preguntarse si el cuerpo que recibe esas atenciones, que compensa sus debilidades gracias a elementos exógenos sigue siendo el propio cuerpo. Acaso por eso Luisa Miñana duda entre «Ser y no ser». «Debería —afirma— haber aprendido / a interpretar la vida con arte y con oficio. / No ser y ser. / Estar y dejarme ser lo que tú veas que soy. / Tú, el punto de observación. / Al final seré lo que me cuentes que soy». Es muy importante esta última reflexión. La autora cede al otro el privilegio de conferirla una identidad, como si ella se viera ya incapaz de definirse, a pesar de hacerlo ininterrumpidamente durante cientos de versos. Quizá la clave para entender esta cesión, esta especie de claudicación identitaria, esté ese ciclo cerrado que forman los poemas que repiten titulo en cada una de las secciones y que permiten otra lectura paralela, esta de carácter circular como ya he dicho, a la meramente lineal: «Soledad», «Amor», «Muerte», «Hospitales», «Demencia», «Sexo» y el titulado «Ciborg», que siempre cierra las respectivas secciones. Unos versos del que pone fin al libro pueden resumir la intención, a la vez reivindicativa y desmitificadora, de este libro: «Este es mi cuerpo / intervenido, puesto en pie en un principio / por la vida, que de todo se ayuda en su perseverancia, / y reformateado luego por la acción ortopédica / del amor y el desamor / hasta llegar aquí tras sucesivas mutaciones, / cuerpo híbrido el mío…». Al final, lo que transforma con mayor énfasis, es, más que la constancia de la muerte, el amor, el amor con todos sus dientes de sierra, con sus alegrías y sus desengaños, el amor que nos invita a perseverar en el deseo de vivir, pese a las mutilaciones, a las heridas no cicatrizadas., porque vivir, como dice Miñana, «acaba consistiendo en no huir / de las metamorfosis y aceptar las muletas».