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JESÚS MARCHAMALO. ME ACUERDO. COL. GRAPHICA. EDITORIAL PAPELES MÍNIMOS.

Con su precisión habitual, Felipe Benítez Reyes, autor del prólogo a Me acuerdo, define a su autor así: «Jesús Marchamalo lleva siempre encima una libreta, para lo que se tercie anotar; una cámara de fotos, para lo que tercie inmortalizar al paso, ya sea una biblioteca ajena o una estampa urbana que le llame la atención; una grabadora […]; alguna estilográfica de gran estilo, y lápices, y rotuladores, para lo que se tercie dibujar». Por mi parte, yo añadiría que Jesús lleva siempre una sonrisa en su rostro, una sonrisa que cautiva y despeja cualquier atisbo de desconfianza, una sonrisa cómplice que nace de su más profunda bondad (Luis Rosales decía que las personas que sonríen no nos parecen nunca desconocidas, y creo que tenía razón).

Ahora, siguiendo la estela de Joe Bainard, de Georges Perec y de Elías Moro, se embarca en un viaje por el recuerdo ayudado por las innumerables notas que ha ido escribiendo sin fin aparente en todo tipo de soportes, servilletas, papeles sueltos, cuadernos, etc. Paul Valéry decía que la disciplina se halla en la raíz de toda cosa mentale, y así parece ser, porque una de las características de Marchamalo, de otra forma no podría hacer frente a la actividad agotadora que desarrolla, es la de la disciplina. Disciplina y orden, o a la inversa. No hay más que ver esos pulcros cuadernos en los que va tomando notas para su próximo libro —Marchamalo siempre está inmerso en algún proyecto literario— para que el curioso se cerciore de que no miento.

Pero, ¿qué tienen de particular los me acuerdo” de Marcahamalo? Todo y nada. Depende de quién los lea. Para un lector como yo, estricto coetáneo del autor, gran parte de estos “me acuerdo” son tan suyos como míos. Como dice Benítez Reyes, Marchamalo «nos devuelve imágenes de menudencias que, a pesar de su pequeñez, aciertan a reconstruir sensaciones muy nítidas en las que reverbera —sobre todo— nuestra infancia, que tan permeable resulta a lo simbólico». Son 499 “me acuerdo” repartidos por las páginas coloreadas de esta preciosa edición —algo habitual en el catálogo de la editorial papeles mínimos— que cuenta con un plantel de ilustradores realmente magnífico: Carmen M. Cáceres, Carolina Díaz, César Fernández Arias, Isidro Ferrer, Damián Flores, Enrique Flores, Emilio González Sainz, Mo Gutiérrez Serna, Eva Manzano, Ginés Martínez, José Luis Mazarío, Antonio Santos, Emilio Urberuaga, Fernando Vicente y Javier Zabala, algunos de ellos muy conocidos entre nosotros.

No me resisto a transcribir algunos, elegidos al azar: «Me acuerdo del papel de plata de las tabletas de chocolate, y de cómo las alisábamos con la uña» (si eran de Elgorriaga, mejor, podría añadir yo mismo); «Me acuerdo de unos caramelos que tenían forma de gajo, y que se vendían envueltos en celofán, como naranjas»; «Me acuerdo de los estuches, y de que traían escuadra y cartabón, transportador de ángulos y, muchos, una lupa» (en mi escuela, no sé por qué, los llamábamos plumieres); «Me acuerdo de que las bombas de las bicicletas llevaban dentro de la boquilla un tubo de goma que se llamaba “racor”». Este tipo de recuerdos, como decía, son de carácter colectivo porque, quienes vivimos esa misma época, atesoramos evocaciones similares y al leerlos los reconocemos como propios. Hay otros, sin embargo, de carácter individual que, salvo por alguna afortunada coincidencia, no son compartidos: «Me acuerdo de que la primera película que vi en el cine se titulaba El oro de Mackenna»; «Me acuerdo de un cachalote muerto en la playa, en Galicia, y de cómo le arranqué, apestosa, una vértebra que me traje de recuerdo» (yo vi el cadáver en descomposición de un calderón en la playa de Tagle, cuando era un muchacho) o «Me acuerdo de que mi primer libro lo escribí con una Olivetti eléctrica de segunda mano, ruidosa como un lanchón de desembarco» ( yo, sin embargo, empecé, si no recuerdo mal, con una Olivetti Studio 44, también de segunda mano); «Me acuerdo de una larga temporada, de pequeño, en que quise ser misionero, y llevaba una cruz». Por más que la intervención del azar los asocie con otros parecidos, la vivencia particular los convierte en intransferibles.

En resumen, Jesús Marchamalo (Madrid, 1960), autor de títulos como Tocar los libros, Las bibliotecas perdidas, Los reinos de papel o La tinta violeta y colaborador de radiofónico en programas de divulgación literaria, ha puesto negro sobre blanco muchos de sus recuerdos, que son también los nuestros y con ello ha conseguido dibujar —al menos en el caso de quien esto escribe— una sonrisa en el rostros de la memoria. Bastaría con eso para internarse en la lectura de este libro, pero resulta que también, para quienes no estén familiarizados con la época en la que transcurre su infancia y su juventud, sus recuerdos contribuyen a dibujar un paisaje emocional que forma parte de la historia de este país, una historia que conviene tener presente, para no repetirla.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 29/11/2019