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FRANCISCO GÁLVEZ. LA VIDA A RATOS. EDICIONES DE LA ISA DE SILTOLÁ.

Francisco Gálvez (Córdoba, 1945) publicó parte de su poesía completa, bajo el título “Los rostros del personaje. Poesía 1994-2015”, el pasado año en la editorial Pretextos. Era lógico pensar, y así lo confirma “La vida a ratos”, que desde 2015 el poeta hubiera seguido escribiendo, pero, por más que conozcamos a fondo su trayectoria, el poeta siempre posee la capacidad de sorprendernos, de dar una vuelta de tuerca, sea esta meramente formal —como es el caso, ya que el grueso del libro está integrado por poemas en prosa— o temático. Cecilia Fernández Prieto, la autora del extenso y bien documentado prólogo, remite a que, dada su flexibilidad compositiva, el poema en prosa se muestra más idóneo para «elaborar el malestar y la inestabilidad del sujeto lírico moderno en su relación con el mundo, consigo mismo y con los formatos habituales de la lengua poética». Lo cierto es que desde Baudelaire abriera la espita de este género híbrido, muchos han sido los poeta que se han valido de él, también en nuestro idioma, pero si nos viéramos obligados a buscar una referencia cercana a los poemas de “La vida a ratos”, no dudaríamos en mencionar “Ocnos” de Cernuda, como su más directa influencia, porque Gálvez, al igual que el sevillano, trata de rescatar instantes de su vida acuciado por la soledad y, en muchos casos, por la incomprensión de sus pares. Evidentemente, la soledad cernudiana viene impuesta por el exilio físico, pero hay también otra clase de exilio interior al que, nos parece, está expuesto Francisco Gálvez, acaso de forma voluntaria. Fernández Prieto hace hincapié en ello cuando escribe que este libro «registra la extrañeza o la costumbre de los días comunes, [que] escribe y afirma su soledad e independencia personal y literaria, su incomodidad con normas y encuentros de “familiar política”».

El libro está divido en tres secciones que, a su vez, se subdividen en diferentes apartados. Priman en todos ellos los testimonios de carácter autobiográfico —dicho esto con todas las reservas, como podemos deducir del apartado «Biografía escueta para iniciados»— con mayor o menor carga anecdótica, según el caso, no en vano, los diferentes poemas guardan estrechas similitudes con las entradas de un diario —«Diario temprano» se titula una de las secciones que, paradójicamente, comienza con un poema escrito en verso— por más que no estén fechadas. En apartado «Palabras de confianza» no deja lugar a dudas. Así comienza, por ejemplo, el poema «Libro de cuentas»: «No acudo al gimnasio ni participo en las reuniones de vecinos. Nunca espero al cartero ni voy al pabellón de deportes…». Esta declaración de intenciones que dice más por lo que niega que por lo que afirma va construyendo a ojos del lector una identidad que se confirma en este otro párrafo: «Uno es lo que realiza, lo que sabe y mira, también lo que los demás ven en nosotros, entre fantasía y realidad. Somos un vaivén entre el sí y el no. Un verso largo y corto entre las cosas que no se nombran». El viaje al pasado que se describe en algunos de estos poemas va en pos de ese reconocimiento personal que se inicia en los años de la infancia y la primera juventud. Francisco Gálvez desbroza, con una prosa clara y minuciosa, detalles de aquella época que la memoria, a veces en exceso caprichosa, ha conservado en sus anaqueles, no de forma decorativa, sino sustancial, pero en sus poemas no hay el tono nostálgico de quien no tiene esperanza en el futuro y añora lo perdido. Prevalece, a nuestro modo de ver, una mirada combativa a la realidad. Combativa y crítica, no solo consigo mismo, sino con las numerosas injusticias presentes en la sociedad en la que vive, como en los poemas «Noticias de junio» o «Carta desde una ONG».

La tercera sección tiene una unidad temática más ajustada que las precedentes. La literatura, la poesía más concretamente, y su vinculación con la vida es el leitmotiv que une los diferentes apartados. Su posicionamiento ante la vacuidad de ciertas actividades presuntamente poéticas está claro, como cuando, al hablar de un recital, escribe: «Flotan con sus vaporoso vestidos de fin de todo tiempo y no huelen las nuevas flores ni beben de la fuente nueva, ¿sabrán que esto no es una fiesta ni un decorado para pasar la tarde? A veces, esta manera de matar a la poesía», una poesía en la que Gálvez pone sus esperanzas de salvación personal en sentido ontológico: «Están mis libros, palabras y lugares, momentos no desaparecidos. No he muerto del todo» (este último tiempo verbal es desasosegante), aunque, como escribe Celia Fernández Prieto, «Nada, tampoco la memoria —aunque sea inevitable ceder al placer melancólico de algunos recuerdos—, puede redimir ni recomponer el transcurso fragmentario de la vida, imprevisible, descompensado, al borde de la nada. La única consistencia del mundo parece estar en la mirada», una mirada como la Gálvez, inquisitiva y penetrante que atrapa hasta lo invisible.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 15/11/2019