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DAVID MAYOR. POEMA DE MIEDO, ESPERANZA Y FELICIDAD EN VEINTESÉIS PARTES. COL. PLANETA CLANDESTINO, 222. EDICIONES DEL 4 DE AGOSTO.

La colección de cuadernos Planeta clandestino continúa su encomiable labor contra viento y marea y alcanza con este título en número 222. Ahí es nada. Solo cabe felicitar a los responsables de Ediciones 4 de agosto por mantener dicha colección y por el ciclo de lecturas que viene organizando todos los meses de agosto desde hace -si mis datos no son incorrectos- más de quince años. David Mayor (Zaragoza, 1972), un autor en modo alguno prolífico, empezó su andadura editorial con la publicación de En otra parte (2005), al que siguieron 31 poemas (2013) y el justamente alabado por la critica, Conciencia de clase (2015). Es, por tanto, Poema de miedo, esperanza y felicidad en veintiséis partes su cuarta entrega. La cita de Spinoza que encabeza los poemas remite a esas certezas que hacen más amable una vida de por sí, plagada de incertidumbre. Ya en el primer poema se nos habla de ellas, de esas mínimas certidumbres que apenas percibimos y que, sin embargo, sirven para «desordenar el cielo». El ser humano vive desorientado, desubicado en un mundo que ha perdido progresivamente los anclajes ideológicos y/o religiosos que hacían de la vida un tránsito hacia algún fin. Ahora deambula sin saber muy bien hacia dónde, sin saber muy bien quién es. El ser que «Viajó sin huella y sin camino / hacia la felicidad, / con miedo y esperanza, / fingiendo el robo de lo que somos / como una huida y un autorretrato», es un ser indefenso, muy distinto de aquel, mitad héroe, mitad asceta, al que hace alusión el lema de Isabella d’Este, Nec spe nec metu, traducido no demasiado literalmente por «Sin miedo ni esperanza» (título además de un libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca publicado en 2002) y que se puede resumir en estos dos versos de David Mayor: «El leve movimiento de vivir / con valentía y felicidad». En ese contexto, la poesía es una tabla de salvación que permite acentuar la sensación de dicha que se esconde tras los sucesos cotidianos, aparentemente anodinos: «Pararse y contemplar el mundo, / el cielo sin nubes y los recuerdos, / el rubor de un mirlo que se esconde, / mientras se hace débil la esperanza / y alcanza la felicidad». Una poesía que aspira a la claridad, a despojarse de prejuicios para «que lo que ves te ayude a ver lo que no ves» a través de palabras e imágenes conocidas, familiares, asistidas por la firme voluntad de aventurarse debajo de la alfombra, de rebelarse contra la costumbre, esa venda invisible que cubre nuestros ojos. «Pensaba —escribe Mayor en el último poema— desobedecer / los ritmos habituales del trabajo / y la inquietud, llegar / a la puerta de las estrellas, / escribir algún cuaderno». Esa desobediencia es la que ha propiciado la escritura de este Poema de miedo, esperanza y felicidad en veintiséis partes, en veintiséis poemas desnudos de retórica, que buscan, y consiguen, el equilibrio entre el pensamiento, entre el mundo interior y su correspondencia con el mundo físico, con el mundo exterior. Un diálogo, podemos afirmar, muy fructífero.