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JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. SIN SABER QUÉ TE ESPERA. EDITORIAL ARS POÉTICA

Fiel a su encuentro anual con los lectores, Jesús Aparicio González (Brihuega, Guadalajara, 1961) publica Sin saber qué te espera, su nuevo libro de poemas en el que la incertidumbre del futuro adquiere una importancia capital, acaso porque la vida, inexorablemente, «conduce al olvido», acaso también porque su quehacer poético se sustenta en la conciencia de que toda palabra es derrota frente al tiempo. Ningún verso o poema retrasa la muerte física, pero sí vence, al menos durante un tiempo, al olvido, retarda esa otra muerte que es la pérdida de la memoria. Jesús Aparicio recrea en su versos un paisaje conocido, transitado en sus otros libros con tanta frecuencia que no nos resulta difícil apropiarnos íntimamente de sus matices, y es que de matices estamos hablando, porque sus versos repiten, a modo de consignas personales, una misma geografía, un espíritu idéntico que sin esos matices a los que aludo, perderían su poder de imantación, imantación que también tiene riesgos añadidos, y uno menor es que puede perder su efecto precisamente por reiterativo, porque un lector habitual de González puede encontrar este discurso en exceso uniforme y consabido, ya leído en otros de sus libros. Solo la sección final, «Epílogo para una despedida», aporta, desde nuestro punto de vist, algún registro novedoso y, sin duda, una mayor intensidad emocional, y es que para lograrla no parece bastar sentarse «y en silencio / con la mano en la pluma, cual arado» remover la memoria. La evocación, la nostalgia son material poético, pero por sí mismos no convierten lo que tocan en poesía. Es preciso añadir otros condimentos distintos del mero acatamiento o de la renuncia, como son la sublevación interior, el carácter temperamental de quien no se da por vencido o la transformación de la dolencia y del fracaso en lucha existencial, y hablo solo de aspectos semánticos, no formales. El mismo Jorge Manrique, a quien remiten algunos de estos versos, es un buen ejemplo de lo que quiero decir, no sé si con precisión. Jesús Aparicio intenta retener en sus poemas lo más nimio, lo más humilde, aquello que, en muchas ocasiones, nos pasa desapercibido y que sirve de argamasa para una determinada manera de vivir: «Escribes sobre la nada / que ingenuamente tú te has fabricado». Estos versos del poema «Palimpsesto» ilustran esta idea, afortunadamente rebatida en un poema posterior, del cual extraigo estos versos: «Las diarias rutinas / esconden / bajo su tierra el abandono / y tierras dóciles / el germen de la sorpresa, / ese secreto azar con que el destino / construye inesperadas aventuras». Esa aventura vital, trágica en este caso, es la que da lugar a los mejores poemas de este libro, los dedicados a la muerte del padre, los más duros, sí, pero son los que trasmiten un mayor deseo de trascender la realidad gracias al poema. La muerte de un ser querido provoca incertidumbre, incomprensión, desacato, porque «Unas horas después / de enterrar a tu padre te das cuenta / de que la vida es todo para nada» y de ese desacato surge la palabra como cauterio y como confirmación de que la vida, a pesar de todo, a pesar de no saber lo que nos espera -o quizá precisamente por eso-, merece ser vivida.