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CÉSAR IGLESIAS. SUENA LA NIEVE. EDICIONES DE LA ISLA DE SILTOLA.

Varios son las características que identifican la trayectoria poética de César Iglesias (Mieres del Camín, 1961), entre las más relevantes podemos citar despliega una mirada desolada sobre un paisaje rural en vías de extinción, que posee una visión épica sobre el dolor como método de conocimiento y no obvia la denuncia de las condiciones sociales de los excluidos. Todos estos asuntos están expuestos de nuevo en su último libro, Suena la nieve, de una manera, si cabe, más cruda, porque, aunque Iglesias no renuncia, por muy escabroso que sea el tema, a describir lo real desde unos presupuestos estéticos cercanos al simbolismo, esto no merma en absoluto el poder de convicción de sus poemas, acaso porque no “habla de oídas” sino desde la sabiduría que da la experiencia y desde el conocimiento que aporta la lucha por la supervivencia, aunque sea a través de vivencias de terceras personas. El poema que hace las veces de prólogo finaliza con estos versos, que anticipan el carácter de invocatorio que recorre el libro: «Por tantas veces dichas / se hacen más necesarias / palabras penitentes».

La primera sección, «Retorno a Lluveces», un barrio de Llanes que ejemplifica el desarraigo que sufren sus pobladores cuando se transforma su condición natural, describe, con una intención mitificadora, un pasado en el que había «senderos, bosques, casas y un caballo que está al verde». Los cambios no han traído más que destrucción, ahora «esta tierra es agonía, / tierra yerma que huyó de su genética / e instauró el almanaque del exilio». Uno percibe, en este retrato melancólico de lo que fue, cierta sensación de culpa que el autor trata de mitigar denunciando las pérdidas.

En «El cielo usurpado», la segunda sección, es la más variada del conjunto. En la búsqueda de autoafirmación, el poeta, un hombre solo que mira «la angustia de las olas / en la orilla», constata, no sin pesar, que el mundo ha cambiado y que ya no basta para vivir «las manzanas / de septiembre, el gorrión sin estaciones, / el callar de las gatas…», también es necesario, entre otras cosas, «pronunciar las plegarias agotadas, / abrazar las ausencias que preceden», en una palabra, readaptarse a las mutaciones que experimenta un entorno cada vez más hostil. Ante estas agresiones, «¿Qué nos queda a nosotros?», se pregunta César Iglesias, consciente de que, como escribía Antonio Machado, «ha de morir contigo el mundo tuyo». Por eso responde: «La plegaria tal vez, algún poema / o escuchar en la bruma la agonía / de estos pájaros sin otro silencio». La poesía, y lo veremos en los poemas más comprometidos moralmente, no ha perdido su capacidad de restañar heridas, de cauterizarlas. La poesía sirve para plantear un nuevo código, para desterrar viejas imposiciones —como en el poema «Otros mandamientos»— porque «llegado es el momento de buscar / otras formas de hablar…», formas que perseveren en lograr la convivencia de uno consigo mismo, superando las contradicciones inherentes al hecho de vivir, pero también con los demás, porque «En tiempos de quijadas y escopetas, / nos salva la ternura del verdugo». Los paisajes de la infancia, territorio de la felicidad desmentido en los últimos años, no conservan rastro de lo que fueron, ya no quedan árboles ni pájaros, ahora «Aquí el musgo es letal, / tóxicas las retamas, / homicidas los árboles. / Naturaleza muerta, / diría el manual». El poema «Cavar» que tanto le debe a «Cavando» de Seamus Heaney, en el que poeta irlandés asocia la escritura con cavar dentro de sí en busca de un recuerdo, esa excavación pura y dura en busca de turba que hacía su abuelo. Así, a través del sufrimiento, se «desentierran / sílabas perseguidas, / tumbas siempre negadas».

Parecen latir en la tercera sección, «Tan necesario dolor», estos versos de José Hierro: «Llegué al dolor por la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe» y es que Iglesias busca, por medio del dolor, una especie de redención que haga el final más soportable, o la indignidad del transcurso, que es el tema de la cuarta sección, «Tríptico de las alambradas», la sección que requiere un mayor compromiso moral, como el que tuvieron algunos de los poetas y escritores, cuyas obras sirven de argamasa para levantar este armazón hecho de palabras como filos, palabras que cortan por su desnudez, pero que visten de dignidad al ser humano: «Ahora sólo somos los despojos, / especie doblegada en las letrinas donde la biología desfallece». Alambradas nada metafóricas —«De poco sirve el canto en la alambrada. / Ni la cruz ni la estrella nos consuelan»—, pues hacen alusión a los campos de concentración —«donde de nada valen las plegarias». Hay en estos poemas una llamada imprecatoria a un Dios que no escucha— a los que iban conducidos los judíos. En estas circunstancias tampoco la poesía puede hacer más que dejar constancia del terror, de la humillación, del oprobio (Auden escribió que “la poesía nada consigue”). La última sección, «La soledad de los conmovidos» se puede resumir en estos versos: «Este ya es otro tiempo para conjugar verbos / con las tumoraciones de la desolación»., una desolación que avanza desde muchos frentes, pero a la que César Iglesias planta cara con su fe en las palabras, incluso siendo consciente del fracaso que esto conlleva.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 01/11/2019