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VÍCTOR ANGULO. UNA CASA VICTORIANA. PAPELES MÍNIMOS EDICIONES.

Gozamos en nuestro país de un sector editorial con un gran peso específico propio en el que conviven las grandes corporaciones editoriales, cuyo poder e influencia es difícil cuantificar aquí, con editoriales pequeñas que sobreviven no gracias a las grandes promociones y a los bestseller, sino por los alardes de creatividad empresarial y por el empeño que ponen en ofrecer al lector un producto final distinto, mucho más esmerado tanto en diseño como en contenidos. Una de esas editoriales, no la única, por supuesto, es papeles mínimos ediciones, editorial que en cada título que publica, da muestras de su pulcritud y de su exquisitez, Cualquiera que se acerque a su no muy extenso catálogo, estará de acuerdo conmigo. El número 6 de su colección de poesía, Una casa victoriana, es un buen ejemplo de ello: sobrecubierta que homenajea a William Morris, estampa interior de Marcelo Fuentes, el magnífico pintor valenciano de arquitecturas y bodegones de inspiración metafísica, perfil de las paginas coloreados y una tarjeta postal que reproduce un poema del libro. Con todos estos alicientes, podríamos pensar que estamos ante un producto exclusivo, y lo es, pero no por su precio, en sintonía con el de otros libros menos cuidados, sino, como digo, por el mimo con el que está elaborado.

     Pero vayamos al contenido del libro. He de confesar que hasta ahora no había leído nada del autor, Víctor Angulo (Soria, 1978), aunque tiene en su haber varios libros de poesía publicados, Materia prima, Premio de Poesía Joven Ildefonso Manuel Gil; Cierra despacio al salir, premio Nacional de Poesía Miguel Hernández para menores de 35 años, en 2012; Nos vemos en noviembre (2012) y Son airadas las cigüeñas (2015). Una casa victoriana es un libro eminentemente narrativo —marca de la casa, por lo que he podido espigar en alguno de sus otros libros—que guarda una relación directa con la poesía confesional norteamericana, con autores como Robert Hass o Weldon Kess, por ejemplo, y con narradores como Cheever, Carver o Richard Ford de quien, por cierto, utiliza una cita al comienzo del libro. Estamos pues ante una disección pormenorizada de los avatares de una vida común, sin grandes sobresaltos, pero en la que cada uno de los instantes vividos, incluso los menos atrayentes, los más monótonos, tiene su importancia en la construcción de una existencia que se sabe conflictiva, en la determinación de un carácter, de una forma de relacionarse con el mundo.

     El libro está dividido en tres secciones, el primero de ellos, «Discurso de un viajante», en el que el poeta se pone en la piel de otro y adopta una mirada irónica sobre esa nueva realidad, diseccionada en cada poema, en cada relato, podríamos decir, que goza de total autonomía, aunque leídos con continuidad, nos ofrecen una visión panorámica de la cotidianidad: «La percepción de la felicidad es una cosa que también cambia con los años / y enseguida nos retiramos a casa. / Pronto, / porque al cabo hemos asumido que cualquier lucha ya no es contra la vida, / sino contra el tiempo».

     «Toda la música del mundo», la segunda sección, contiene el poema que da título al libro, «La casa victoriana»: «De pronto —comienza el poema— quiero hablar de esto. Quiero hablar de la casa donde ahora vivimos / (que da al parque y en los bancos, por la mañana, / se sientan las personas mayores a tomar el sol; / los fines de semana, mientras leo el periódico, los escucho desde la terraza), / aunque seguramente habrá algunas fotos en el salón de cómo éramos entonces, / cuando llegamos aquí». Esta estrofa puede servir de ejemplo del tipo de poesía que escribe Víctor Angulo. Como se ve, en ella prevalece un tono conversacional sin, aparentemente, excesivas pretensiones literarias, y digo aparentemente, porque, si nos fijamos, el cuidado en la elección del tono y del ritmo del discurso esta pensado al milímetro. La sencillez que se desprende al leer es fruto de un trabajo previo, un trabajo arduo porque conseguir esa sencillez, esa fluidez discursiva, es realmente complicado. No cabe duda de que Angulo ha aprendido muy bien la lección de sus maestros, algunos de los cuales prestan citas para encabezar los poemas.

     En la tercera sección, «El amor y nosotros», una especie de recuento vital en el que amor actúa como aglutinante, deja algunas muestras de un contenido lirismo que, por otra parte, nunca hace concesiones al sentimentalismo (la sabia utilización de la ironía no se lo permite): «Por la mañana te acaricio adolescente, / casi juvenil cuando me levanto de noche y todavía / te quedas un poco más en la cama, / no mucho más». Víctor Angulo no teme caer en un prosaísmo descriptivo muy cercano a la prosa (y no estamos hablando de prosa poética), que le impele a escribir poemas extensos, con ese afán no oculto de condensar en unas líneas, en unos versos, la riqueza de impresiones y sentimientos que cualquier que surgen en cualquier ser humano cuando se pregunta por su lugar en el mundo, por su destino. Una casa victoriana sigue una corriente poética muy pródiga en estos últimos decenios, la del realismo, pero su forma de interpretarlo es quizá de las mas ortodoxas, de las más fieles a los presupuestos que la definen, y eso solo se consigue cuando se tiene conciencia de toda buena poesía parte de una necesidad acuciante de sacar fuera de sí aquello que nos desestabiliza, que nos mantiene en un permanente estado de incertidumbre.