WOLF, CARMEN

WOLF WONDRASTSCHEK. CARMEN. TRADUCTOR VÍCTOR HERRERA. EDITORIAL LIBROS DE SAWADE.

Wolf Wondrastschez (Rudolstadt.Turingia, 1943) es un autor escasamente conocido en nuestro país, de hecho el libro que hoy comentamos, Carmen, está editado en México, como ocurre con la novela Cartas a Kelly (2015). En España, si nuestra información es correcta, solo se ha publicado Mara, una recreación de carácter histórico sobre un violín del afamado fabricante Stradivarius. Las razones que justifican ese desconocimiento se nos ocultan, pero si de algo estamos seguros es que no responden a criterios literarios, pues en su legua, el alemán, goza de una más que justificada consideración, lo que no puede extrañarnos, después de haber leído Carmen, una recreación versificada de la mítica figura que inmortalizó Prospero Merimée, una gitana de belleza sin igual que trabajaba en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla y que volvía locos de voluptuosidad y pasión a todos los hombre que se cruzaba por su camino. Era pues, la viva imagen de la mujer fatal, ese tipo de personaje que saca a luz las pasiones más ocultas del ser humano. Merimée, que la conoció personalmente, escribió este drama en 1845 y se publicó por entregas en la Reveue des Deux Mondensen y en él recreaba los más asentados estereotipos de la españolidad que circulaban por la Francia de la época, los celos, la pasión irrefrenable, la violencia, el bandolerismo y la defensa del honor aun a riesgo de la muerte. En él se basó Biset para componer la famosísima ópera, estrenada en la Opéra Comique de París en 1875, que le ha dado fama universal y la ha convertido en el paradigma de la mujer fatal. A partir de aquí, muchos han sido los artistas que han dedicado a la protagonista de la historia alguna de sus obras, desde pintores como Sorolla, Picasso o Romero de Torres («Los pintores plasmaron tu imagen en colores fuertes, chillones. / ¿Pero a ti qué te importan las obras de arte?», escribe Wondrastschek) hasta directores de cine como Saura, Vicente Aranda, Godard o Cecil B. De Mille. Wondrastschek publicó Carmen (en su versión original, con un subtítulo que viene a decir algo así como «Y el gilipollas de los ochenta), en 1986. Pocos años más tarde, en nuestro país Antonio Gala escribió una obra de teatro, Carmen Carmen en 1988. Wondrastschek publicó sus primeros poemas en 1965 y sus primeras obras en prosa poco tiempo después. Su primer libro, Antes el empezaba con una herida de bala, data de 1969, y en él se puede apreciar una de las constantes más arraigadas en su escritura, la experimentación con el lenguaje. Su poesía, por el contrario, es de tono coloquial muy atenta a los detalles de la vida cotidiana, algo que se aprecia desde su primer poemario, Hombres y mujeres (1978) y resulta evidente en Carmen. A finales de los ochenta viajó por EE.UU. y por México, posteriormente regresó a Alemania y se instaló en Munich. Actualmente reside en Viena. Su trayectoria literaria, integrada por poesía, guiones radiofónicos, novelas y relatos, está jalonada por importantes premios y su obra goza de una gran repercusión entre sus colegas alemanes.

Estas palabras del autor nos sirven para comprender mejor el alcance de una obra como Carmen, en la que la ironía y la pasión, el desastre y la esperanza conviven en aparente armonía: «Es extraño todo lo que tenemos que inventar para comprender la vida, pues ¿qué sería la realidad sin una conciencia de su invención, qué valor tendría sin el consuelo del humor, y qué verdad habría en el amor sin el destino de aquéllos que sufren». En cualquier caso, la cita que encabeza este larguísimo poema estructurado en varios cantos interrelacionados, es lo suficientemente explicativa. El autor es Lion Feuchtwanger (1884-1958) y está extraída de su libro sobre Goya: «Mejor toparse en un callejón sin salida con un toro de nueve años que con una mujer cuando su corazón está cachondo».

En las primeras estrofas del poema, el autor narra el inicio de un viaje por Andalucía de camino a Tánger. En la ciudad de Ronda se encuentra con Carmen, que le hace compañía durante parte del trayecto hacia Algeciras, a pesar de que ya le habían prevenido contra «esas chicas licenciosas / [que] conforme se aproxima uno al mar / proliferan más que las gaviotas». Pronto la fuerza de la leyenda de Carmen se impone a la vivencia real del poeta, quien se deja arrastrar por los tópicos para recrear, desde la actualidad, la turbulenta vida de la muchacha que, después del desengaño amoroso, se propone vengarse de todos los pretendientes, excepto, al parecer, de su recién conocido acompañante: «Íbamos aquella tarde como un par de enamorados, / cogido de la mano». Esta especie de recorrido vital paralelo no es un impedimento para que Wondrastschek recurra a la memoria y redacte un recuento existencial que parte desde la infancia para llegar al momento en que lee Carmen: «Entonces apareció Carmen…y yo olvidé, / por primera vez durante la lectura, que estaba leyendo un libro. / Allí estaba ella, reía, arañaba, mordía. Levantisca, / intensamente vital […] / Ella poseía más realidad / que la paliza que me dieron…». A partir de este momento, la pasión se incrusta en la mente del poeta, una pasión, como en la leyenda, alimentada por los celos («Todos los hombres son rivales») y la venganza. El autor se siente un personaje más de la trama libresca, pero solo a través de los sueños, y se pone de parte de la irrefrenable seductora, la elogia y la defiende de las habladurías, tan mortales como el puñal que le clava el desquiciado soldado de Merimée. Cuando Carmen es abandonada por el hombre al que ama inicia un proceso autodestructivo que se manifiesta en el arte de bailar: «Eso ya no era bailar. Era lucha, destrucción, venganza, / era, al fin, hundimiento, voluntad de muerte». En un salto temporal, el autor se encuentra en Fráncfort a una Carmen muy cambiada, con un aspecto masculino, aunque todavía bella y seductora y pasto de los cotilleos de las mujeres de la vecindad, lo que le llevó, en un ejercicio ciertamente salvaje, como el de un animal acorralado, a rasgarse la cara con un cuchillo, como un acto de valentía y de desprecio, como una forma de huida: «Tú te veías feliz con esa herida. / Con la cicatriz que tendrías para siempre», escribe el poeta. Se impone la realidad mientras va reconstruyendo los sucesos de la historia y homologándolos con el presente, hasta el punto de que al autor le cuesta distinguir entre lo real y lo leído. «¿Soy yo una víctima de la ópera romántica?», se pregunta. El poder del mito se impone a cualquier intento de olvidarla porque se encarna en otras mujeres reales, como en la vecina del autor. «No se puede matar a una Carmen», asegura Wolf Wondrastschek, y este libro lo demuestra con creces. Carmen es un magnífico homenaje, más que a la mujer, a la fuerza del amor, un amor que empuja a quien lo siente a sublevarse contra el destino y de vencerlo, sea en este mundo, o en el otro. El verso de nuestro autor es directo y combina lo descriptivo con juicios y opiniones del autor; en él apenas se metaforiza la realidad, al menos la realidad literaria. Un lector no muy familiarizado con el lenguaje poético puede leer Carmen como una novela del más puro estilo romántico —más aún si dicho lector se ha visto arrastrado alguna vez por una pasión de similar intensidad—, aunque, ciertamente, eso supondría interpretar el fatalismo que lo domina como un recurso meramente estético y privarse de la fuerza crítica que subyace en todo el poema. Las condiciones más elementales del ser humano se manifiestan con mayor nitidez cuando la tensión existencial se extrema, quizá porque, como claro síntoma de depravación moral, es preciso sufrir para saborear los manjares de la vida.

* Reseña publicada en la revista El Cuaderno digital.

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