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EDUARDO MOGA. MI PADRE. EDITORIAL TREA

La figura del padre ha sido objeto de múltiples aproximaciones artísticas, sobre todo desde el ámbito literario —la famosa “Carta al padre” de Kafka, por ejemplo— y poético —“Carta al padre” de Jesús Aguado— (epígrafes de ambos encabezan este volumen), pero también las no menos famosas “Coplas a la muerte de mi padre” de Jorge Manrique o poemas de, entre otros, Mark Strand, Michael Hamburger, Pablo Neruda, Francisca Aguirre. Jacobo Llano o Robert Lowell. Cada uno, como es lógico, expone esa relación paternofilial desde su punto de vista, pero en todos ellos predomina una de estas variantes, el tono nostálgico, por una parte, o el ajuste de cuentas, por otro, incluso no es extraño encontrar en un mismo texto una combinación de ambas posibilidades, como podemos comprobar en el extenso ramillete de poemas recogidos en la antología “Tu sangre en mis venas. Poemas al padre”, preparada por Enrique García-Máiquez.

     Eduardo Moga (Barcelona, 1962), autor de una copiosísima obra literaria entre la prosa —ensayos, libros de viajes o diarios—, la traducción —por sus manos han pasado autores como Bukowski, Rimbaud, Faulkner, Collins o Whitman— y la poesía —es autor de dieciocho títulos, ente los que mencionaremos “La luz oída” (1996), “El barro en la mirada” (1998), “Las horas y los labios” (2002), “Bajo la piel los días” (2010) o “Insumisión” (2013)— se suma a esta nómina con un libro de poemas en prosa —“El padre”—en los que prevalece un estilo directo, coloquial, trufado de anécdotas, que bien podrían leerse como fragmentos entresacados de un diario, con la particularidad de que no siguen un orden cronológico (el recuerdo no está sujeto a condiciones temporales, es arbitrario, carece de reglas). La primera impresión que nos suscita su lectura es que el autor ha querido dejar constancia de la relación con su padre de una forma aséptica, sin que los sentimientos inherentes a dicha relación, con los altibajos acostumbrados, se manifieste, quizá por temor a caer en las redes del sentimentalismo. Incluso la trágica pérdida se refleja con esa profilaxis: «Aun muerto, el sofá del comedor olía a él. En la cretona que lo recubría había canas suyas».

   Facilitarnos su nombre en el poema final: «Mi padre se llamaba Abel», consigue elevar el clímax del texto y incentiva una nueva lectura, a la luz de ese nombre, porque al nombrar, de alguna forma, nos apropiamos de lo nombrado. Al poner nombre a ese hombre del que se nos han dado unos datos más o menos relevantes, lo hacemos más nuestro, como sucede con un pájaro o un árbol. («Mi padre nos llevaba al campo a avistar liebres, conejos y pájaros. Yo era incapaz de distinguirlos, pero el reconocía a buitres y águilas, a halcones y milanos, a quebrantahuesos y azores. O eso decía». Si los contemplamos con humildad, con los ojos avispados, sentimos la necesidad de conocer su nombre, al menos para hablar de ellos con propiedad, con cierta complicidad, sin vaguedades ni incertidumbres. Algo similar es lo que, a mi modo de ver, ha conseguido Moga, en el poema final, cuando nos confiesa el nombre de su padre, y es que en el nombre parecen encerrarse todos los sucesos de la existencia. El nombre personaliza los rasgos, por muy comunes que sean estos: «Mi padre —así comienza el libro— tenía el pelo blanco. Yo también tengo el pelo blanco. El pelo encanece por oxidación». El posible efecto poético queda, como vemos, mitigado, anulado podríamos decir, por una descripción que se acerca más a una ficha policial que a una intención lírica. Este es el tono general del libro, acaso por eso Moga ha decidido emplear la prosa —práctica, por otra parte, muy habitual en su obra—, en lugar del verso. «Es evidente —escribió G. m. Hopkins— que el metro, el ritmo, la rima y toda la estructura que llamamos verso al mismo tiempo necesita y engendra una diferencia de dicción y en ideas. El efecto del verso se percibe en la expresión y en el pensamiento, a saber, en la concentración y en todo lo que esto supone». En cualquier caso, y dejando al margen las consideraciones formales, Eduardo Moga no ha escamoteado en estos textos el recuerdo de situaciones no especialmente dichosas, aunque estas últimas no estén ausentes del todo («Mi padre me acariciaba el pelo cuando, tumbados en la cama, veíamos juntos la televisión»). No deja de ser enigmático el proceso de selección de la memoria, capaz de rescatar momentos aparentemente anodinos y de ignorar otros, pretendidamente trascendentes. Una amalgama de todos ellos —la boda, una operación, el nicho de alquiler, el mueble bar o la afición a los toros y a la lucha libre, por ejemplo— van conformando un retrato afectivo, pero nada condescendiente, del padre del autor, lo que, al fin y al cabo, no deja de ser un sentido homenaje, un intento de dejar constancia de sigue presente en su memoria, pese a que nos diga que «Por mucho que me esfuerce, no consigo recordar nada más de mi padre».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 13/09/2019