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JUAN CARLOS ABRIL. EN BUSCA DE UNA PAUSA. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Más que una pausa es lo que se ha tomado Juan Carlos Abril (Los Villares, Jaén, 1974) entre su anterior libro, Crisis (2007) y este En busca de una pausa (2018), ambos publicados por la misma editorial. Este intervalo creativo no ha impedido, sin embargo, que su autor haya asido incluido en las antologías más representativas de la poesía española más reciente, como, por ejemplo, la imprescindible Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI (Una antología), realizada por el profesor y critico José Andújar Almansa y publicada en 2018. Por otra parte, es bien conocida la labor ensayística que el propio Abril viene realizando de forma continua sobre poesía contemporánea. Poetas como Caballero Bonald, Brines o García Montero, entre otros, han sido objeto de su perspicacia crítica, perspicacia que ha empleado en analizar también a sus contemporáneos e incluso a sí mismo.

El libro en cuestión está divido en varias secciones. En la primera de ellas, «Aunque sea para vivir», compuesta por dos poemas, únicamente, aparecen síntomas de claudicación. Tal vez el autor, en el pasado, puso demasiado énfasis en la capacidad transformadora del lenguaje y depositó su confianza en que la palabra se bastara por sí misma, con los recursos a su alcance, para aprehender, para domesticar, en su caso la emoción. El primer poema son estos versos: «Sé que me equivoqué / con palabras —lo que quieren decir / y lo que dicen— y que el fracaso / es un camino singular… / No puede haber comparación: / ni exploradores de metáforas, / ni monederos falsos de emociones» (la mención a Gide parece evidente). Acaso no fueron suficientes ni los «recodos expresivos» para representar con veracidad la experiencia vital.

Un tono similar al del Cernuda escéptico y desencantado tiene los poemas de la segunda sección, «De amicitia». Si llegar al desgarro y la crudeza con que el sevillano se enfrenta a una realidad en extremo hostil, y a unos amigos a los que examina de continuo, Abril escribe: «Has renunciado a la amistad / y a su oscura provincia, / porque no sirve lo que aprendes» y en otro poema, se retracta y dice: «Yo seguiré / luchando / por la amistad, como una máquina / a pesar de que el hombre, / como un animal fabuloso, / siempre muerda su propio límite». No es infrecuente este zigzagueo emocional. El dolor se atenúa con el paso del tiempo y predominan otras expectativas, en mucho casos contradictorias: «Estás perdido en el poema / como en un bosque, ya no sabes / distinguir el camino, / esos sueños que omites y aquel tiempo / en el que no creías / en la inseguridad». Como se puede inferir de estos versos, Juan Carlos Abril utiliza el poema como escenario en el que se representan los diferentes estados de la conciencia, no siempre de forma paulatina. A veces se solapan emociones o anhelos que emiten en distinta frecuencia, dificultando la comprensión: «Que tú no lo comprendas / no significa / que nadie pueda comprenderlo, / y que los referentes / sean la realidad».

Ese escenario reconocible, frecuentado y amoldable, se transforma, por mor del tránsito, del camino que se espera, un camino que le conducirá muy lejos, al amparo de amor —«A veces siento ganas de vivir / y voy hacia esa puerta / de algo más que palabras / que reescribe: / quiero decir metafóricamente… / y cómo reparar…»—, en un escenario inhóspito, en un territorio «hacia lo desconocido / de la conciencia, este espacio / que por la reflexión se multiplica / en posibilidades / y antigüedad, sin dejar rastro / como el viento que juega». El poema debe asumir riesgos, no solo formales —por cierto, la fragmentación y la elipsis que abundaba en Crisis, parece haberse atenuado mucho, lo que no ha perjudicado al halo misterioso que paree envolver sus más recientes poemas— sino semánticos. No deja de resultar paradójica la vuelta al yo, un yo quizá más relacionado con el otro —«La poesía, escribe Abril, es un ejercicio de solidaridad, ya que tienes que entrar en el otro, desproveerte de tu yo y entrar en otro yo. Ese acto, por tanto, es una acción de entrada en la otredad a través de la generosidad y el altruismo»—, pero presente, en cualquier caso, de manera casi obsesiva: «Quien soy yo / que aprendí a vivir / con la respiración nerviosa / y el antifaz, las manos hábiles / de un corazón en vísperas». Un poema como «Mi vida», toda una declaración de intenciones, consta este cambio, con un explícito juego intertextual : «No fui constante —Abril / mezclando memoria y deseo—/ ni amé demasiado la vida. / Pero me inclina su costumbre».

«Vuelta», la última sección, está integrada por un solo poema, significativamente titulado «Ave Fénix». El poeta no renuncia a renacer de las cenizas para seguir siendo fiel a sí mismo. Y es que la poesía de Abril combina con acierto inteligencia y emoción, ambas ayudan al poeta a conocer el entorno que le rodea y, lo que es más importante, construyen su identidad a través de las palabras propias, per también de las de otros.

* Reseña publicada en la revista Clarín, nº 142

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