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JAVIER VELA. LA TIERRA ES PARA SIEMPRE. EDITORIAL MACLEIN Y PARKER.

Publicar una primera novela pasados con soltura los treinta años —en 2017 publicó un libro de relatos, Pequeñas sediciones— y además se posee un bagaje y un prestigio poético suficientemente consolidado (Javier Vela ha obtenido premios como el Adonais o el Loewe a la Creación Joven y ha publicado libros de gran calado como Tiempo adentro, 2006; Imaginario, 2009; Ofelia y otras lunas, 2012 y Fábula, 2017 en las mejores editoriales del género) no carece de riesgos ni de prejuicios. El más común es que a dicha novela se la catalogue como «otra novela de poeta» (apropiándose de las palabras de Tony Powell, que reseñó la primera novela de V. S. Naipaul, este anotó lo siguiente: «Por muchos defectos que tenga, la primera novela de un escritor posee una cualidad lírica que el escritor jamás recuperará»), pero esta apelativo sería muy injusto a la hora de hablar de La tierra es para siempre, novela que, si algo tiene de poética —si partimos de que el lenguaje poético es el que se trabaja y se pule con más esmero y el que posee mayores dosis de connotación— es el afinamiento del lenguaje, la pulsión de una prosa que trata de ajustarse a la experiencia narrada sin hacer malabarismos verbales ni perífrasis falsamente elocutivas. La tierra es para siempre es una novela distópica que presenta una imagen muy poco esperanzadora del futuro, un futuro, por cierto, que tenemos a la vuelta de la esquina (no hay que seguir las noticias con regularidad). El mundo novelado, una gran parte de él, ha sucumbido al calentamiento global y las terribles consecuencias del cambio climático las sufren, preferentemente, los países —hablamos de Europa— situados más al sur, es decir, aunque no se los nombre, los países de la cuenca mediterránea («Venían desde muy lejos. Venían desde ciudades mendicantes y poblaciones áridas, rudas, polvorientas. Venían desde el desierto y el infecundo sur. De Portugal, de España, de Italia, de Turquía. Gente de pelo oscuro y tez morena…», escribe Vela al comienzo de La tierra es para siempre). Los países nórdicos, sin embargo, mantienen, todavía, un equilibrio —precario ya— entre crecimiento económico y conciencia ecológica, lo que los convierte en punto de destino de emigrantes, una situación similar a la que vivimos actualmente, aunque los referentes geográficos sean un tanto diferentes (los habitantes del sur siempre aspiran a llegar a ese norte arcádico, aunque pronto comprobarán que no lo es tanto). Las penurias y las vejaciones que sufre el emigrante, en este caso un niño español, Hugo, en la Suecia privilegiada y solidaria no son muy distintas de las que sufre cualquier emigrante sudamericano o africano en nuestro país, por eso la novela de Javier Vela, sin defender ninguna tesis y de forma nada panfletaria, nos pone sobre aviso de lo que nos puede deparar un futuro que está a la vuelta de la esquina.

Un matrimonio formado por Emma, una traductora sueca especializada en el español, y Argus, su segundo marido, jubilado a la fuerza de su empresa, que sufre desavenencias y contratiempos emocionales y sobre el que sobrevuela la muerte de, Mattt, hijo póstumo del primer marido de Emma y fallecido prematuramente por causa de un virus mortífero, tiene que hacer frente a la presencia de Hugo, que será la causa de que dichas desavenencias, antes adormecidas, salgan ahora a flote. Las discrepancias de orden íntimo se agudizan, pero la diferente perspectiva sobre el mundo no sale mejor parada. Argus se muestra escéptico y egoísta, mientras que Emma todavía mantiene cierta esperanza en el futuro de la humanidad, aunque su país, Suecia, «pulmón exhausto de la diezmada Europa, [sea] hoy un país sin viento. Polvo en el aire inmóvil. Hongos, esporas, virus, diatomeas flotando en suspensión. Gente que enferma y muere de un plumazo, dijo. De golpe, como Matt». Javier Vela no dispone de ninguna solución, o sí, renuncia a esa especie de quietismo contemplativo que persigue identificarse con los ritmos de la naturaleza maltratada, a ese dejarse llevar sin oposición en el que los sentimientos parecen izar la bandera blanca de la concordia y propone una ética del compromiso: «Sabes de lo que hablo —dijo Emma—. Ignoro cuándo sucederá exactamente, pero sucederá. No es razonable que nos quedemos al margen, cerrando puertas y puertas mientras la casa se desmorona frente a nosotros»— a la inminencia del desastre, pero lo que si hace es comprometerse con la página en blanco, por eso su prosa esta escrita con un lenguaje a la par directo y cargado de simbolismo que guarda en su interior una porción importante del misterio que atesora toda convivencia, tanto familiar como social. Pilares ambos de nuestra existencia.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 6/09/2019

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