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GABRIEL INSAUSTI. EN LA CIUDAD DORMIDA. EL DESVELO EDICIONES, 2019

Tal vez la mejor manera de sintetizar los motivos que han dado pie a este libro, sea recurrir a unas palabras de su autor, Gabriel Insausti: «¿Biografía? Tanatografía, más bien», es decir, estamos ante un libro sobre cementerios, sobre los cementerios de París, pero con ser esto cierto, calificarlo así sería reducir su contenido inmerecidamente, porque este recorrido tiene como objeto visitar las tumbas de algunos de los escritores que han marcado el devenir de la literatura contemporánea, lo que, a su vez, da pie para trazar unas biografías sui géneris, más atentas a determinadas anécdotas en las que no falta la influencia del azar que a grandes sucesos, aunque, en muchos casos, las primeras fueran tan determinantes o más que los segundos a la hora de leer las líneas del destino. No faltan, además, en este itinerario que conduce al viajero de un camposanto a otro, anotaciones a vuela pluma, descripciones fugaces de calles, plazas, hoteles o restaurantes de ese París decimonónico —cuna entonces de movimientos literarios y artísticos— que frecuentaron los homenajeados y que el viajero recorre durante la semana que dura la investigación, todo ello, escrito, según el narrador, con «esa prosa desmañada, que es como los retales en literatura». En esta frase podemos comprobar unos de los rasgos que caracterizan este libro, el humor. Insausti establece un diálogo imaginario, pero realmente convincente y efectivo, entre el viajero y el narrador (la esposa del viajero también aparece durante algunas páginas), en el que prevalecen las chanzas y los comentarios irónicos. Como decimos, ese desdoblamiento de la personalidad trata de quitar solemnidad a un asunto como el de los cementerios imbuido por antonomasia de serenidad y circunspección y a un tema como la muerte, de sesgo siempre trágico. La lectura se hace así más ágil y entretenida, por más que, en no pocos casos, se esté dando cuenta de situaciones verdaderamente trágicas a las que la distancia temporal, sin embargo, ha logrado quitar un alto porcentaje de dramatismo.

Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969) es un dotado poeta de dicción morigerada y versificación atenta a los ritmos clásicos —libros como “Últimos días en Sabina” o “Línea de nieve” así lo confirman—, pero es, además, un experimentado prosista que ha dedicado cientos de páginas a la novela, al ensayo, al diario, al aforismo o al poema en prosa. “En la ciudad dormida” es un libro que combina sin fracturas diferentes modulaciones narrativas, por eso no es fácil clasificarlo. Se puede leer como una novela que comienza con una frustrada, y pospuesta, visita a la Biblioteca Nacional y esta circunstancia es la que provoca que el viajero se vea inclinado a aprovechar el tiempo indagando sobre el lugar donde reposan los restos de algunos escritores admirados. Las peripecias para lograrlo no dejan de tener su carácter novelesco —detectivesco, en casos como el de Villiers de l’Île-Adam, por ejemplo—, pero también podemos leer estas páginas dedicadas a Proust, Baudelaire, Verlaine, Gautier, el ya citado Villiers, Maupasant, Huysmans, Wilde, Apollinaire, Max Jacob, Becket, Joseph Roth, Tzara, Ball, Cioran, Sartre o Simone de Beauvoir, a quienes une una especie de íntimo pecado original del que no logran liberarse a lo largo de su existencia (junto a ellos aparecen otros nombres de función subsidiaria en el libro, pero no menos relevantes en algunos casos, como Flaubert, Dumas, Breton, Poe o Leconte de Lisle), como pequeños ensayos literarios o, incluso, como fragmentos entresacados de un diario de viaje. El viajero forzado a hacer turismo necrológico durante una semana cuenta con la complicidad del narrador, quien irá desgranando las vicisitudes que debe sufrir dicho viajero para localizar las tumbas. La erudición necesaria para que lo narrado supere con creces la categoría de anecdótico pertenece, no a un hipotético narrador, sino a Gabriel Insausti, que ya ha demostrado en sobradas ocasiones, incluso cuando se enfrenta a la ardua labor de escribir ediciones críticas —la última que hemos tenido la oportunidad de leer ha sido la de la “Prosa completa” de G. M. Hopkins— que sabe «aligerarla» con comentarios de índole, podríamos decir, menos académico, como en este párrafo referido a Verlaine: «El problema era que, en el momento en que salía del monasterio, quiero decir, de la cárcel o el hospital, el poeta se daba de bruces con la ciudad y rebrotaba en él esa ciencia del delirio y la penumbra. O sea, que se daba de bruces consigo mismo». Esta manera de contar sirve igualmente para ensalzar las virtudes («alguien capaz de encontrar lo desconocido en cualquier lugar, a fuerza de retirar de la mirada el velo de la costumbre. Más que la intrusión abrumadora de lo fantástico, en efecto, lo que hay en él es esa capacidad para extrañarse a cada paso», escribe sobre Maupassant) o para resaltar los defectos («ese fue el pecado de Wilde, creer que se podía construir una existencia sin pecado original. En esto consistía el esteticismo, en fingir que se podía vivir dentro del arte como quería Dorian Gray». “En la ciudad dormida” es, en resumen, un libro fascinante, una especie de guía espiritual de un París ya casi desaparecido.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, 23/08/2019