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HEBERTO DE SYSMO. NUBES ROJIZAS. ILUSTRACIONES DE ENRIQUETA HUESO. PRÓLOGO DE FÉLIX ARCE ARAIZ. UNARIA EDICIONES.

Es de todos sabido que la práctica del haiku, en paralelo con la del aforismo, se ha extendido de una forma casi incontrolable en los últimos tiempos, como ocurre con las especies invasoras, asolando el espacio que antes ocupaban otras formas propias, como la copla o la seguidilla. Esto ha ocurrido, probablemente, por motivos no solo literarios, sino económicos y sociales. El tipo de sociedad en la que vivimos y los patrones que conducta que nos han impuesto determinan también nuestros intereses emocionales y culturales, no solo nuestra forma de sentir y pensar sino la forma de leer, la forma de mirar. De ahí que el uso de estrofas breves importadas hayan proliferado exponencialmente y sean ya, como ha ocurrido con el reciente número de la revista Ínsula dedicado al haiku, coordinado por el poeta Josep M. Rodríguez —uno de los grandes expertos en el asunto—, materia de estudio (poco antes, el mismo autor, no sin cierto afán lúdico, coordinó un libro de haikus con poetas que hasta entonces no habían frecuentado dicha estrofa. Sí, todavía quedaba alguno).

Estamos de acuerdo con Juan Ramón cuando afirmaba que un libro dice cosas distintas en función de cómo esté editado, por eso debemos hacer hincapié en la cuidadísima edición de Nubes rojas, el último libro de Heberto de Sysmo (seudónimo del poeta y crítico literario José Antonio Olmedo López-Amor , nacido en Valencia, 1977) que contribuye en gran medida a hacer de su lectura también un placer visual, gracias a las ilustraciones de Enriqueta Hueso, magníficas, sugerentes en sí mismas, de las que nos hubiera gustado disponer de alguna información complementaria relativa a la técnica y los materiales utilizados, por ejemplo. En cualquier caso, estas ilustraciones admiten, creo, una “lectura” autónoma, no son subsidiarias del texto con el que comparten espacio en la página, aunque haya en algunos ciertas relaciones simbólicas fácilmente perceptibles. El lector puede así disfrutar de dos lecturas simultáneas y sacar sus propias conclusiones sin seguir un dictado que unas referencias más directas impondrían.

Nubes rojizas está divido en dos partes, las tituladas «De lo sagrado y lo humano» y «De lo urbano y lo eterno» cuyos emparejamientos nos producen, estamos seguros que el autor así lo ha decidido, incertidumbre. En un principio, uno se ve impelido a asociar lo sagrado con lo eterno y lo urbano con lo humano, pero, precisamente, ahí reside una de las virtudes de este libro, la de hacer compatibles dos esferas aparentemente impermeables. Lo sagrado y lo mundano comparten espacio: «tardes de viento. / Un gato lame a otro, / después pelean» o «huele a comida, / una niña se duerme / oyendo las cigarras». En esta primera parte, la naturaleza, lugar inveteradamente asociado a lo sagrado, a la pureza, al origen es el escenario para que nazca el haiku. De Sysmo escribe en las palabras preliminares lo siguiente: «de múltiples maneras —casi siempre en silencio— la naturaleza nos brinda hondos mensajes y esa gracia que anida en cada uno nos hace estremecer de vez en cuando». La naturaleza se ha convertido en un reducto, en una espacio en el que la conciencia se amuralla. La reclusión voluntaria es necesaria para conocerse, para no dejarse arrastrar por la voracidad de los acontecimientos, aunque este apartamiento no es solo patrimonio de esta experiencia, ese aislamiento también se puede encontrar en una habitación de un edificio de veinte alturas, sin ir más lejos. Basta saber rodearse de lo necesario para que la meditación brote sin esfuerzo, La música del silencio puede brotar tanto bajo una cascada como escuchando el tartamudeo de una bocina, como ocurre en las ciudades, una ciudades que en los haikus de De Sysmo están saturadas de malos olores, de basura, de mendigos o ambulancias y aún así, hay lugar para la belleza. Una vez más, la analogía belleza/terror contradice los juicios kantianos al respecto («También en la ciudad se filtra la belleza que nos busca», escribe en el prólogo a la segunda sección) como demuestran estos haikus: «no vive nadie. / Encuentro en los escombros / fotos antiguas» o «un niño sigue a un globo. / La abeja se introduce / en una papelera». Supongo que el lector de este comentario habrá detectado ya las anomalías que presentan estos haikus, y es que Heberto de Sysmo no se atiene a la forma tradicional del haiku (5+7+5 sílabas), lo reinterpreta, lo moderniza, como, por otra parte, están haciendo los jóvenes haikines en Japón. No es, pues, ninguna herejía, sino una licencia que el autor se toma y que, a juicio de este comentarista, no rechina en absoluto. No comparto, sin embargo, el uso de las minúsculas al comienzo de cada estrofa ni la ausencia de puntuación cuando finaliza. No se me oculta que este uso trata de evitar las fracturas internas para presentarnos el discurso como sucesivo e interrumpido, pero no me acaba de convencer, sobre todo si tenemos en cuenta que el haiku traslada a la página una impresión fugaz, efímera, contingente. El posible encadenamiento semántico, la duración resultan así, a mi modo de ver, un tanto contraproducente, aunque esto, claro, es algo meramente anecdótico que en nada empaña el acierto de esta combinación de imagen y palabra.

‘Nubes rojizas’, de Heberto de Sysmo