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SUSANA BENET. DON DE LA NOCHE. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Pocos poetas poseen el don de sugerir, de decir tanto con tan pocas palabras como Susana Benet (Valencia, 1950). Sus haikus, son una buenas muestra de ello. Benet es una maestra consumada en este género que con tanta fuerza ha enraizado en nuestras letras. Ha publicado varios títulos, Faro del bosque (2006), Lluvia menuda (2007), Jardín (2010), Huellas de escarabajo (2011), La durmiente (2013), El último gesto (2017) y Grillos y luna (2018), la mayoría de ellos dedicados a la estrofa japonesa. En Don de la noche, su nuevo libro, se desembaraza de tan estricto corsé. Los versos gozan de mayor libertad y es otro el vuelo semántico que emprenden, aunque el aire que los impulsa provenga de un mismo venero reflexivo porque, como hemos dicho, la forma de sentir y de observar de Susana Benet se atiene a unas reglas íntimas de las que, presumimos, es difícil —y, por otra parte, innecesario— prescindir, tanto es así que la materia prima que da consistencia al poema es similar en todos los aspectos a la que alimenta los haikus de nuestra autora. Lo que cambia es la forma, el ritmo, de más amplitud métrica. Abundan ahora, junto a los pentasílabos y los heptasílabos, los endecasílabos, y no es extraño encontrase con algún alejandrino como «cunado canta el pájaro ni zumban los insectos» o «te observaba de lejos moverte ente las dalias». El uso de estos metros facilita que el poema sobrepase los limites de lo propiamente intuitivo para adentrase en el terreno de lo descriptivo, aunque Susana Benet nunca incurre en esa especie de dogmatismo que impele al autor a guiar al lector hacia un determinado lugar. Antes bien, Benet da solo unas pinceladas —conviene decir, porque está muy ligado a esta idea, que Susana es una delicada acuarelista— que invitan a completar el lienzo —la página— con los recuerdos y las impresiones particulares de cada uno de sus lectores.

     La naturaleza y las variaciones que sufre con el paso del tiempo son los asuntos que siempre han interesado a nuestra autora y Don de la noche confirma tal apuesta porque mantiene casi totalmente esa unidad temática. Un solo poema nos parece que disiente de esta modulación, el titulado «Chaqueta», un hermosísimo poema de amor que, como ocurre con toda la poesía de Benet, llega al núcleo desde las circunvalaciones del pensamiento y sin necesidad de sustentar la emoción en la anécdota biográfica. En el resto de los poemas parece existir una complicidad de la autora con el mundo sin extrañezas. Todo sucede de forma natural, sin angustia existencial. Los seres, los objetos están ahí para ser contemplados, para ser absorbidos por lo íntimo. Solo es preciso ser paciente y saber mirar para que surja el poema:«Aunque quería / no podía escribir / ese poema. // Pero al mirar / en mi balcón la rosa, / ya estaba escrito». Como vemos, la herencia del haiku sigue muy presente en algunos de estos poemas deliberadamente ampliados en lo formal, aunque en esencia trasmitan una misma filosofía de vida. El ser que contempla se embriaga de los acontecimientos cotidianos («escoger hechos y situaciones de la vida ordinaria y relatarlos o describirlos», aconsejaba Wordsworth), de los hechos que conforman el vivir, la nostalgia («También mi rostro en los cristales / apenas se refleja y, arrastrado / por la fría corriente de la tarde, / va perdiendo sus trémulos contornos»), el dolor («Como el fino arañazo / que solo percibimos cuando sangra, / así el dolor se filtra / furtivo en nuestro ser, / sin que apenas lo intuya la conciencia»), la fugacidad («Qué pronto la mañana / e ha convertido en tarde») o los recuerdos («Cuánto ha crecido en unos años / este pesado poso, / mortaja que recubre las ausencias, / tan denso como el tedio, / pero breve a la vez, tan vulnerable / como el fugaz instante / que duró aquella vida»).

   Como vemos, la poesía de Susana Benet no necesita de estridencias verbales ni bisutería ornamental, está escrita sin levantar la voz, casi como si fuera un susurro, pero desestabiliza el alma con mayor intensidad que las proclamas colectivas. La realidad subjetivada, con todas sus aristas, se convierte, gracias a la palabra precisa de Susana Benet, en un escenario cambiante en el que los vaivenes vitales encuentran sus más exactos correlatos, como, por ejemplo, en estos: «Dentro de los parterres, las begonias / se inclinan y derraman / lentamente sus pétalos marchitos. / También mis ojos / posándose sin brillo entre las ramas, / aguardan, como el pájaro, / el fresco tintineo de las gotas / repicando con fuerza en la arboleda». La identificación entre autora y naturaleza, entendida esta tal y como la poeta la ve, es sorprendentemente efectiva, lo he anteriormente, pero no me resisto a repetirlo, porque creo que esta es una de las mejores virtudes de un libro como Don de la noche, en el que tanto abundan.

*Reseña publicada en la revista Turia