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FRA ANGELICO Y LOS INICIOS DEL RENACIMIENTO EN FLORENCIA. MUSEO DEL PRADO

Este es el título de la exposición que se inauguró en el Museo del Prado el pasado 28 de mayo y que se puede contemplar hasta el próximo 15 de septiembre. Queda por tanto un mes escaso para visitarla y disfrutar de unas obras que en muy pocas ocasiones salen de sus emplazamientos permanentes debido a su fragilidad. Son más de cuarenta instituciones y museos de Europa, Rusia y los EE. UU. los que han prestado obras —cuarenta del propio Fra Angelico y otras cuarenta de diversos artistas contemporáneos— para esta exposición irrepetible que tuve la fortuna de ver hace unas semanas, después de soportar una larga cola bajo el sol implacable del mediodía madrileño, una situación esta que suelo evitar, pero las posibilidades de visitarla algún otro día se me antojaban, en ese momento, inexistentes, por lo que iba dispuesto a aguantar todas las contrariedades que pudieran surgir. Suponía, y no me equivoqué en absoluto, que la recompensa sería infinitamente mayor que la suma de todos los inconvenientes, los cuales, hay que reseñarlo, fueron menores de lo previsto inicialmente.

El motivo real que ha dado pie a construir el relato de la exposición ha sido la restauración que se ha llevado a cabo durante más de un año sobre el retablo titulado “La Anunciación y la expulsión de Adán y Eva del jardín del Edén” (1425-1426), una de las innumerables joyas que posee el Museo, aunque este periodo artístico en concreto, el Renacimiento, no sea ni con mucho de los mejores representados. Por fortuna, de Fra Angelico posee el Museo otras dos obras, la pintura al temple “La Virgen de la granada” (1424-1425), adquirida a la Casa de Alba por 18 millones de euros en 2016 y una predela, “Funeral de san Antonio Abad”, incluida en el mismo lote de compra.

La “Anunciación”, tal y como se conoce esta obra popularmente, fue adquirida por Mario Farnese, duque de Latera y Farnese a los frailes el convento de San Domenico de Fiésole en 1611, el cual se lo regaló al duque de Lerma, el personaje más influyente en la corte de Felipe III, para certificar las excelentes relaciones que mantenía con la corona española. Nada se supo del destino el cuadro hasta 1861, cuando el entonces director del Museo del Prado, Federico de Madrazo, experto en la pintura renacentista, lo contemplara en el convento de las Descalzas Reales y ordenara su traslado al Prado, donde, felizmente, se puede ver desde entonces, aunque el interés que despierta, como sucede con muchas otras grandes obras, se multiplique exponencialmente gracias a exposiciones como esta. De hecho, un pintor de tan afamada sensibilidad a la hora de enjuiciar a los pintores clásicos, como fue Ramón Gaya, escribió, a propósito de este cuadro, en el año 1955, lo siguiente: «El cuadro del Angélico me era incomprensible como o es incomprensible siempre un amanecer, el amanecer puro, solo, sin la complicidad del mundo. También este cuadro —extrañamente vivo— está fuera del mundo, a un lado del mundo, como el fenómeno del amanecer, y he caído en la cuenta de que no necesitamos comprenderlo para recibirlo con alegría un tanto abstracta, de celda, que nos impone el propio cuadro, que el propio cuadro despide como un vaho».

De la vida de Fra Angelico no conocemos muchos detalles. Sabemos que bue bautizado como Guido di Pietro en Vicchio di Mugello, una localidad situada al norte de Florencia, hacia 1395. Será a esta ciudad a donde se trasladará siendo un muchacho, gracias a la familia Albizzi, para trabajar en el taller de manuscritos de la parroquia de San Miguel Visdomini y, posteriormente, en el taller de Lorenzo Monaco. Se estableció, pues, como escribe Carl Brandon Strehke —comisario de la muestra y conservador del Museo de Arte de Fildelfia— «en el centro de la oligarquía gobernante de una urbe que era un hervidero de actividad artística». La economía florentina estaba en pleno auge y muchos de los que iba acumulando riqueza comenzaron a hacer encargos a los pintores, encargo que hasta entonces solo provenían de la nobleza o de la jerarquía eclesiástica. Fra Angelico —otros beneficiarios serían pintores como Massaccio, Paolo Uccello, Filippo Lippi, Michele di Niccolò o Masolino ( de los cuales se puede ver obra en la exposición) o escultores y arquitectos como Donatello, Ghiberti o Brunelleschi— gracias a sus dotes y sus muestras de talento artístico, pronto fue uno de lo receptores de dichos encargos.

Ingresó en el convento San Domenico —fundado en 1405 por Giovanni Dominici—“ bajo el nombre de Fra Giovanni en 1423 después de hacer su noviciado en Crotona. Poco tiempo después, como hemos visto, pinta la “Anunciación”, uno de los tres retablos que pintó para el convento, sufragados por un mecenas (se baraja la posibilidad de que el mecenazgo para pitar este retablo en concreto proviniera de Tadeo di Angelo Gaddi). La obra representa, acaso mejor que ninguna otra, la transición entre el arte gótico y el renacentista, de hecho, es el primer retablo con forma rectangular que abandona los arcos góticos. Barndon Strehke escribe en el magnífico catálogo de la exposición que «En esta obra la arquitectura, tan precisamente dibujada, aporta el escenario, pero es la luz la que genera la narración y anima la escena. Un haz de rayos dorados que emana de las incorpóreas manos de Dios Padre en el extremo superior izquierdo lleva la paloma del Espíritu Santi hasta la Virgen […] el contraste entre la luz divina y la luz natural se subraya mediante una reveladora comparación entre las criaturas celestiales y terrenales: un gorrión o un vencejo se han posado en el larguero de hierro de la logia, justo encima de la sagrada paloma».

Fra Angelico —con ese nombre ha pasado a la posteridad por la temática religiosa de sus obras y la serenidad que trasmiten, por su devoción cristiana, por su carácter bondadoso y porque, en definitiva, pintaba como los ángeles— murió el 19 de febrero de 1455 y está enterrado en la iglesia Santa Maria sopra Minerva de Roma. En octubre de 1982 el entonces papa Juan Pablo II le nombró beato. En nada afecta este nombramiento a su pintura, aunque lo que sí está fuera de toda duda es que el fuerte arraigo de sus convicciones era el caldo de cultivo indispensable para trasladar al pincel la manifestación palpable de las visiones celestiales a las que su fe lo estimulaba y algo de ese misterioso poder evocativo permanece todavía, a pesar de la ausencia casi absoluta de espiritualidad de la sociedad actual, en la atmósfera de las salas a él dedicadas en el Museo, algo que podrán comprobar quienes no desaprovechen la oportunidad de visitar la exposición. Como escribe María-Ángeles Durán, «Muchos de los espectadores actuales de sus cuadros siguen sintiéndose iluminados y fascinados por ellos, como si efectivamente les trasmitiera una visión del mundo que poco tiene que ver con la perfección técnica o la fidelidad de sus retratos». Yo, lo confieso sin rubor, me considero uno de ellos.

* Publicado en el suplemento Sotileza del El Diario Monatés, el 16/08/2019