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J.M. BARBOT. AGUA SERÁS Y LO OLVIDASTE. COL. ALCALIMA DE POESÍA. EDITORIAL LASTURA

El polvo quevediano se ha convertido, en los versos de Barbot, en agua («Eres agua. / Agua fuiste. / Serás agua. / Lo sabes desde siempre. / Lo sigues olvidando»), algo lógico, si tenemos en cuenta que el 60% de nuestra masa corporal siendo ya adultos, es agua, aunque, cuando el cuerpo se deshidrata, se acartona y, con el paso del tiempo, se resquebraja para acabar convertido en polvo. Pero para J. M. Barbot (Burgos, 1976) el agua es invencible y eterniza si no la materia, el espíritu.

     Agua serás y lo olvidaste es el segundo libro de poemas del autor —en 2014 publicó Ulises desconcertado y en 2015 el libro de cuentos, Cristales rotos—, un segundo libro que evidencia, sobre todo por el rigor métrico que, en este caso, lleva aparejado un ritmo esmeradísimo, el conocimiento del oficio poético. Combinaciones de versos imparisílabos que dan lugar a silvas libres, sonetos o poemas en prosa, da lo mismo, en todos los casos el ritmo fluye sin altibajos, como esa agua encauzada que es el hilo conductor del poema y determina la estrategia compositiva del libro, un libro que está dividido en cinco secciones que iremos desgranado a continuación.

     La primera de ellas, «Espejo y máscara», como su título anticipa, la identidad concita las reflexiones verbalizadas. El poeta descubre que la máscara que cubre el rostro y la piel de dicho rostro han acabado por solidificarse, por convertirse en uno: «descubro que mi rostro / es igual que la máscara…». La identidad sigue en entredicho y se bifurca en los distintos yoes que habitan dentro del yo presente en el poema titulado «Autorretrato en sepia», que comienza así: «A pesar de estar solo, / vienen a acompañarme esos hombres que fui, / los que pude haber sido, / los que nunca seré…». La fragmentación del yo es un asunto controvertido objeto de debates éticos y filosóficos, pero quizá sea en la poesía en lugar en donde encuentra mejor acomodo, sobre todo cuando esta posee un tono confesional, como es el caso de este libro, e incluso de examen de conciencia: «Y puedes, en fin, mentirte y contar / una versión más pulcra de ti mismo, / el relato de una vida sin dobleces», algo que permite el juego de la ficción que estos poemas ensayan: «Mis poemas —escribe Barbot— son más de andar por casa, / de mirar a los ojos y hablar de lo vivido […] Pero no negaré que albergo la esperanza / de que un día un lector se me acerque y me diga: / yo también me perdí en aquellos océanos / y también naufragué / en los mismos desiertos».

     Esa añorada complicidad con el lector da paso a la segunda sección, «La lluvia sobre el asfalto», en la que el yo íntimo se transforma en un ser que vive en comunidad. Ahora son los otros el espejo en el que mirarse y son las servidumbres de la vida diaria las que determinan la diferencia entre la entereza moral y la claudicación: «pues si un día antepones tus interés / a lo que antaño fueron tus principios, / accederás tal vez a un lujo de hojalata / pero no dejarás de lamer sus zapatos».

     La parte central del volumen, lo ocupa «Invencibles como el agua», en la que el paso del tiempo y el sentimiento de pérdida se ven atenuados por la presencia, siempre benefactora, del amor. Aunque las palabras que usemos para definirlo, para recrearlo, suenen a oídas muchas veces, cada uno las pronuncia con una modulación especial que las convierte en únicas, además, «Tal vez no importen tanto las palabras / si el silencio naufraga en tu cintura».

     Un epígrafe de Gil de Biedma sirve de pórtico a la cuarta sección, «El barro que traemos de las manos», acaso la de vocación más trascendente, más existencialista, en el sentido de buscar el origen del ser y en el de cuestionar la divinidad que, supuestamente, ampara al ser humano en su devenir terrenal. Sin llegar a la crudeza y al tono imprecatorio con el que poetas como Miguel Hernández, Blas de Otero o José Luis Hidalgo se dirigen a Dios, reclamándole bondad y justicia, Barbot no escatima críticas a un Dios ausente del que, aún así, «Habrá quien diga incluso que es amor, / que dio su vida por nosotros / o que a algunos les hace ser mejores». Él, en todo caso, muestra la desconfianza del agnóstico: «Sospecho así que todos estos dioses / —incluso el único dios verdadero— / no son más que espejismos / de pasiones mundanas…».

     El libro finaliza con la sección «Lo que queda del olvido», quizá la más heterogénea, tal vez porque, al revisitar el pasado, la memoria haya edulcorado o, en su caso, distorsionado, los recuerdos y el olvido haya borrado pistas necesarias para seguir el rastro de quienes fuimos, porque, cuando «uno mira hacia atrás y hacia delante / [y] se pregunta / si esto es vivir / o hacer como se vive», una pregunta que admite demasiadas respuestas.

* Reseña publicada en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés, el 16/08/2019

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