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HILARIO BARRERO. PROSPECT PARK. DIARIOS, 2014-2015. COL. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO

Prospect Park es, para los residentes en Brooklyn, lo que Central Park representa para los residentes en la parte alta de Manhattan (ambos espacios fueron, por cierto, diseñados por los mismos paisajistas, Federick Law Olmsted y Calvert Vaux), un lugar de recreo y esparcimiento con una flora exuberante cuya imitación de la naturaleza consigue trasmitir en cierto modo el encanto de un moderado adanismo. Porspert Park es además, para Hilario Barrero (Toledo, 1946), un lugar cargado de simbolismo en el que, a lo largo de los años —lleva décadas viviendo en esta ciudad— y de los innumerables paseos que ha dado por sus veredas, se han sedimentado muchos de sus más queridos recuerdos. Tanto la cita de Christopher Morley que encabeza esta nueva entrega de sus diarios —antes vieron la luz Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2009), Dirección Brooklyn (2009), Brooklyn en blanco y negro (2011), Nueva York a diario (2013) y Diarios 2012-2013— como la fotografía del autor incluida en dicho volumen, no dejan lugar a dudas sobre hacia donde se inclinan sus preferencias, hacia ese lugar donde, en palabras de Morley, «habita la sabiduría de lo modesto».

Prospert Park es un diario en sentido estricto porque Barrero deja constancia en sus páginas del día a día, de los mínimos sucesos que conforman una vida: , pero si solo fuera eso, estaríamos hablando más de un dietario que de un diario. En sus libros caben también reflexiones de carácter literario, musical, amoroso, familiar o político, reflexiones, en definitiva, de carácter estético y moral.

El día 1 de enero, día cargado de buenos propósitos, pero también, siendo fiel a sus rutinas, como la de traducir poesía, lo que le da pie a meditar sobre lo que representa traducir: «Traducir es entender, sobre todo, lo que vas a cambiar. Entenderlo para ti mismo, sin traducirlo, adentrarse en el mundo del poeta y del poema. Luego, ya acuartelado el poema, cuadriculado, con las coordenadas rítmicas e irónicas, hay que vestirlo con otra túnica, nunca desnudarlo. Traducir es cubrir con otra piel un cuerpo que, generosamente, alguien te pasa, te da, te regala». Conviene mencionar que Barreo ha traducido al español libros de autores como Jane Kenyon, Ted Kooser, Emily Dickinson o Sara Teasdale, además de varias antologías.

Pero hay también, además de ese registro de los actos cotidianos de una forma metódica y, a veces, notarial, momentos de gran lirismo, como, por ejemplo este fragmento: «La nieve, como un sastre aplicado, ha trazado con el jaboncillo blanco, en las junturas de las aceras, delicados pespuntes que la tijera del sol, en su momento, convertirá en agua», lúcidas ráfagas de un pensamiento alerta sobre la seducción («Una mirada que choca con otras es como una fotografía detallada de lo que está ocurriendo»; «La soledad es un sol envejecido») o el amor, uno de los grandes temas de Hilario Barrero, como se aprecia es estas palabras con ecos quevedianos («Amar es aproximarse a ser la unidad imposible: zarzas, raíces, hiedra, cepas… barro, ceniza, nada»). El amor, como he dicho, suscita unas hermosísimas reflexiones en Barrero, no exentas, eso sí, de temor a perderlo («Lo que nos queda intacto e lo permanente: tu mirada, mi miedo a perderlo, el nivel de azúcar en la sangre, el respirar de tu corazón, mi desasosiego al verte lejano y mi inquietud a l oírte contarme historias de tu infancia»), todo lo contrario que el paso del tiempo y la decrepitud tan próxima ya —aunque mucho menos de lo que Barrero, que cuando escribe este diario tiene sesenta y ocho años, percibe— o la temida vejez, de la que se detallan sus efectos sin misericordia: «La vejez es hierro en la mirada, plomo candente en las manos, cadena perpetua en los huesos, dolores en el alma. un viejo está hecho de enlaces, un viejo tiene falta de ortografía en la razón, sangres mezclada, camisas llenas de arrugas y un olor a leche cortada y agria». Para soportar esta especie de castigo divino, queda, por fortuna, la poesía, que siempre ha formado parte de su vida, y es un asunto que suscita además, afilados comentarios: «La poesía es siempre un refugio a veces sin paredes, es un navajazo con la cuchilla oxidada y un hormigueo de cristales en el alma» y, sor encima de todo, el amor, el querer y saberse querido: «Y aunque la vejez es una víbora que envenena mis sentidos, que se enrosca en mi cuerpo y ata el movimiento de mi espalda, al llegar a casa y abrazarte, me siento salvado».

Muchos otros temas son motivo de comentario. Desde la nieve y el frío, hace mucho frío en los invierno neoyorkinos, un frio que hiela la sangre, pero de forma diferente a como la helaba el frío toledano en su infancia y en su juventud, aunque «Lejos de tu tierra la distancia embellece los recuerdos, difumina los rostros y hace las calles de tu barrio más pequeñas», un frío que «de tan frío quema», hasta las cuitas que su tarea de profesor, ya en el último año, le causa («Comienzo a perder el entusiasmo de preparar clases, enfrentarme a treinta alumnos y, en ocasiones, sentir que el esfuerzo que haces no sirve de nada. Me cuesta mucho enseñar»). La deseada jubilación se aproxima. En la entrada correspondiente al 27 de agosto de 2015, Barrero escribe, un tanto desorientado: «Vengo como vacío, como si me hubieran quitado un peso de encima, he cerrado una puerta que nunca más volveré a abrir porque se han quedado con las llaves, sin credenciales ni honores porque soy un jubilado, sin identificación porque se han quedado con mi carné profesional, sin correo electrónico porque me han borrado del sistema». Da la impresión de que la sociedad estadounidense considera al ser improductivo una rémora, alguien a quien conviene hacer invisible. Afortunadamente, Hilario Barrero posee otros argumentos en los que sustentar su idea de la felicidad. Para eso están sus amados artistas: El Greco, Guastavino el arquitecto, «Este valenciano que hacía milagros con la rasilla por todo Manhattan y gran parte de Brooklyn», Picasso y Juan Gris en el Met; Goya en Boston; La música, ópera, principalmente, Mozart, Wagner, pero también Malher y Bach,; los poetas, Cernuda, Gil de Biedma, Celaya, C. K. Williams. Frank Wright, Marianne Moore, Joan Margarit o Philip Levine; los libros (de los que comienza a deshacerse dolorosamente); los muchos amigos que se han fraguado al amparo de los años y de los intereses comunes. Con todo ello Hilario Barrero construye un refugio contar el dolor de ver desaparecer a familiares o a amigos, contra esa terrible mano de nieve que tanto le inquieta.

El volumen finaliza con una pregunta a la que el mismo autor da respuesta: «¿Vivirá el diarista obsesionado con su diaria obligación o dejará al escritor que invente esa realidad y escriba más que un diario, una novela? Uno piensa que todo puede ser registrado, que aunque todo es perecedero , de alguna manera puede convertirse en material útil para algunos. Escribir un diario es formular la existencia humana en términos literarios porque la vida es el cuento de nunca acabar». Tan importante es lo que se dice como la manera en que se dice. Hilario Barrero consigue mantener la atención del lector porque sus anotaciones nunca caen en lo morboso o en la falacia patética (la contención, en este sentido, es notable), da cuenta, sí, de los vaivenes de su vida, pero sabe proteger su intimidad de las miradas inquisitivas, además, adereza su devenir vital con comentarios que trascienden lo anecdótico, así ocurre cuando habla de la amistad, de los viajes, del amor o de la música. Barreo escribe con una sencillez tal —muy similar, además, a la que practica en sus poemas, gran parte de ellos recogido en la antología Educación nocturna (2017)— que parece que, más que escribir, está narrando de viva voz en una reunión de amigos esos detalles que, por insignificantes que parezcan, son la salsa de la vida y eso solo quien lo ha intentado sabe que es uno de sus mayores méritos.

‘Prospect park’, de Hilario Barrero