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NICOLÁS CORRALIZA. ABRIL EN LOS INVIERNOS. EDITORIAL: CHAMÁN EDICIONES.

La tardía irrupción en el panorama poético de Nicolás Corraliza (Madrid, 1970) —asunto este, el de la publicación de un primer libro ya entrado en la madurez, del que ya hemos hablado en otros momentos— se produjo con el libro “La belleza alcanzable” (2012). En los años que han trascurrido desde entonces hasta la publicación de Abril en los inviernos (2019), han visto la luz títulos como La huella de los días (2014), Viático (2015) y El estro de los locos (2018), como se puede apreciar, una excelente cosecha la recogida en estos pocos años.

Abril en los inviernos es un libro integrado por cien poemas de una extensión intermedia, tirando a breve, puesto que hay poemas de solo dos versos. ¿Quiere esto decir que nos encontramos ante una poesía de corte hermético o esencialista? No del todo. Corraliza trata de apartarse de ese retoricismo vacuo y para ello lo discursivo se reduce a la acumulación de versos con escasez de representaciones subordinadas, por lo que, en muchas ocasiones, la longitud del verso se ajusta a la amplitud del significado, como vemos en este ejemplo: «El agua está estancada en los extremos. / Allí respira amargo de lo muerto, / la soledad de plomo de los pescadores del gris». Hasta tal punto esta fórmula se repite que, en muchos casos, la contundencia del verso lo aproxima al aforismo o a la sentencia: «No hay refugio en los ojos de los hambrientos», «No hay antídoto cuando late el luto», «He vuelto a tropezar mientras te escribo. / Se ha hecho sangre de golpe en el papel», «El mundo es una mujer cansada» son algunos ejemplos de lo que digo, incluso en su aspecto más lúdico: «Sin besos en la lengua, / la vida es un pelo en la sopa fría».

Dejando al margen el aspecto formal de los poemas, la poesía de Nicolás Corraliza posee una intensidad notable, que seduce por lo que sugiere, más que por lo que desvela, puesto que las claves interpretativas nos son, habitualmente, escamoteadas. El lector debe, por tanto, proceder a desenmarañar las redes que el autor ha lanzado a través del lenguaje por aproximación, eliminando las capas de sentido superficiales, aunque dicha tarea no está exenta de dificultades, dificultades que afectan a la propia construcción del poema, muchas veces reacio a mostrar los mecanismos que lo ponen en movimiento: «Mortaja de sílabas. / Versos de un poema en pena / fuera de tomo. / A veces regresan. / Se presentan limpios y desnudos, / como si acabaran de nacer / del silencio de un limbo». No cabe duda de que la escritura para Corraliza es un instrumento de precisión, lo demuestra su arduo trabajo con la palabra, con el que intenta analizar la realidad, por más que esta se muestre esquiva. Acaso esa sea la razón de que haya que persuadirla por medio perífrasis o rodeos. En cualquier caso, la incertidumbre que toda apropiación, más si es indebida, provoca es la que origina el poema: «Nace el poema desdentado y sin rumbo. Se va haciendo. / Carne de sílaba en frágil esqueleto que crece o se emborrona. / Solo es un rostro infantil. La escritura de un hombre sin mañana». A medida que el poema avanza, el conocimiento de la realidad se hace más intenso porque esta nunca se reduce a lo meramente anecdótico. Los poemas de Abril en los inviernos simultanean esa anécdota mencionada con impresiones de carácter onírico que, en su pulso con la cotidianidad, pierden consistencia. Lo que prevalece es la indagación en la incertidumbre de la existencia porque cualquier acto, por nimio que parezca, esta envuelto en un halo de misterio, tal vez invisible para quien, para justificar la inanidad de su existencia, se aferra a los rudimentos de lo más superficial: «Del todo abandonado al misterio / donde desnudo alma al aire. / desde el cuerpo brazos abiertos; / secretos escondidos del mar más mío. / Ya ronca el sueño su ruido coral: / pulmón de branquias al viento de la sangre. / Cuando despierto, / hay un pez en la memoria de los ojos». Este misterio no afecta solo a la realidad circundante. El propio yo no se libra de ser cuestionado desde la atalaya del tiempo. Quien se fue en el pasado es un ser distinto de quien ahora rememora aquel pasado y, a luz del presente resulta inevitable tergiversar los recuerdos, manipular la identidad para adaptarla al ese mundo de ahora en que convive con los otros, a pesar de que las pérdidas y las renuncias quemen por dentro: «Para el bestiario que hierve dentro, / fieras con nombre. / Caja de caudales; / ríos para el frío necesario. / Estrago y torrente del tiempo. / Pieles amantes para desaparecer / en la Roma cercana. / Un yo mayor / y la belleza en ruinas».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 09/08/2019

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