Carl Phillips

Algo en lo que creer

 

Mis dos perros de caza tienen nombres, pero yo rara vez los uso. Cuando

salgo, ellos vienen conmigo: voy delante; ellos detrás, el de ojos azules primero, luego

el otro por cuyo color —de su pelaje, no de sus ojos— a veces

llamo nunca—más o nunca—así, sucesivamente. Esperanza, ambición:

estos no son sus nombres, aunque la forma en que corren podría sugerir

lo contrario. Como el vapor nocturno de las cercas de madera empapada cuando

el primer sol percute en ellas, se levantan cada mañana a mi orden. Tarde

en la Ilíada, Príamo, rey de Troya, predice su propio asesinato:

con exactitud, excepto que no será por una lanza, como se imagina, sino por

la estocada de una espada. Puede ver su cadáver, ver a los perros que ha alimentado

y entrenado tan pacientemente desmembrando el cadáver. Después de eso, dice:

Cuando estén llenos, se acostarán en la puerta de entrada, lamerán mi sangre.

Yo digo: ¿por qué no deberían hacerlo? En todas partes, las mismas personas que

confunden obediencia con lealtad piensan de alguna manera que la lealtad es más

poderosa que el hambre, pero no es así. Por la noche, cuando es hora de dormir,

dormimos juntos, los tres: animal musculoso, animal musculoso,

animal musculoso. Los perros se acomodan a mí lado como si cada uno

fuera el ala ligeramente curvada de una bestia de cuento, parte energía, parte

reconocimiento. Respiramos relajados al unísono. Nuestra respiración

murmura como lo hace el olvido, rutinariamente, a través de la superficie de la historia.

Versión de Carlos Alcorta