RAFAEL MORALES. FOTO.jpgRAFAEL MORALES. POR AQUÍ PASÓ UN HOMBRE.

No cabe duda de que tenemos incrustada en la mente cierta propensión a resaltar los números redondos, principalmente, los que atañen al nacimiento y la muerte de determinados personajes. Nada tenemos en contra. Siempre que estos recordatorios no sean forzados y sirvan para divulgar la obra del, en el caso que no ocupa, poeta, deben ser bienvenidas estas celebraciones. La Fundación Gerardo Diego, de la mano de su directora, Pureza Canelo, así lo ha entendido y ha puesto a disposición de los lectores interesados la edición facsimilar de Por aquí pasó un hombre, la antología de Rafael Morales que publicó en 1999 en la colección «Poesía en Madrid» de la Comunidad de Madrid que ella entonces dirigía y que tanta participación tuvo del propio poeta, que ya contaba 80 años, puesto que había nacido el 31 de julio de 1919. Conmemoramos por tanto, en este año, el centenario del nacimiento del poeta.

     La primera promoción de posguerra —entendiendo por tal «una entidad de escritores y artistas que casi al mismo tiempo publican sus obras más representativas en esos años, se sumergen en proyectos culturales afines, obtienen cierto reconocimiento a su labor y sufren las mismas experiencias vitales», según escribe Francisco Ruiz Soriano—a la que pertenece Rafael Morales (1919-2005) prolongó, en gran medida, los ideales del 27 y otras corrientes previas a la Guerra Civil, como el surrealismo, el clasicismo formal de los autores del 36, el existencialismo o el compromiso social, aunque desestimó los intentos más vanguardistas —el Postismo, por ejemplo—, concediendo a tales iniciativas un espacio crítico marginal.

     El año 1939 marca, no solo el comienzo de una nueva etapa en la historia de España, una historia cargada de tragedia, con unos difíciles primeros años de autarquía y asilamiento; también sentó las bases de unos nuevos paradigmas culturales, literarios y artísticos que unos aceptaron de buen grado y otros sufrieron desde el llamado «exilio interior», denunciando de forma más o menos velada la injusticia, la represión o la violencia organizada desde el estado. Rafael Morales fue, entre otros poetas como José Hierro, Leopoldo de Luis, José María Valverde, Concha Zardoya. Blas de Otero o Gabriel Celaya, uno de los poetas que practicó lo que García Posada catalogó como un «insistente tono confesional, testimonial, lacerado, que muestra un sujeto doliente y llagado por un mundo sumido en el desastre». De hecho, el mismo Morales, en la poética que expuso al frente de sus poemas en la Antología consultada de la joven poesía española. editada por Francisco Ribes en 1952. —cincuenta y tres críticos, profesores y escritores de diferentes generaciones seleccionaron a nueve poetas: Carlos Bousoño, Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Vicente Gaos, José Hierro, Rafael Morales, Eugenio de Nora, Blas de Otero y José María Valverde — escribía: «Siempre he pensado así y he escrito, no para la minoría, sino para la mayoría».

     Rafael Morales se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid y obtuvo una beca para estudiar dos años en Portugal durante la Segunda Guerra Mundial; allí se licenció en Literatura Portuguesa por la Universidad de Coimbra. Durante la Guerra Civil escribió en la revista El mono azul y fue el miembro más joven de la Alianza de Intelectuales Antifascistas aunque mucho antes, cuando el poeta era un adolescente, publicó sus primeros en la revista Rumbos que dirigía el escultor e imaginero Víctor González Gil. Entregado a una intensa actividad cultural, dirigió además el Aula de Literatura del Ateneo de Madrid y la revista La Estafeta Literaria. Desde 1952 fue asesor de la revista Poesía Española, editada por la Dirección General de Prensa. Fue además crítico literario en la revista Ateneo y en varios diarios españoles, como el diario falangista Arriba. También colaboró en la sección de filología y literatura de la Enciclopedia de la Cultura Española.

     Su primer libro, Poemas del toro se publica el 20 de abril de 1943 —solo unas semanas antes de que viera la luz la revista Garcilaso (13 de mayo de 1943) que tanta repercusión habría de tener en el ambiente poético de la posguerra— en la recién creada colección Adonais, auspiciada por García Nieto –alma mater también de la revista Garcilaso—, Juan Guerreo Ruiz y José Luis Cano, preferentemente. «Lo empecé a escribir en Talavera de la Reina. Mi ciudad natal, el 1 de agosto de 1940 […] El soneto que encabeza todas sus ediciones, el titulado «El toro», germen de todos los demás, fue también el primero que escribí en mi vida», escribe Rafael Morales. El libro gozaba ya, aun siendo inédito como tal, de cierta fama en los ambientes literarios de Madrid porque su autor había anticipado poemas en diversas lecturas públicas y, además, una selección muy completa apareció en la revista Escorial en 1942. Fue José María Cossío—autor del, entre otros libros, monumental Los toros en la poesía castellana. Estudio y antología, editado en 1931, que sirvió de inspiración al poeta— quien se ofreció a prologar el libro de poemas. De dicho prólogo extraemos estas palabras: «La primera sorpresa nos la proporcionó el tema, más táurico que taurino. La alusión a la fiesta es mínima […] su voz se sintoniza con el tema, y a su carácter elemental, a su arquitectura de planos intensivos, corresponde un vocabulario y una retórica amplios, plenos y sencillos. No desdeña Morales el primor verbal o el giro levemente artificioso, pero estos episodios no dan el carácter a estos versos, tan distantes de las complacencias retóricas, de las, un tiempo vedadas, delicias conceptistas y culteranas en que tantos buenos poetas de hoy se recrean».

     «En el periodo inmediatamente posterior a la guerra civil se ofreció una poesía oficial, caracterizada por un tono patriótico-religioso e imperial», según nos informa Santiago Fortuño Llorens, a lo que debemos añadir lo confesional, por eso un libro como Poemas al toro, supuso una auténtica novedad —aunque, como enumerará Cossío, el tema contaba con notorios precedentes— en dicho panorama. No será, por ejemplo, hasta el número cuatro cuando la revista Garcilaso dé entrada —de la mano de José Hierro o el propio Morales— a poemas de tono religioso-existencialista en los que se percibe una profunda preocupación tanto por el ser humano de forma individual como por el destino de la colectividad en la que está inserto, que abocarían en la llamada «poesía social». Y es que, el caso de Morales, la influencia de Miguel Hernández, fallecido muy poco antes, sobre todo por los sonetos de El rayo que no cesa, fue determinante en aquella su primera época como poeta, una época que integran el ya citado Poemas al toro (1943), El corazón y la tierra (1946), un libro de tono neorromántico cuyos temas principales son el amor, el paso del tiempo y la naturaleza. El propio Morales dice que en este libro «Se da el tono vital o existencial del amor y, por contraste, la amenaza inexorable, de la muerte. Por otra parte, el paisaje suele manifestar, aunque no siempre, la angustia de quien se siente en un mundo designo más inhóspito que placentero. La heterogeneidad del libro refleja siempre un fondo único y existencial». Los desterrados (1947) —año este de la publicación de dos libros capitales, Los muertos de José Luis Hidalgo (Morales cedió su turno de publicación para que se imprimiera con urgencia el libro de Hidalgo, pero, a pesar de todos los esfuerzos, el malogrado poeta no lo llegó a ver impreso) y Alegría de José Hierro, ambos en la colección Adonáis, el de Hierro, ganador de la última convocatoria del premio— que supuso un cambio ético, podemos decir, puesto que supuso un cambio, en la terminología utilizada por Dámaso Alonso, de la «poesía arraigada» a la «poesía desarraigada». Se trata, pues, de su personal incursión en la «poesía social», algo que el propio autor puntualiza con estas palabras: «Quien lea Los desterrados podrá comprobar que este libro no trata de temas sociales, sino sencillamente solidarios con quienes por diversas causas no pueden tener el gozo de vivir». El último de los libros incluidos en esta primera etapa es Canción sobre el asfalto (1954), una obra que, aunque escrita entre los años 1945 y 1953, señala el inicio de la madurez poética del autor, como lo confirma en el obtuviera con él el Premio Nacional de Literatura. «Con este libro —escribe Morales— culminaba claramente intensificada una faceta importante y representativa de mi poesía, la que muestra la atención a personas, animales, vegetales y objetos que son sencillos, humildes, despreciados e incluso feos y sin tradición poética, elementos que nunca han llegado a desaparecer del todo de lo que he escrito posteriormente». Es esta atención a las cosas humildes ha sido la causante de que la crítica hay emparentado este libro con las justamente alabadas Odas elementales, de Pablo Neruda.

     La máscara y los dientes (1962) inicia la segunda fase de la poesía de Morales, un segundo periodo breve, integrado por este título y por La rueda y el viento (1971). «Yo había concebido una serie de extensos poemas polimétricos de carácter unitario con los que intentaría exponer —no narrar— como en un gran friso un panorama de la condición humana, pero terminé por abandonar tal proyecto porque me pareció demasiado ambicioso». Habrá que esperar a 1982 para leer Prado de serpientes, el libro con el que comienza la tercera etapa poética de Rafael Morales, aunque hay que tener en cuenta que las diferentes fases o etapas no son compartimentos estancos. Entre ellas existen, como resulta entendible, unas concomitancias temáticas y formales fácilmente rastreables. El título delimita muy bien el alcance de estos poemas. Desde la inocencia propia de la adolescencia —«Adolescencia» se titula el primer poema del libro, cuya estrofa final dice: “Y era de pronto la mañana / igual que una muchacha desnuda en los balcones, / y empezaba la vida a poblarme los ojos”.— se llega al escepticismo que provoca el paso del tiempo. «Yo edifiqué mi vida en otras vidas, / penetré en la memoria y en el tiempo / palabra tras palabra, / ceniza tras ceniza, / aire tan solo que al aire pertenece. / Yo edifiqué mi vida en el olvido» dice la última estrofa del último poema del libro, titulado «Palabras», que establece una conexión directa con «El poema», primero de los que integran su libro siguiente, Entre tantos adioses (1993), y que comienza con estos versos: «He aquí que voy escribiendo / huellas de un caminante / hacia el olvido, / palabras que se quedan / yertas sobre el papel». El libro, que cierra la tercera y última etapa de la creación de Morales (aunque, como veremos, hay agrupados, bajo el título de Palabras, varios poemas inéditos), posee, según el autor, «una gran parte de tono elegiaco. El poeta ha visto desaparecer cosas y seres queridos, poetas admirados y su ya lejana juventud, a la par que ha ido perdiendo día tras día todo lo incierto que llamó esperanza», quizá por eso el poeta busca la complicidad del lector, a quien se dirige casi suplicando: «Lector, / hermano mío, / necesito tus ojos / y tu voz / y tu sangre / para vivir de nuevo / tras la muerte / que habita mi poema». En 1999, como hemos dicho, la colección de poesía dirigida por Pureza Canelo, Poesía en Madrid, editó la antología Por aquí pasó un hombre, que ahora se ha reeditado con motivo del centenario de su nacimiento. Esta antología tiene la particularidad de que cada libro está precedido por unos comentarios, jugosísimos, del autor, lo que la convierte en imprescindible para cualquier estudioso de la obra del poeta. En dicho año se publicó también el libro Obra poética completa en una hermosa edición a cargo de la editorial Calambur. Precede a los poemas una declaración lo suficientemente aclaratoria como para despejar cualquier atisbo de duda: «Considero definitiva la presente edición de mi poesía. Todo lo que no figure en ella queda descartado». Esto no ha resultado cierto del todo, porque en 2003 publicó el libro Poemas de la luz y la palabra, que recoge y amplia los poemas, muchos de ellos dedicados a indagar sobre la palabra poética, recogidos en la obra completa y en la antología de 1999 bajo el epígrafe de La palabra y que debemos, en buna lógica incorporar a su corpus poético completo.

Nos hemos centrado en la obra poética del autor, lo más relevante de su producción, pero también tradujo, en compañía del poeta inglés Charles David Ley, la obra del poeta portugués Alberto de Serpa y escribió además algunas narraciones de temática taurina. Entre sus libros en prosa, destacan los dedicados a la literatura infantil y juvenil: Dardo, el caballo del bosque, Narraciones de la vieja India, Leyendas del Río de la Plata, Leyenda del Caribe, Leyenda de los Andes o Leyenda del Al-Andalus.

Del poema «Palabra del poema», perteneciente a su último libro de poemas extraemos unos versos que nos sirven para poner fin a este apresurado recorrido por la obra de Rafael Morales, un autor injustamente encasillado en una temática y en una época, que gracias a libros como Por aquí pasó un hombre o Obra poética completa, vemos con una perspectiva más amplia y, sobre todo, mas justa y equilibrada.

Por aquí pasó un hombre