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EVA YARNOZ. CAUCES DEL QUE TEJE. EDITORIAL TREA.

La poesía de Eva Yarnoz (Pamplona, 1975) no busca esclarecer los mecanismos de la realidad a partir de un hecho anecdótico porque «la realidad es un espacio que se deforma» y la anécdota tiende a buscar en lo discursivo su inmovilidad, su permanencia, todo lo contrario de lo que busca nuestra poeta. El ejercicio de reflexión que se lleva a cabo en cada uno de estos poemas tiene más que ver con una experiencia emocional que busca autoanalizarse a través de la inteligencia lingüística, del amoldamiento de la palabra: «no contener ya más con los significantes lo contenido entre mimbres y permitir que sea solo mente», escribe, y es que, por otra parte, la poesía que escribe Yarnoz no puede dejar de interrogarse sobre ella misma, sobre la escritura, no sobre el yo, por más que resulte «estúpido […] decir algo con el lenguaje! definir placer y decir! definir el objeto del deseo y desear! dónde está el objeto?». No, no estamos frente a una poesía que pretenda emocionar o que busque la complicidad del lector mediante la falacia patética. Eva Yarnoz parte de lo desconocido, transita por lo desconocido y finaliza su recorrido por lo desconocido. Lo que ignora es la clave de bóveda en la que se sustenta el arco del conocimiento, y esto no es una paradoja, como vemos en los versos siguientes: «convertir ahora lo sabido en lo por saber y confiar sin fuerzas en la caída. con el agotamiento amarillo de la sien que perfila los almacenes inconsistentes». La particular construcción de los poemas —una gran mayoría son poemas en prosa—, escritos sin usar mayúsculas confiere a la lectura una mayor fluidez. Da la sensación de que los versos surgen de un torrente verbal que hunde sus raíces en lo onírico —en lo visionario, a veces—, como si fueran alucinaciones: «confía a ciegas en la voz que asegura los amarres, por última vez habrás de ver lo indisoluble que no se oye, estás en la disolución de las luces, estás en el sonido circular que diluye los confines que lo reducen», escribe Yarnoz en el poema titulado «saber». Con estos mimbres, el mundo que se construye, no puede ser más que ilusorio y, por tanto, frágil y efímero, como la vida misma.

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JUAN GIL BENGOA. EN JARDINES DE ARENA. COL. EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA.

No son frecuentes las incursiones de Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958) en el género poético. Su faceta como narrador —es autor de varias novelas: La piel del camaleón (1992), Inviernos (1995) y Los placeres tristes (2002) y de numerosos guiones televisivos y cinematográficos— ha eclipsado en alguna medida su dedicación a la poesía, hasta el punto de que En jardines de arena es su cuarto libro —antes había publicado Los desiertos verdes (2006) y La noche cerca (2012) y Rwenzori (2015)— y como se comprueba por la fechas de publicación, todos ellos han visto la luz en lo que llevamos de siglo. Estamos pues ante lo que parece ser un autor tardío, al menos en lo que respecta a la publicación, porque ignoramos si existen libros de poemas inéditos guardados en es moderno cajón que es un archivo del ordenador.

Aitor Francos, que se ha ocupado en diversas ocasiones de la poesía de Gil Bengoa, es autor de las «Palabras preliminares» que abren este volumen y ellas resalta la vinculación al viaje, al peregrinaje que tiene su poesía, el viaje como «vía de autoconocimiento y de inspiración». En el caso que nos ocupa, el país por el que viajan los versos de Gil Bengoa es Argelia, una especie de escenario en el que actúa el protagonista Arthur —cuyo rastro persigue Philippe Joubert— y una «dulce actriz de reparto», Hèléne. El libro se organiza en torno de la «fuga hacia el sur» de Arthur en busca del amor: «Aquel día de finales de verano / tendidos en la playa / Hèléne le dice: / no hagas que me sienta culpable…». A pesar de los consejos, que le conminan a actuar de otra forma Arthur persiste en el empeño: Vamos, Arthur, no añadas más drama al asunto, de acuerdo., Hèléne está ciega, tú también estás ciego, ciego y borracho por querer a alguien que no sabe quererte…» Pero En jardines de arena hay un viaje dentro de otro viaje, una doble búsqueda, un viaje interior por los unamunianos paisajes del alma y otro viaje, mucho más descriptivo, por la geografía política de Argelia: «El paisaje es un lento y traqueteante / zigzagueo a través de sinuosos / meandros cincelados por el viento». Francos afirma que en este libro «toman forma las dudas vitales y el devenir de los desencuentros, donde todo puede quedarse estancado en un tiempo remoto, semienterrado en el inconsciente». Me parece una excelente forma de sintetizarlo.

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MARIANO CASTRO. EL OJO Y LA CENIZA. PRÓLOGO DE MANUEL MARTÍNEZ-FOREGA. EDITORIAL OLIFANTE.

«Ofrece una señal / entre las ruinas, / di, tú, una palabra, / no abandones los restos / de la hoguera, / reaviva su lumbre / y permite / que venga a calentarse / todo aquel que haya ardido / y pueda soportar / la gélida visión / de las cenizas». Podemos interpretar estos versos como el núcleo a partir del cual se expanden el resto de poemas que integran El ojo y la ceniza, el nuevo libro de Mariano Castro (Zaragoza, 1954), autor de una copiosa obra entre la que destacan títulos como Paraíso de fuego (1996) Premio Universidad de Zaragoza, En el rostro del aire (1998) Premio «Santa Isabel, reina de Portugal», El pájaro y la piedra (2008) o Lugar (2018).

El volumen está dividido en tres secciones y, si hay algún hilo conductor entre ellas, este parece ser la dicotomía entre luz y oscuridad, asociada en el poema a la palabra y al silencio, al fuego y la ceniza, respectivamente, como podemos observar en estos tres ejemplos, que pertenecen a las distintas parte en las que se divide el libro: «En el aire te pierdes, / por las oscuras trochas / de una noche infinita, / para buscar la luz, / cifrado anhelo / en no sé qué lenguaje»; «Precaria luz da vida / a las motas de polvo, / y relumbra una ingrávida danza / en la cifra del aire. // Después, / el misterio se sume / en las primeras sombras / del crepúsculo, / y todo se reintegra / al ser de lo invisible»; «Un instante dorado, / agotada la tarde, / tendida luz concede / a la penumbra del silencio».

En el prólogo, Manuel Martínez Forega escribe que «El ojo y la ceniza es un tránsito necesariamente conducido a la interpretación de lo inexplicable y de lo innombrado a través de la experiencia y del conocimiento», pero el mero hecho de escribir a partir de la tensión entre imágenes y pensamientos nos induce a pensar que, en definitiva, todo lleva en su ser su propia explicación, Otra cosa es dar con las palabras precisas que quiten los velos que enmascaran el significado y no otro es, a nuestro parecer, el intento de Mariano Castro. A través de un verso antirretórico, desnudo, depurado —siguiendo el ejemplo de algunos de sus maestros confesos, Valente, Paul Celan y, con toda probabilidad, Octavio Paz— busca interpretar la realidad, no describirla, como ocurre en la poesía estrictamente realista, porque, al fin y al cabo, desde esa realidad se va construyendo la conciencia del poeta, que es la que queda a la intemperie cuando el lector consigue traspasar los muros del poema.