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JESÚS CÁRDENAS. LOS FALSOS DÍAS. COL. PALABRAS MAYORES. EDITORIAL ALHULIA

Desde 2012, cuando publicó La luz entre los cipreses, Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) no ha faltado a la cita con lectores regularmente hasta el año 2017. Libro por año, lo que denota una gran fecundidad creativa, lo que, en principio, nos obliga a estar a la expectativa, porque la cantidad suele estar reñida con la calidad. Los falsos días, ha aparecido ya en 2019, lo que significa que en el casillero ha quedado vacío el año 2018, pero esto no nos produce extrañeza, dada la considerable extensión de este su último libro.

     Jesús Cárdenas tiene una peculiar forma de poetizar la realidad y las emociones que el contacto con ella le provoca, una forma que consiste en trascendentalizar lo anecdótico, empeño loable, aunque no siempre lo hace de forma natural. El uso de un vocabulario pretendidamente conceptual cuyo único logro es desubicar la realidad, no acaba de resultar convincente; da la impresión de que el propio poeta carece de ideas claras sobre lo que intenta decir y busca que el poema le ayude a clarificarse, lo que, en sí mismo, no supone ninguna mácula (somos muchos los que comprendemos mejor la realidad a través de la escritura), pero, en este caso, creo que la fórmula elegida contribuye a oscurecer —por otra parte, nada tenemos en contra del discurso elíptico o hermético cuando ambos son coherentes— aún más la posible solución al enigma existencial que se plantea: «En ningún momento supe explicar / el infortunio de verme de este modo, / y nada hacía pensar en el silencio de limo / que hallarme comprendido en esto / que apenas soy». Enturbiar el agua para que parezca más profunda no deja de ser una impostura.

     Otra impresión que trasmiten estos versos es la de que están escritos sin esa deseable continuidad estructural que permite al lector percibir una coherencia interna y, por tanto, un esclarecimiento de las intenciones del poeta. Hay ciertas injerencias poéticas que trasmiten una sensación equívoca, como si estuvieran defectuosamente asimiladas, una mezcla que combina de forma antinatural un lenguaje comunicativo con una pretensión metafísica que roza la vacuidad. Cárdenas utiliza como epígrafe a una de las secciones del libro una cita de Auden: «No hay poeta que pueda proporcionarnos verdad alguna sin haber introducido en su poesía lo problemático, lo doloroso, lo caótico, lo feo». No puedo estar más de acuerdo, aunque «el dolor, incluso cuando es auténtico, puede ser las más tramposa de las emociones, y la menos compleja», algo que bien sabía, entre otros, autores, la novelista P. D. James, por esa razón el poeta ha de referirse a dicho dolor sin ambigüedades, con verdad interior, no como si fuera un ventrílocuo, y esa verdad interior es la que agarra al lector hasta hacerlo cómplice de las experiencias que vive el poeta, sean estas reales o imaginarias. Machado hablaba de «una honda palpitación del espíritu», y esto es lo que echo en falta en gran parte de estos poemas. Creo no errar demasiado si afirmo que muchos de los poemas que componen el libro Los falsos días están escritos a trompicones, acumulando versos que no necesariamente responden a un mismo impulso indagador. La estética del fragmento, tan de moda en los últimos años, no consiste en unir artificialmente estrofas que parecen no tener nada que ver unas con otras en el mismo poema y que incurren, en algunas ocasiones, en imágenes surrealistas de dudoso gusto: «La vida sin badajos de la noche / sería como pastos escarchados», versos que, además, se repiten en dos poemas, por lo que se me alcanza que el autor está especialmente satisfecho de ellos. El fragmentarismo no es un antónimo de lo discursivo, como tampoco el “collage” verbal lo es de lo comprensible.

Afortunadamente, hay en Los falsos días poemas que esquivan estos reparos, como «Puro nihilismo», un poema estructurado con lógica discursiva, el que la idea se distingue del estado anímico con el que se transcribe sin esos abismos semánticos en los que se ha despeñado con tanta frecuencia anteriormente. Auden, antes citado, decía que: «Atacar los libros malos no solo es una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter». Quizá esté en lo cierto, pero criticar un libro supone enumerar sus defectos tanto como subrayar los méritos, méritos que, en general, están por encima de las objeciones aducidas. En el caso de Jesús Cárdenas, creo que su poesía necesita despojarse de esas anteojeras retóricas que le impiden ver la realidad con mayor naturalidad, lo que abundará en la decisión de abandonar ciertos conceptos erráticos que usa con profusión y que aportan muy poco al poema, es más, lo empobrecen. No creo que estos reproches sean excesivos y aunque la función de un crítico no sea dar consejos, me atrevería a decirle a Jesús Cárdenas que debe destilar en la alquitara del lenguaje sus más vívidas experiencias con paciencia y rigor, sin sentirse acuciado por las prisas ni por la búsqueda inútil de la originalidad. Cárdenas puede escribir poemas mucho mejores que los que integran, salvando alguna excepción ya mencionada, este libro, solo tiene que mirarse a sí mismo y arañare por dentro hasta dejarse arrastrar por una necesidad de conocimiento que dé sentido verdadero a la escritura.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 19/07/2019

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