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JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES. LOS DÍAS DESIERTOS. PRÓLOGO DE ÁLVARO POMBO. EDITORIAL RENACIMIEMTO

Las incursiones de Juan Antonio González Fuentes (Santander, 1964) en el poema en prosa no son, como decía Seamus Heaney, «incursiones furtivas», sino fruto de un deseo de indagar en la experiencia sin las restricciones rítmicas y estructurales que asociamos habitualmente al verso. De hecho, este técnica es la más frecuente en la trayectoria poética de nuestro autor, como podemos comprobar leyendo “Memoria. (Antología poética, 1985-2015)” y con su inclusión en “Campo abierto”, la antología sobre el poema en prosa que realizaron Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas y publicó la extinta editorial DVD. Da la sensación de que la prosa trasmite de un modo más directo y natural el pensamiento del autor, quien se ciñe con más exactitud a la esencia del decir al no estar pendiente de las exigencias formales del verso. El poema en prosa se ha convertido para González Fuentes en una forma estable de penetrar en los intersticios de la realidad, una forma que le permite aproximarse a la extrañeza del entorno o de cualquier manifestación vital con un acento filosófico subyacente que determina su pensamiento poético, pensamiento que nace de un fluir de la conciencia, esencializado en “Los días desiertos”, libro que recoge los poemas escritos entre 2019, año de la publicación de “La lengua ciega” y 2019; una cosecha no muy grande de poco más de veinte poemas, aunque en estos años ha publicado, en el ámbito de la creación, varios libros de haikús y ha coordinado ediciones de poetas y escritores como Gonzalo Rojas, Roberto Bolaño o Álvaro Pombo, sin olvidar los estudios sobre Felipe Boso o José Luis Castillejo, por ejemplo.

     La poesía intenta traducir a las palabras aquello que nos ha conmovido o nos ha emocionado, por eso nace «del vientre del litigio», pero es también un camino para reencontrarse con el propio yo, con esa identidad resbaladiza y cambiante que provoca, en muchos casos, una sucesión de contradicciones, «la callada reminiscencia de quién lentamente va haciéndose otro y se acerca a lo que se aleja». Coexisten en “Los días desiertos” dos maneras de describir, de narrar, podríamos decir, de escudriñar en la memoria. Una de ellas desgrana la realidad con una precisión casi quirúrgica: «Entre los guijarros se adormila la calidez del sol, el anhelo por hallar un lugar que sosiegue la vida y la dura sed de los que fueron, la de quienes señalan hacia la noche para celebrar lo que perdura sobre la lenta cifra de un acantilado», escribe en el poema «Lección de otoño»; la otra se suspende sobre la realidad, alza el vuelo hasta alcanzar esas regiones misteriosas de una conciencia alucinada:«En este lugar, con tan solo ayer y piadosos labios homicidas, el revés del tiempo se orienta hacia la noche estéril de la carne, hacia la rama leve del sueño que solo sabrá de mí, por lo que enseña el trazo alto de la herida», escribe en el poema «Senectude». Como se puede apreciar, aquí el valor connotativo de las palabra determina los niveles de comprensión, sujetos siempre al grado de complicidad que se logre establecer con el lector. Ambas fórmulas, la de carácter más realista y la de prosodia infrarrealista conviven sin fricciones, es más, me atrevo a decir que se complementan deliberadamente porque José Antonio González Fuentes así lo ha previsto, acaso porque ha entendido que es la mejor fórmula para encarnar las nuevas inquietudes vitales que le acechan, la conciencia del paso irremediable del tiempo, la necesidad de un soporte existencial —un Dios aún esquivo, implacable («Hablo cuando en su lenta blancura Dios convoca al dolor más aciago y fiero»)— ante la inminencia de la muerte («Del otro lado. Sí, y aes más del otro lado el tiempo que se alza ante nosotros, en regreso, con las manos abiertas»), la coartada de la memoria simbolizada en un árbol propio, singular, reconocible entre el bosque de la memoria colectiva que navega «… hacia todo lo que somos reflejado aquí, en los surcos ciegos de la Historia».

     Un recurso frecuente en la poesía de González Fuentes en el hipérbaton, la alteración del orden natural de las palabras cuestiona la discursividad tradicional e impone un nuevo campo semántico plagado de posibilidades interpretativas, como vemos en estos versos: «Un aire abierto al cristal dorado de mi sangre, a la llama donde la alegría es lugar secreto y quedo, lugar más allá de la tardes en la que dulce será de mí la ausencia, esa última cosecha y su después entre sombras de otra espera, eco de olvido y sosiego». La técnica literaria debe estar al servicio de la inspiración, y no a la inversa, de esta forma se evitará caer en esos agujeros negros que absorben la coherencia argumental y distorsionan la capacidad imaginativa. González Fuentes siempre lo ha sabido, pero sin duda es en “Los días desiertos” donde ha conseguido sus mejores resultados.

* Reseña publicada en El Diario Montañés el día 11/07/2019

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